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miércoles, 12 de agosto de 2020

Isabel I la Católica


(También llamada Isabel I de Castilla; Madrigal de las Altas Torres, España, 1451 - Medina del Campo, id., 1504) Reina de Castilla y León (1474-1504) y de la Corona de Aragón (1479-1504). Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, Isabel la Católica tenía sólo tres años cuando su hermano Enrique IV ciñó la corona castellana (1454).

En 1468 Enrique IV, hombre de carácter débil e indeciso, reconoció a la princesa Isabel como heredera al trono en el pacto de los Toros de Guisando, con lo cual privó de sus derechos sucesorios a su propia hija, la princesa Juana. La maledicencia suponía que la princesa Juana era en realidad hija de Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque; de ahí su sobrenombre de Juana la Beltraneja.
Con el objetivo de consolidar su posición política, los consejeros de Isabel la Católica acordaron su boda con el príncipe Fernando de Aragón, primogénito de Juan II de Aragón, enlace que se celebró en secreto, en Valladolid, el 19 de octubre de 1469. Al año siguiente, molesto por este matrimonio, Enrique IV de Castilla decidió desheredar a Isabel y rehabilitar en su condición de heredera a Juana la Beltraneja, que fue desposada con Alfonso V de Portugal.
La consecuencia fue que, a la muerte del rey Enrique IV (1474), un sector de la nobleza proclamó a Isabel soberana de Castilla, mientras que otra facción nobiliaria reconocía a Juana la Beltraneja (1475), lo cual significó el inicio de una sangrienta guerra civil. A pesar de la ayuda del monarca portugués a la Beltraneja, el conflicto sucesorio se decantó a favor de Isabel en 1476, a raíz de la grave derrota infligida a los partidarios de Juana por el príncipe Fernando de Aragón en la batalla de Toro.
Los combates, sin embargo, se sucedieron en la frontera castellanoportuguesa hasta 1479, en que el tratado de Alcaçobas supuso el definitivo reconocimiento de Isabel como reina de Castilla por parte de Portugal, además de delimitar el área de expansión castellana en la costa atlántica de África. Aquel mismo año, por otra parte, el óbito de Juan II posibilitó el acceso de Fernando II de Aragón al trono de la Confederación catalanoaragonesa, y la consiguiente unión dinástica de Castilla y la Corona de Aragón.

El testamento de Isabel la Católica (detalle de un óleo de Eduardo Rosales)
Las líneas maestras de la política conjunta que desarrollaron Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (que pasarían a la historia como los Reyes Católicos, título concedido en 1494 por el papa Alejandro VI) fueron el afianzamiento y la expansión del poder real, el estímulo de la economía, la conclusión de la reconquista a los musulmanes de todo el territorio peninsular y el fortalecimiento de la fe católica.
Para consolidar y prestigiar la monarquía, la reina implantó la Santa Hermandad, institución encargada de garantizar la estabilidad del orden público y la administración de justicia (1476), abolió las prerrogativas otorgadas a la nobleza por Enrique IV (1480) y convirtió el Consejo Real en el principal órgano de gobierno del reino, en detrimento de las Cortes.
En el aspecto económico, Isabel la Católica saneó la hacienda pública merced a un estricto sistema fiscal e incentivó el desarrollo de la ganadería ovina y del comercio lanero. Además, supo canalizar la tradición militar y expansiva de Castilla hacia la conquista del reino nazarí de Granada, último bastión islámico en la Península (1492), y la guerra contra los musulmanes norteafricanos, a los que arrebató Melilla (1497). Con todo, el mayor logro de la política exterior isabelina fue, sin duda, el apoyo a la expedición que culminaría con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón (1492).
En materia religiosa, por último, Isabel la Católica llevó a cabo una profunda reforma eclesiástica con la ayuda del cardenal Cisneros, creó el tribunal de la Inquisición para velar por la ortodoxia católica (1478) y culminó el proceso de unificación religiosa con la expulsión de los judíos (1492) y los mudéjares (1502). A su muerte, acaecida el 26 de noviembre de 1504, el trono castellano pasó a su hija Juana la Loca (Juana I de Castilla), madre del futuro rey y emperador Carlos.

Juana la Beltraneja



(Juana de Castilla, llamada la Beltraneja; Madrid, 1462 - Lisboa, 1530) Princesa castellana. Aunque nacida del matrimonio de Enrique IV de Castilla con su esposa Juana de Portugal, los adversarios de su padre la acusaron de bastarda, en virtud de los rumores sobre la impotencia del rey y la frivolidad de la reina; de ahí su apodo, pues decían que Juana era hija del favorito Beltrán de la Cueva.

Esta circunstancia, de la que no existen pruebas, empezó a ser aludida por los participantes en la revuelta nobiliaria contra Enrique IV de 1464-68. Los rebeldes defendieron primero los derechos del infante don Alfonso (hermano del rey), y al morir éste durante la revuelta, de su otra hermana, la infanta Isabel (la futura Isabel I de Castilla, llamada la Católica).
Por el Pacto de los Toros de Guisando (1486), Enrique IV se comprometió a revisar el orden sucesorio (Juana había sido jurada como heredera por las Cortes) para dejar como heredera a Isabel. Pero el monarca incumplió la promesa a raíz del matrimonio de Isabel con Fernando II de Aragón (1469) y, en 1470, reconoció a Juana como heredera legítima.
Al morir don Enrique cuatro años después, se inició una guerra civil en Castilla entre los partidarios de Isabel y los de Juana, apoyados éstos por el rey de Portugal, Alfonso V, que contrajo matrimonio con la Beltraneja. Tras ser derrotados sus partidarios, el Tratado de Alcaçovas (1479) obligó a Juana la Beltraneja a recluirse en un convento de Coimbra. Salió de allí unos años más tarde para ir a establecerse en Lisboa, donde permaneció hasta su muerte haciéndose llamar reina de Castilla.

Cristóbal Colón



Pocas figuras históricas han sido tan controvertidas y ofrecido tantos rasgos ambiguos como la del navegante que llamamos Cristóbal Colón, pese a que no nació con ese nombre. Es reconocido como «el descubridor de América», aunque él nunca lo supo y, desde un punto de vista estricto, no lo haya sido cabalmente. Su verdadera identidad, su lugar de nacimiento, su origen nobiliario o plebeyo, sus estudios o ignorancias, sus aventuras de juventud, sus ambiciones o mezquindades y sus conocimientos ciertos o delirios afortunados se han prestado a numerosas disquisiciones y debates entre biógrafos e historiadores.

En lo que hace a su persona, los trabajos reunidos en la Raccolta Colombiana (Italia, 1892-1896), el Documento Aseretto (hallado unos años después), las investigaciones de los eruditos españoles Muñoz y Fernández Navarrete y el más reciente Diplomatorio Colombino dan cuenta, definitivamente, de su origen genovés y humilde, y permiten reconstruir sin mayores dudas ni lagunas los avatares de su agitada e intensa biografía.
Respecto a la importancia de su hazaña cabe señalar que fue sorprendente en lo geográfico y oportuna en lo político, pero no tan novedosa en lo científico como se suele afirmar. La ciencia de fines del siglo XV ya aceptaba que la Tierra era un globo esférico, sabía que teóricamente se podía llegar a las antípodas navegando hacia el oeste, conocía la existencia de islas y tierras septentrionales exploradas por vikingos y daneses, y suponía que quien intentara arribar a las Indias por el poniente podía tropezar en su camino con alguna «terra incógnita».
Desde la Edad Media existían especulaciones y leyendas sobre los límites del Mar Tenebroso. El irlandés San Brandán habló ya de un gran continente y de «una inmensa isla con siete ciudades», e historias parecidas se registran en las tradiciones gaélicas, celtas e islandesas, mientras que los árabes peninsulares mencionan la expedición de los magrurinos, que zarparon de Lisboa y «después de navegar once días en dirección al oeste y veinticuatro días hacia el sur» llegaron a unas tierras donde pastaban ovejas de carne amarga.
Ya en siglo XIV, el veneciano Niccolò Zeno dibujó un mapa en el que se definían claramente Groenlandia y las costas de Terranova y Nueva Escocia. Y unos años antes el cardenal Pierre d'Ailly, en su obra Imago Mundi, desarrolló con toda amplitud la idea de llegar a los dominios del Gran Kan (descritos por Marco Polo) tras una travesía relativamente breve hacia el oeste. El propio Colón estaba absolutamente convencido de que hallaría tierra firme «unas setecientas leguas más allá de las Canarias».

Cristóbal Colón (supuesto retrato de Sebastiano del Piombo, 1519)
El proyecto no era nuevo; en realidad, era incluso popular entre cartógrafos y navegantes como posible alternativa a la larga ruta de las especias. Tanto, que uno de los mayores temores de Colón era que otro se le adelantara en cruzar el Atlántico. Pero lo que ni él ni los sabios o los marinos de ese tiempo podían imaginar era la inmensa extensión de la «terra incógnita», ni la inesperada vastedad del Pacífico. Ése fue el verdadero descubrimiento científico que se inició aquel día de 1492: no sólo apareció un «Nuevo Mundo», sino que el antiguo globo terráqueo se expandió a casi el doble del tamaño que se le suponía.
Un joven aventurero
El estudio comparado de diversas documentaciones permite asegurar que el futuro navegante nació en Génova y que tal hecho debió de ocurrir entre el 25 de agosto y el 31 de octubre del año 1451. Se le dio el nombre de Cristóforo, y fue el primer hijo del matrimonio formado unos cinco años antes por Doménico Colombo y Susana Fontanarossa. La familia estaba asentada en la Liguria desde por lo menos un siglo atrás, aunque sus miembros siempre fueron campesinos o artesanos sin medios de fortuna. El propio Doménico parece haberse trasladado desde Quinto a Génova alrededor de 1429 para aprender el oficio de tejedor. Los Colombo tuvieron otros tres hijos y una hija, Bianchinetta. Dos de estos hermanos Colombo habrían de jugar un papel preponderante y continuo en las aventuras y desventuras del primogénito: Bartolomé y Giacomo. Al segundo de ellos se le llamaría Diego en España.
Apenas tenía Cristóforo edad suficiente cuando ayudaba ya a su padre en sus sucesivos trabajos como quesero y tabernero, o lo acompañaba en viajes de negocios a Quinto o Savona. Era un chico despierto e inquieto, pero no consta que hubiera seguido ningún tipo de estudios. Lo que verdaderamente le atraía era el puerto, los relatos de marineros, las naves que llegaban de tierras lejanas. Génova era un importante centro del comercio marítimo y no le costaba mucho al joven Colombo enrolarse en los barcos de las grandes compañías navieras de la ciudad, que realizaban diversos itinerarios mercantiles por el Mediterráneo. Así aprendió, en la práctica sobre cubierta, el oficio del mar. Hablaba con los pilotos de vientos y corrientes, leía las cartas marinas y ensayaba el uso de los instrumentos náuticos. A los veinte años era ya un buen marinero.

Las carabelas de Colón
Tras su probable alistamiento en una expedición de la armada ligur a la isla griega de Quíos, que formaba parte de los dominios genoveses, en 1476 Cristóforo se embarcó en una flotilla comercial con destino a Flandes. Pero, a poco de atravesar el estrecho de Gibraltar, un suceso providencial cambiaría la vida del joven Colombo. Era el momento en que portugueses y franceses apoyaban a Juana la Beltraneja en la lucha por la sucesión de Castilla, y navíos de guerra galos atacaron sin mayor razón que el bucanerismo al convoy genovés.
Hundida su nave, Cristóforo alcanzó a nado la costa lusitana. Poco después se encontraba instalado en Lisboa, como agente de la importante casa naviera Centurione, armadora de la flotilla atacada. Allí cambió su nombre por Cristóbal y su apellido por Colomo o Colom, mientras se le reunía su hermano Bartolomé, también marino e interesado en la cartografía.
Cuenta la tradición que los Colomo llevaban una vida aposentada y tranquila, y que el mayor acostumbraba oír misa en el convento de Santos. Allí se fijó en una de las pupilas, Felipa Moniz Palestrello, joven hermosa y de familia importante. La madre, Isabel Moniz, era de noble linaje, emparentado con el de Braganza; el padre, Diego Palestrello, también genovés, estaba estrechamente relacionado con las empresas náuticas de la corona portuguesa y era a la sazón gobernador de la isla de Porto Santo, en el archipiélago de Madeira. Cristóbal pidió y obtuvo la mano de Felipa en 1477, y un año después nació un hijo al que bautizaron como Diego.
Bajo la influencia de su suegro, Colón se interesó cada vez más en los aspectos geográficos y científicos de la navegación, apartándose de su faceta meramente comercial. En esto pudo pesar también su temprana viudez (Felipa murió un año después de dar a luz) y sus desavenencias con la casa Centurione, a la que puso el prolongado pleito parcialmente reflejado en el Documento Aseretto.
El gran proyecto
A partir de ese momento, Cristóbal Colón comenzó a soñar y diseñar el ambicioso y desmesurado proyecto que habría de obsesionarlo toda su vida: descubrir una ruta más corta y segura a las Indias, navegando hacia occidente. Ya se ha dicho que la idea teórica estaba bastante difundida y se han citado antecedentes más o menos legendarios, a los que hay que agregar los que el propio navegante pudo recoger en sus estancias en Porto Santo y la atmósfera de «expansión oceánica» que se respiraba en Portugal a partir de los descubrimientos y exploraciones de los archipiélagos atlánticos y las costas de África.
Pero es probable que el factor desencadenante fuese una carta que el sabio florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli había dirigido al canónigo lusitano Fernando Martins para que interesara al rey de Portugal en sus ideas. El documento -o una copia de éste- llegó a manos de Cristóbal Colón, quizá por mediación de Diego Palestrello. La teoría del humanista de Florencia resume los conocimientos de la época sobre el globo terráqueo, que acertaban en su forma esférica y erraban en el cálculo de sus dimensiones, adjudicando sólo 125 grados a la distancia que separaba Canarias de Asia.

El primer viaje de Colón
Cristóbal Colón asumió la idea, la transformó en proyecto expedicionario y la elevó al rey Juan II de Portugal. El monarca puso como condición que no se zarpase desde las Canarias, pues en caso de que el viaje tuviera éxito, la Corona de Castilla podría reclamar las tierras conquistadas en virtud del Tratado de Alcaçovas. A Colón, que sólo confiaba en los cálculos que había trazado desde las Canarias, le pareció demasiado arriesgado partir de Madeira, de modo que no hubo acuerdo. Hay quien dice que el monarca recelaba de aquel extranjero sin títulos ni estudios, y envió en secreto otra expedición que terminó en fracaso. Resentido por este engaño, o más probablemente a causa de sus apuros económicos y la ilusión de encontrar otro protector, Cristóbal abandonó Lisboa junto a su hijo Diego y su hermano Bartolomé. Bordearon la península con la intención de dejar al pequeño Diego a cargo de su tía materna Violante Moniz, que vivía en Huelva.
En el camino se detuvieron en el cercano convento franciscano de La Rábida, donde se alojaron como albergados. El padre guardián, fray Juan Pérez, que había sido confesor de la reina, se entusiasmó con el proyecto del extranjero que se hacía llamar Xrobal Colón (XR era en la época el anagrama de Cristo), e interesó en él a su erudito cofrade fray Antonio de Marchena, experto en astronomía y cosmografía. Ambos frailes le dieron recomendaciones para el duque de Medinaceli, quien se apasionó por la idea y retuvo a Colón durante más de un año, con el propósito de preparar la expedición. Pero los Reyes Católicos desautorizaron tal proyecto, y todo lo que pudo hacer el duque fue enviarles al navegante a su corte de Córdoba.
Una vez más, en 1486, un consejo de sabios reunido en Salamanca desaconsejó la empresa, quizá porque ya poseían indicios de lo extenso y arduo de la travesía. Pero la reina Isabel la Católica, pese a estar enzarzada en la guerra de Granada, no descartó del todo la idea de llevar a las Indias el pabellón de Castilla; otorgó una pensión al navegante y le rogó que permaneciera en Córdoba. Cristóbal se instaló en un mesón, donde entabló relación con la joven Beatriz Enríquez, veinte años menor que él. De esa unión nació en 1488 un hijo, Hernando Colón, que sería el primer biógrafo del Almirante y el principal responsable de los ocultamientos y ambigüedades que durante siglos envolverían a su figura.

Cristóbal Colón y su hijo Diego en el convento de La Rábida (óleo de Giustiniano Degli Avancini, 1834)
Ultimada la conquista de Granada, los Reyes Católicos recibieron con mejor talante a Colón. Pero las pretensiones del extranjero resultaban desmesuradas: el almirantazgo de la Mar Océana, el virreinato hereditario de las tierras que encontrara y una parte importante de todas las riquezas que él o sus hombres obtuvieran por conquista o por comercio. El rey Fernando el Católico le hizo notar su exceso; la reina Isabel, en cambio, le despidió con vagas promesas. Colón, harto de su deambular ibérico, resolvió llevar su proyecto ante el rey de Francia.
Los frailes de La Rábida consiguieron disuadirlo y, con la colaboración de los cortesanos Luis de Santángel y Juan de Coloma, convencieron a los monarcas católicos de avenirse al llamado Protocolo de Santa Fe, que en 1492 concedió al Almirante los títulos y prebendas que exigía, aunque sólo el diez por ciento de los eventuales beneficios. Pero los exhaustos tesoros reales no aportaron un solo maravedí para financiar la expedición; pese a lo que diga la leyenda, las joyas de la reina ya habían sido pignoradas a los usureros valencianos. Con ellos tuvo relación Santángel, a quien se debió la brillante idea de hipotecar el arrendamiento de los derechos genoveses al puerto de Valencia, baza que tomó, por mediación del propio Cristóbal Colón, el rico banquero ligur Juanoto Berardi. Resuelto el problema financiero, sólo faltaba hallar los barcos y las tripulaciones.
El descubrimiento de América
Tuvo entonces Colón otro encuentro providencial: Martín Alonso Pinzón, acaudalado armador, viejo lobo de mar y próspero mercader de Huelva, que se apasionó por el proyecto colombino. Gracias al prestigio de Pinzón, los recelosos marinos onubenses aceptaron enrolarse en la extraña empresa, y los armadores Pinto y Niño accedieron a desprenderse de sendas carabelas que serían bautizadas con sus nombres. Martín Alonso y su hermano Vicente Yáñez Pinzón pilotarían esas naves, mientras que el Almirante escogió una nao cantábrica anclada en el puerto de Palos, llamada Marigalante. Su armador, el cartógrafo Juan de la Cosa, ofreció incorporarse a la expedición como maestre, y la nave capitana fue rebautizada como Santa María. Restaba aún comprar aparejos y provisiones. Los hermanos Pinzón y sus amistades reunieron el dinero faltante, y todo quedó listo para hacerse a la mar.

Salida del puerto de Palos
La expedición partió del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492. Pese a la oposición de Martín Alonso y las dudas de Juan de la Cosa, Colón insistió obcecadamente en mantener el derrotero que marcaba el grado 28 de latitud, que pasaba por la isla de Hierro. Por fortuna, intuición o saberes que el Almirante no reveló, ese rumbo se mostraba muy favorable para avanzar sin zozobra hacia el poniente. Y la pequeña escuadra se internó en el enigma del «Mar Tenebroso».
Pero pasaron más de dos meses sin avistar tierra y se produjeron conatos de rebelión, reducidos gracias a la autoridad indiscutida de Pinzón. Fue también el veterano piloto quien finalmente convenció a Cristóbal Colón de torcer el rumbo al sudoeste. Pronto comenzaron a ver ramas flotantes, pájaros y otros signos inequívocos de que se acercaban a una costa. Debe decirse que, si hubieran seguido el derrotero del paralelo 28, habrían llegado a la Florida, y quizá la historia del descubrimiento de América y del nuevo continente hubiese sido otra.
En la noche del 11 al 12 de octubre de 1492, el marinero Juan Rodríguez Bermejo, apodado el Trianero, dio el grito de «¡Tierra!» desde la cofa de La Pinta. Al amanecer desembarcaron en una isla (Guanahaní o Watling, en las Bahamas), a la que Colón dio el nombre de San Salvador. Convencido de encontrarse en los dominios del Gran Kan, el navegante recorrió el archipiélago en busca de riquezas. Pero sólo hallaron forestas tropicales y nativos desnudos. Luego de tocar la isla de Juana (Cuba), la Santa María encalló irremisiblemente en la costa de La Española (actual isla de Santo Domingo).

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América (Dióscoro Teófilo Puebla, c. 1862)
Colón decidió aprovechar los restos de la nave para construir un precario fuerte, que llamó La Navidad por ser 25 de diciembre. Quedaron allí unos pocos voluntarios; el resto de la expedición emprendió el regreso el 4 de enero de 1493. El Almirante capitaneaba La Niña y ordenó gobernar al norte, rumbo aparentemente erróneo. Pero una vez más acertó, pues la corriente del golfo lo enfiló sin dificultad hacia la península, mientras La Pinta de Martín Alonso Pinzón era desviada por un temporal. Arribaron el uno a Lisboa y el otro a Bayona (Galicia). Y en tanto Colón rechazaba las ofertas de Juan II de Portugal para apropiarse del descubrimiento, Martín Alonso Pinzón, enfermo, moría poco después.
Los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón en Barcelona con gran pompa y ceremonia, sin dejarse convencer por las intrigas que ya se tejían contra él. Le confirmaron sus títulos y privilegios y por real cédula adicionaron un castillo y un león a su escudo de armas. Pero el Almirante sólo pensaba en regresar a las Indias, y esta vez con gran despliegue náutico.
El 25 de septiembre de 1493 zarpó de Cádiz al frente de una poderosa flota de mil quinientos tripulantes, con capitanes como Juan Ponce de León, Pedro de Margarit o Bernal Díaz, eclesiásticos, cartógrafos y el hidalgo conquense Alonso de Ojeda, que llegaría a ser paradigma del conquistador temerario. Este segundo viaje duró más de dos años y en él se exploraron las Pequeñas Antillas y las islas de Puerto Rico y Jamaica, además de bordear las costas de Cuba. El antiguo fuerte de La Navidad había sido arrasado por los indios, y Colón fundó un nuevo enclave que denominó La Isabela. Dejó allí como adelantado y gobernador a su hermano Bartolomé Colón, no sin antes reprimir duramente a los nativos con la ayuda de Ojeda. En el ínterin habían llegado a la península noticias, quizás interesadamente exageradas, sobre las arbitrariedades del Almirante y las matanzas de indígenas. Lo cierto es que Colón resultó tan torpe gobernante en tierra como insigne nauta en el mar.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos (Juan Cordero, 1850)
Pero los reyes, por el momento, mantuvieron su confianza y autorizaron un nuevo viaje «para enmendar los yerros» que pudiera haber cometido. Seis carabelas partieron de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498, tripuladas en su mayor parte por penados: tanto era el temor y la desconfianza que ya inspiraban las historias de mucho riesgo y poco beneficio que llegaban de las nuevas tierras. Esta tercera expedición fue la que llegó más al sur, circundando la isla Trinidad y avistando la desembocadura del Orinoco, en la actual Venezuela. Pero a Colón le acuciaba volver a La Española, tras una ausencia de treinta meses. Encontró allí un verdadero caos. El corregidor Francisco Roldán, apoyado por ex reclusos y caciques inamistosos, se había sublevado contra sus hermanos Bartolomé y Diego Colón, mientras las fuerzas regulares permanecían neutrales.
Incapaz de dominar la situación, el Almirante reclamó auxilio a la corona, reconociendo tácitamente sus desaciertos como virrey. Meses más tarde, tras nuevas bravatas de Roldán y excesos de los Colón, arribó el comisario real, Francisco de Bobadilla. Éste mandó apresar a los tres hermanos, que al llegar a la península permanecieron encarcelados en Cádiz. La historiografía actual entiende que la actuación de Bobadilla fue correcta, dadas las circunstancias. No obstante, los reyes ordenaron liberar a los detenidos, aunque privaron provisionalmente a Cristóbal Colón de la gobernación del Nuevo Mundo.
Tanto porfiaba el Almirante en volver que finalmente se le permitió embarcar, aunque con expresa prohibición de acercarse a La Española. En este cuarto y último viaje tocó las costas de Centroamérica (Panamá, Costa Rica, Nicaragua). Regresó cansado y enfermo para afincarse en Valladolid, donde (contra otro mito muy difundido) disfrutó de muy buenas rentas hasta que le sorprendió la muerte el 20 de mayo de 1506. Inicialmente fue enterrado en Sevilla; años después, su hijo Diego Colón trasladó sus restos a La Española (Santo Domingo), de la que era gobernador.

martes, 11 de agosto de 2020

Juan II de Portugal



(Juan II de Avís, llamado el Príncipe Tirano o el Príncipe Perfecto; Lisboa, 1455 - Alvor, 1495) Rey de Portugal (1481-1495). Era hijo de Alfonso V de Portugal, a quien ya en plena juventud sustituyó como regente en dos ocasiones (1475 y 1477) por ausencia del monarca. Con el apoyo de la burguesía, Juan II consolidó la monarquía autoritaria y aplastó a la nobleza, a cuyos dirigentes, los duques de Braganza y de Viseo, hizo ejecutar.

Juan II de Portugal impulsó los viajes de exploración por la costa africana. Durante su reinado tuvieron lugar las expediciones de Diogo Cam, que descubrió la desembocadura del río Congo, de Pêro da Covilhã, que recorrió diversos países árabes, y del insigne navegante Bartolomeu Dias, quien, al doblar por primera vez el cabo de Buena Esperanza, preparó la gesta de Vasco de Gama. En 1484, sin embargo, rehusó patrocinar la empresa de alcanzar las indias cruzando el Atlántico que le propuso Cristóbal Colón, cuyo empeño en el proyecto llevaría ocho años más tarde al descubrimiento de América. En 1494 firmó el Tratado de Tordesillas con Castilla, por el que sentó las bases de la colonización de Brasil.
Hombre inflexible y sin escrúpulos, pero también esforzado y generoso, Juan II de Portugal fue un buen administrador y protegió la agricultura del país. Amante y defensor de las ciencias y las artes del Renacimiento, su labor en este campo, su apoyo a los descubrimientos geográficos y su actividad política le valdrían con el paso de los siglos el sobrenombre de «Príncipe Perfecto» con que lo conoce la historia, frente al de «Príncipe Tirano» con el que fue denostado por la nobleza contemporánea. Su gobierno, con facetas semejantes a las del de Luis XI de Francia, Enrique VII de Inglaterra o los Reyes Católicos en el fortalecimiento del poder de la monarquía y en las ambiciones expansionistas, supuso la entrada de Portugal en la Edad Moderna. Le sucedió en el trono su primo y cuñado Manuel I de Portugal.

El descubrimiento de América



En tanto que «encuentro entre dos mundos», el descubrimiento de América es probablemente el más espectacular de los acontecimientos historiográficos. Hasta ese momento, y desde los orígenes de la humanidad, el devenir histórico de las civilizaciones americanas y euroasiáticas se había desarrollado de forma totalmente independiente; con la llegada a las Antillas de Cristóbal Colón, entraron en contacto dos universos paralelos que se hallaban en puntos evolutivos muy distintos.

El impacto sería enorme. España, Portugal y otras potencias europeas se lanzaron a la colonización del nuevo continente; el gran impulso económico llevaría a la larga a la ascensión de la burguesía y al desarrollo del capitalismo. Para América, en cambio, las consecuencias inmediatas fueron devastadoras: extinción de las culturas precolombinas, exterminio o explotación de los nativos y saqueo de sus recursos naturales.
Desde la perspectiva de las circunstancias que condujeron al mismo, el descubrimiento de América ha de entenderse como la culminación del expansionismo que caracterizó a la Europa de la Baja Edad Media y que tuvo entre sus puntos de partida las exploraciones atlánticas protagonizadas por los navegantes portugueses. A principios del siglo XV, los Estados europeos medievales habían alcanzado su máximo desarrollo y se abrían a nuevas y complejas fórmulas de organización y gobierno. La acción expansionista de la industria y el comercio y el nacimiento de la burguesía en el seno del feudalismo suscitaron un afán por descubrir nuevas rutas comerciales.
Europa y Asia habían mantenido contactos comerciales desde tiempos remotos; los principales productos asiáticos (especias, piedras preciosas, tejidos de seda y algodón) eran transportados por caravanas a través de desiertos hasta las costas del Mediterráneo y, desde allí, las flotas venecianas y genovesas los distribuían por el resto de Europa. Las especias eran un producto fundamental para la conservación y condimentación de los alimentos, especialmente la carne de los animales que era necesario sacrificar ante la carencia de pastos invernales. Otros productos suntuarios orientales, como sedas, ungüentos, tintes y drogas, eran demandados por una sociedad que aspiraba a una vida más cómoda y lujosa.
Cuando Constantinopla (en 1453) y otros puertos del Mediterráneo cayeron en poder de los turcos otomanos, los mercaderes cristianos hubieron de buscar otras rutas para continuar su extremadamente lucrativo comercio con Oriente. Portugueses y españoles eran los mejor situados para intentarlo por la vía marítima. En Portugal se había creado una escuela náutica bajo el patrocinio del infante Enrique el Navegante, y en la ciudad española de Cádiz, en la costa atlántica, un colegio de pilotos. Ambos organismos presentaban las mismas características: se daban enseñanzas prácticas de navegación y se formaba a los pilotos, adiestrándolos en el manejo de la cartografía y los instrumentos de navegación, que en los últimos tiempos habían conocido un notable refinamiento. La brújula fue usada ya por los navegantes italianos en el siglo XIII y montada en la rosa de los vientos en el siglo XIV. La latitud se averiguaba por medio del astrolabio, instrumento destinado a medir la altura de la estrella Polar sobre el horizonte del hemisferio norte.
Los avances portugueses
Los navegantes debían también aprender a regir los nuevos tipos de barcos que sustituían a la antigua galera mediterránea: la carabela castellana y el barinel portugués. Estas embarcaciones, mucho más ligeras y equipadas con los modernos instrumentos de navegación, podían aprovechar cualquier viento y resistían mejor los embates de las mareas y los vendavales, siendo especialmente aptos para largos trayectos. Con todo ello, los marinos podían alejarse considerablemente de la costa, hasta perderla de vista, sin desconocer su situación; sin embargo, se precisaba una dosis adicional de arrojo y de intuición para alejarse de las inexploradas costas africanas, y más aún para aventurarse por el ignoto Atlántico.

Enrique el Navegante
Los portugueses, más adelantados que los españoles, fueron los primeros y principales impulsores de la expansión europea. Enrique el Navegante estableció un centro de estudios náuticos en el cabo San Vicente, donde reunió a los más destacados geógrafos, cosmógrafos y marinos. Allí se examinaron todas las teorías geográficas en boga, con la esperanza de alcanzar, por mar, territorios lejanos para difundir la religión católica, ensanchar los territorios del reino y aumentar sus recursos. Sus esfuerzos se vieron recompensados con numerosos descubrimientos y con el establecimiento de prósperas colonias en los archipiélagos atlánticos y en las costas de África, y culminarían, casi cuarenta años después de su muerte, con la expedición de Vasco da Gama (1497-1499), quien, al alcanzar la India bordeando el continente africano, abrió para los portugueses una nueva ruta comercial entre Europa y Asia.
Los éxitos de Portugal debieron mucho a la aplicación de las últimas innovaciones en materia de cartografía, instrumentos de navegación y diseño de naves, y también a la reintroducción en Europa de las antiguas concepciones geográficas de Ptolomeo sobre la esfericidad de la Tierra. Ciertamente, la viabilidad del proyecto colombino es históricamente incomprensible si se olvida que hay todo un ciclo de navegaciones previas y de mejoras técnicas que crearon las condiciones para que el logro fuera posible. De la llamada Media Luna Fértil de los descubrimientos geográficos (la región comprendida entre el Algarve portugués y la costa de Huelva), habían partido desde comienzos del siglo XV innumerables embarcaciones que recorrían la costa africana, adentrándose cada vez más hacia el sur y hacia el oeste, ya que en su camino de regreso debían practicar la llamada "Vuelta de Guinea", es decir, navegar hacia el oeste en busca de los vientos alisios para poder tomar entonces el rumbo a la península.
El proyecto colombino
La idea de alcanzar la India a través del océano Atlántico no era en modo alguno novedosa; había sido formulada por geógrafos y cartógrafos desde el siglo XIV, y también era conocida (aunque habitualmente rechazada por su temeridad) entre los navegantes. Ciertamente, los nuevos medios técnicos y el ánimo lucrativo hubiesen tarde o temprano empujado a alguien a emprender la travesía. Experto marinero, influido por el ambiente de Portugal y por las lecturas de PtolomeoEstrabónMarco Polo y otros, Cristóbal Colón reunía ya en aquel momento las virtudes necesarias para el triunfo de la empresa: la determinación, la audacia y la experiencia. Un famoso humanista, Toscanelli, influyó decisivamente en él y le indujo a cometer importantes errores de cálculo, que le llevaron a pensar que la Tierra era más pequeña y Asia mayor; eso suponía que las distancias se acortaban considerablemente, por lo que estaba convencido de que podía realizar el viaje en carabelas sin necesidad de hacer escalas. Su objetivo era el mismo que el de los portugueses: abrir una «ruta de las especias» que, por no tener que bordear toda África, había de resultar mucho más rápida, fácil y rentable.

Toscanelli situó Catay y Cipango (China y Japón) a una distancia asequible en carabela
En 1484 Colón presentó su proyecto a Juan II de Portugal y le pidió apoyo económico para llevarlo a la práctica. Pero una junta de expertos consideró que el plan era descabellado, y el rey, más preocupado por las exploraciones africanas, no quiso prestarle su ayuda. Decepcionado, se trasladó a Castilla para exponer sus ideas a los Reyes Católicos, puesto que necesitaba el apoyo de un monarca o un noble poderoso que corriera con los gastos.
Acompañado de su hijo Diego, se instaló en Palos de la Frontera (Huelva), donde entró en contacto con algunas personas que le ayudaron y que más tarde tuvieron un papel destacado en la realización de la empresa. Estas personas eran los frailes franciscanos de La Rábida, que le pusieron en contacto con los reyes; los hermanos Pinzón, que llegado el momento ofrecerían a Colón sus pertrechos, conocimientos e influencias; y los marineros andaluces que, acostumbrados a navegar por el Atlántico, formarían la tripulación del viaje colombino. Los monarcas castellanos tardaron un tiempo en aceptar los proyectos de Colón; durante siete años se hicieron frecuentes contactos con personas influyentes de la corte, pero los reyes demostraban estar más interesados en la conquista de Granada.
Las capitulaciones de Santa Fe
Eran varios los motivos por los que los Reyes Católicos no se decidían a prestar su apoyo al proyecto colombino. Aparte de la guerra de Granada, las contrapartidas exigidas por Colón resultaban exageradas, y los expertos que analizaron el proyecto determinaron que era muy arriesgado. Algunos cortesanos, como Luis de Santángel y Francisco de Pinelo, convencieron a los reyes de la necesidad de transigir. Cuando la guerra de Granada tocaba a su fin, Colón fue recibido en Santa Fe (Granada) por los monarcas, quienes le manifestaron su intención de autorizar la empresa.

Las carabelas de Colón
El resultado de la negociación fue recogido en las capitulaciones de Santa Fe, firmadas en abril de 1492. En ellas se hacían una serie de concesiones a Colón, pero todas condicionadas al hecho del descubrimiento. Los puntos fundamentales de este contrato otorgaban a Cristóbal Colón considerables privilegios, como el título de Almirante y Gobernador General de las tierras por descubrir. También se le concedía el diez por ciento de los beneficios comerciales, aparte de otras ventajas económicas.
Con unas cartas para el Gran Kan y las instrucciones para organizar la armada, Colón se marchó al puerto de Palos de la Frontera, enclave que fue elegido como punto de partida por contar con una buena flota y con marineros experimentados en navegaciones atlánticas.
El primer viaje de Colón
Cuando terminaron los preparativos, unos noventa hombres se embarcaron en tres naves. Dos carabelas, la Pinta y la Niña, eran capitaneadas respectivamente por los hermanos Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón; Cristóbal Colón comandaba la nao Santa María. La mayoría de la tripulación era de Palos; sólo quince expedicionarios no eran andaluces: diez vascos y cinco extranjeros. No se embarcaron mujeres, frailes ni soldados, pero sí oficiales reales para velar por los intereses económicos de los monarcas, y un intérprete de lenguas orientales.

Colón se despide de los Reyes Católicos
El 3 de agosto de 1492 la flota zarpó con rumbo a las Canarias y con un objetivo claro: alcanzar la costa asiática atravesando el Atlántico. Todos los pormenores del viaje se encuentran recogidos en un documento excepcional, el diario de a bordo que escribió el propio Cristóbal Colón, conocido por la copia que hizo fray Bartolomé de Las Casas.
En la travesía se presentaron algunos problemas. El más importante fue el descontento de la tripulación por el alejamiento de las costas y la presencia continua de vientos alisios que los llevaban directamente hacia el oeste, lo cual alimentaba el temor de no encontrar vientos favorables para volver a la península. Pero antes de acabar el mes de agosto aparecieron vientos contrarios, gracias a lo cual se sosegaron los ánimos.
Los problemas reaparecieron al entrar en la zona de calmas, hecho que, unido a la ausencia de señales de tierra, desencadenó de nuevo la inquietud de los marineros. Colón llegó a pensar que había sobrepasado el Japón, y sus problemas se acrecentaron cuando estalló un motín general, que sólo pudo contener tras lograr convencer a sus hombres de que en unos pocos días más encontrarían tierra. Pronto los vientos arreciaron, se avivó la velocidad de navegación y comenzaron a aparecer indicios de hallarse cerca de la costa: algunas bandadas de pájaros y maderas que flotaban en el mar.
El descubrimiento de América
Cuando, por fin, el 12 de octubre se divisó tierra, la alegría de los expedicionarios fue inmensa. Habían llegado a una isla de las Bahamas, a la que Colón dio el nombre de San Salvador y que los indígenas llamaban Guanahaní. Siglos después, cuando los ingleses colonizaron las Bahamas, pasó a llamarse isla Watling.

Cristóbal Colón divisa el Nuevo Mundo (óleo de Christian Ruben)
Colón desembarcó y tomó posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos. Todos quedaron maravillados de las tierras y de los hombres, que Colón comenzó a llamar indios (por creer que había llegado a las costas asiáticas) y que le recordaban a los guanches de las Canarias. Tales hombres eran pacíficos, pero carecían de las riquezas que los descubridores esperaban encontrar.
Pronto pasaron a reconocer la costa de la isla y, creyéndose en Extremo Oriente, zarparon de nuevo en busca de Cipango (Japón). Recorrieron las costas de varias islas del archipiélago de las Bahamas, de Cuba y de la isla de Haití o de Santo Domingo, que recibió el nombre de La Española. Al mismo tiempo que seguían manteniendo relaciones con los indígenas, los españoles buscaban vanamente especias; en lugar de ello, vieron por primera vez plantas y objetos desconocidos, como el maíz, las canoas, las hamacas y el tabaco.
En la Nochebuena de 1492 naufragó la nao Santa María en la costa norte de La Española. El cargamento se pudo salvar gracias a la ayuda de los indígenas, y con los restos de la nao Colón resolvió construir un fuerte, llamado La Navidad, que fue el primer establecimiento español en América. Allí quedaron treinta y nueve hombres con el fin de mantener las relaciones amistosas con los isleños y buscar minas de oro. A mediados de enero, el Almirante dio la orden de volver. Junto a los españoles se embarcaron algunos indígenas, así como una variada carga de papagayos, pavos, productos de la tierra y objetos exóticos. En los primeros días de navegación, Colón escribió una famosa carta que, tras ser impresa poco después de su llegada a España, difundió rápidamente por toda Europa la noticia de su fabuloso descubrimiento.

Construcción del fuerte La Navidad
Las dificultades del viaje de regreso fueron enormes, pero en todo momento Colón demostró sus magníficas cualidades marineras. Los vientos y las tormentas separaron las dos embarcaciones, y Colón, al mando de la Niña, se vio obligado a poner rumbo hacia Lisboa, siendo recibido por Juan II, que fue el primero en escuchar el relato de su aventura. El rey portugués reclamó sus derechos sobre las tierras descubiertas, en base al pacto de Alcaçovas, pero Colón le demostró que no había ido a Guinea, sino a las Indias. Ante el temor de represalias de los Reyes Católicos, el monarca le dejó partir rumbo a Palos.
Martín Alonso Pinzón, al mando de la Pinta, se había perdido en una tormenta y arribó a las costas de Galicia, y de allí tomó rumbo a Palos, donde llegó al mismo tiempo que Colón, a mediados de marzo. El Almirante se puso en camino para ver a los reyes, que se encontraban en Barcelona. Atravesó la península despertando la curiosidad de todos con el sorprendente espectáculo del exótico cargamento que llevaba a los monarcas, dejando a los españoles impresionados y admirados.
La nueva división del mundo
El recibimiento que tuvo Colón en Barcelona fue grandioso, y los reyes le confirmaron todos los privilegios pactados en Santa Fe. Enseguida se iniciaron contactos diplomáticos con el Papa para conseguir la concesión sobre las tierras descubiertas y por descubrir, y con Portugal para establecer una frontera en los descubrimientos, tema que provocó tensión entre ambos reinos.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos (óleo de Emanuel Leutze, 1843)
El punto de partida fueron dos bulas otorgadas por Alejandro VI. La primera anexionaba las nuevas tierras a la Corona de Castilla, y la segunda delimitaba las zonas de expansión de portugueses y castellanos a partir de un meridiano situado a cien leguas al oeste de las Azores. Las negociaciones fueron muy duras y los portugueses no quedaron conformes con la sanción papal, pues, aunque estaban de acuerdo en que debían repartirse el mundo, preferían que la línea divisoria fuera un paralelo, ya que así se adueñaban del hemisferio sur.
Finalmente, en junio de 1494, el problema se consideró zanjado con el tratado de Tordesillas, según el cual ambas partes aceptaron que la línea de demarcación fuera el meridiano situado a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. De ello derivaría la posterior y desigual configuración de los imperios coloniales: a Portugal solamente le correspondía el área de Brasil. Pero las imprecisiones del acuerdo y las dificultades para determinar la longitud (sólo se pudo establecer con precisión en el siglo XVIII) hicieron que no acabaran los problemas jurisdiccionales; la expansión de los portugueses en Brasil y de los españoles en el Sudeste Asiático, con la conquista de las islas Filipinas, suscitarían problemas diplomáticos entre los monarcas de la Península Ibérica, que se resolverían con políticas de fuerza y de hechos consumados.
Segundo viaje
En septiembre de 1493 se hacía a la mar una Armada formada por diecisiete barcos y una formidable contingente, cercano a los mil quinientos hombres. Sus objetivos eran socorrer a los españoles que habían quedado en América durante el primer viaje (en el fuerte La Navidad), continuar los descubrimientos tratando de alcanzar las tierras del Gran Kan y colonizar las islas halladas anteriormente. Tras una escala en Canarias, que con el tiempo se convertiría en algo habitual en la Carrera de Indias, Cristóbal Colón ordenó poner rumbo más al sur que en el primer viaje, pensando que de esta manera llegaría a Cipango (Japón) más fácilmente.
Lo que Colón halló en este segundo viaje fue, en realidad, la ruta más rápida y segura para navegar a América. En sólo veintiún días consiguieron llegar a las islas Deseada y Dominica, y descubrir a continuación Guadalupe, Monserrat y Puerto Rico. En la costa norte de Haití, donde se hallaba el fuerte La Navidad, Colón supo que los treinta y nueve hombres que había dejado en el primer viaje habían sido asesinados, según le dijeron, por el cacique Caonabó y sus compañeros. El 6 de enero de 1494 Colón fundó en ese lugar La Isabela, primera población española en América. Desde ella mandó algunas expediciones en busca de oro, del que remitió algunas muestras a España, y propuso a la corona que autorizara el intercambio de ganado y vituallas por esclavos indios caribes. En abril se trasladó a Cuba y poco después a Jamaica.

Los viajes de Colón
A su regreso a La Isabela, Colón encontró que muchos descontentos se habían marchado, mientras las enfermedades hacían presa en los pobladores que quedaban y los indígenas se rebelaban. Tras una corta lucha, Colón impuso a los vencidos la esclavitud y el pago de un tributo en oro y algodón. Sabedores de la situación problemática de sus nuevos dominios, los Reyes Católicos tomaron la decisión de enviar a Juan de Aguado para que les informase de lo que estaba sucediendo. En marzo de 1496 regresaba Aguado a España, acompañado por Colón, que no quería perder el favor de la corte para su empresa descubridora. Dejaba construidas seis fortalezas, y el mando de los territorios en manos de su hermano, Bartolomé Colón. En la entrevista mantenida con los reyes el otoño siguiente, Colón hubo de encajar las críticas por la conflictividad y la falta de rentabilidad de sus empresas, que justificó con el fin evangelizador.
Tercer viaje
Tres años tardó Colón en conseguir organizar su siguiente viaje, mientras su prestigio y el de la propia empresa americana, que parecía ya un negocio ruinoso, decaía por momentos. De las ocho naves que componían esta vez la flotilla colombina, que partió de la península en enero de 1498, cinco pasaron a reforzar los establecimientos de La Española, y tres se dedicaron a nuevos descubrimientos. A finales de julio desembarcaba Colón en la isla de Trinidad, y poco después exploraba la costa venezolana de Paria y la desembocadura del gran río Orinoco, región que, por su belleza, juzgó como la ubicación del antiguo paraíso terrenal. En agosto de 1498 estaba de vuelta en La Española.
En adelante, los conflictos políticos y administrativos absorberían por completo a Colón, impidiéndole continuar con las exploraciones. Primero tuvo que hacer frente a una sublevación indígena y, más tarde, se rebelaron los propios españoles, acaudillados por Francisco Roldán. Sólo la autorización del reparto de las tierras de los indígenas y la concesión del servicio personal de los mismos a los españoles, junto a algunas medidas de fuerza, consiguió detener la revuelta.
En 1500 llegó a La Española un enviado real, Francisco de Bobadilla, en calidad de juez pesquisidor con plenos poderes para poner orden en la colonia. Bobadilla halló culpable a Colón de todos los males, se apoderó de su casa, papeles y bienes, le abrió un proceso y lo remitió a España cargado de grilletes junto a sus hermanos Diego y Bartolomé. A continuación dio libertad para coger oro, vendió tierras y repartió indios. Acababa así la etapa de gobierno personalista del Nuevo Mundo y empezaba un nuevo orden. Colón llegó a España en noviembre de 1500. Aunque los reyes mandaron ponerlo en libertad de inmediato, sus enormes privilegios se habían esfumado. Colón había triunfado como marino y descubridor, pero había fracasado como gobernante.
Cuarto viaje
A pesar de todo, en marzo de 1502 fue autorizado para emprender un cuarto y último viaje, cuyo objetivo debía ser hallar el estrecho que se creía que separaba las tierras firmes del norte y del sur para lograr paso franco al continente asiático. Colón tenía prohibido el desembarco en La Española para evitar conflictos, así como el prendimiento de esclavos. Se prepararon cuatro carabelas con ciento cuarenta hombres, entre los cuales figuró el hijo del descubridor, Hernando Colón, que nos legó un relato del viaje.
En mayo de 1502 partieron de la península; el periplo los llevó a las islas de Martinica, Dominica, La Española (pese a la prohibición), Jamaica y Cuba. De allí navegó Colón hacia la costa de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, donde logró rescatar (comerciar) cierta cantidad de oro. En noviembre fundaron Portobelo y poco después, también en la costa panameña, Nombre de Dios. Tras sufrir un ataque indígena hubieron de poner rumbo a Cuba, pero naufragaron a la altura de Jamaica. Hasta ese momento, el cuarto viaje colombino había servido para probar que desde Brasil a Honduras no existía paso alguno hacia el oriente. Desde Jamaica, Colón despachó a siete de sus hombres para que pidiesen socorro en La Española (Santo Domingo). Por fin, en julio de 1504, los náufragos fueron rescatados. En noviembre de aquel año Colón llegaba, ya muy enfermo, a España; falleció en mayo de 1506, convencido de que su logro era haber abierto una nueva ruta hacia las indias. Correspondería a Américo Vespucio señalar que un nuevo continente había sido descubierto.