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viernes, 27 de diciembre de 2019

La Revolución Francesa


                                     
                                    
                       La toma de la Bastilla (14 de julio de 1789) ha quedado
                      como el suceso icónico de la Revolución Francesa



La Revolución Francesa (1789-1799) ha sido tradicionalmente considerada como el indicador del final de una época histórica y el punto de arranque de una nueva etapa: la Edad Contemporánea. Por este motivo puede aceptarse que, aunque cronológicamente el siglo XIX comenzase en 1801, históricamente se inició en 1789. Ciertamente, el estallido de la Revolución Francesa señala una línea divisoria entre dos sistemas sociopolíticos opuestos: en el Antiguo Régimen, anterior a la Revolución Francesa, el absolutismo monárquico regía una sociedad feudal; en el Nuevo Régimen surgido tras la misma, en cambio, reconocemos muchos de los rasgos que caracterizan la organización política y social del mundo contemporáneo.

En el terreno político, la Revolución Francesa acabó con el sistema de monarquías absolutas que había prevalecido durante siglos en muchos países europeos. Dicho sistema político se basaba en el principio de que todos los poderes (el de promulgar las leyes -legislativo-, el de aplicarlas -ejecutivo-, y el de determinar si las leyes habían sido o no cumplidas -judicial-) residían en el rey. El monarca era fuente de todo poder por derecho divino; tal derecho era la base jurídica y filosófica de su soberanía.
La Revolución Francesa establecería la separación de estos poderes, de tal manera que el legislativo correspondería a una Asamblea o Parlamento; el poder ejecutivo seguiría residiendo en el rey y sus ministros, o en un gobierno en las repúblicas; y el judicial recaería en los tribunales de justicia, como poder técnico e independiente. En definitiva, la monarquía dejaría de existir o de ser absoluta para convertirse en un sistema político en que los distintos poderes servirían de contrapesos y se controlarían mutuamente. Se entendía, además, que la soberanía no procedía sino del pueblo, el cual delegaba el ejercicio del poder en gobernantes libremente elegidos en procesos electorales periódicos.
En el plano social, las consecuencias de la Revolución Francesa serían igualmente trascendentes. El Antiguo Régimen se había caracterizado por consolidar un tipo de organización social rígido y de carácter marcadamente estamental, en la que se habían consagrado dos grupos o estamentos inamovibles: el clero y la nobleza. Estos estamentos gozaban de una jurisdicción especial que les eximía de pagar impuestos, entre otros privilegios. El tercer estamento lo integraban los campesinos, que estaban obligados a sostener los gastos del Estado con el pago de tributos.
Pero no solamente campesinos, artesanos o siervos componían el tercer estamento; una nueva clase social dinámica y próspera, enriquecida mediante los negocios, el comercio y la industria, también pertenecía jurídicamente a aquel «tercer estado» carente de privilegios: la burguesía. Esta clase emergente aspiraba a que su ascenso y su poderío económico se reflejase en el ordenamiento político. De hecho, la Revolución Francesa y su más inmediato precedente, la independencia de los Estados Unidos, constituyen los primeros ejemplos de lo que los historiadores han llamado «revoluciones burguesas». En ambas, el triunfo de la burguesía sobre la aristocracia anquilosada determinó una configuración social en concordancia con la mentalidad y los valores burgueses.

El carácter débil e indeciso de Luis XVI favoreció a los revolucionarios
De este modo, la Revolución Francesa creó una nueva sociedad cuya principal característica sería la eliminación de los privilegios y la proclamación de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; sin embargo, este ideal de igualdad se quedaría en el plano de lo teórico, ya que la nueva sociedad establecería un nuevo tipo de jerarquización entre los ciudadanos marcada no por el origen o la sangre, como antes, sino por la posesión de riquezas. Se pasó así de una sociedad estamental cerrada (se era noble por ser hijo de nobles, sin importar méritos o riquezas) a una sociedad abierta pero clasista (la nuestra), en que el dinero y los bienes materiales determinan la clase social. El resultado de la Revolución Francesa, en suma, sería la universalización del ideario burgués y la ascensión al poder de la misma burguesía, que sería la principal beneficiaria de los cambios.
La Revolución afectó a otros países además de Francia. Los gobernantes y la aristocracia de los países vecinos se convirtieron en sus mayores enemigos, y diversas monarquías europeas formaron coaliciones antifrancesas que tenían como objetivo acabar con el proceso revolucionario y restaurar el absolutismo. Pero la Revolución encontró apoyo en los campesinos, en los trabajadores de las ciudades y en las clases medias, y sus ideas penetraron en los estamentos no privilegiados de los restantes países europeos, que, en procesos revolucionarios o reformistas, acabarían por adoptar muchos de sus principios a lo largo del siglo XIX, quedando sus sociedades y sus gobiernos configurados de forma similar. En este sentido, la Revolución Francesa fue un acontecimiento de alcance universal.
Causas de la Revolución Francesa
Antes de entrar en el análisis del proceso revolucionario francés hay que señalar las causas que lo desencadenaron, dando por sentado la dificultad que supone establecer un orden de importancia en las mismas. Debe destacarse, en primer lugar, que el impacto de la filosofía ilustrada en el proceso revolucionario es una realidad incuestionable. Las ideas que difundió la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert (1751-1772), y las doctrinas políticas y sociales de Montesquieu, Rousseau y Voltaire dinamitaron los fundamentos teóricos de la monarquía absoluta y pusieron en manos del elemento burgués el ensamblaje teórico con el que justificar la destrucción del Antiguo Régimen. El barón de Montesquieu desarrolló la teoría de la división de poderes en El espíritu de las leyes (1748); Voltaire censuró el poder y fanatismo de la Iglesia y defendió la tolerancia y la libertad de cultos; Jean-Jacques Rousseau planteó en El contrato social (1762) el principio de la soberanía popular, que el pueblo ejerce a través de representantes libremente elegidos.
Durante el siglo XVIII, Francia vivió una serie de desajustes sociales propios de unas estructuras anquilosadas incapaces de adaptarse a la dinámica de los tiempos. El desarrollo de la economía, con importantes avances en sectores como la industria y el comercio, había favorecido el protagonismo de la burguesía, cuyo creciente poder económico no se veía correspondido con la función que le era asignada en la sociedad del Antiguo Régimen. A la eclosión de la burguesía como nueva realidad social cada vez más reacia a tolerar las prerrogativas y prebendas de los estamentos superiores, había que añadir la insoportable situación del campesinado francés, sujeto a un sistema de explotación señorial que, lejos de suavizarse a lo largo del siglo XVIII, tendía a hacerse aún más oneroso.
En la década de 1780, una sucesión de malas cosechas y graves crisis agrícolas desencadenaron la casi paralización de los restantes sectores económicos, íntimamente dependientes del sector primario. La prolongada depresión se dejó sentir con notable intensidad en el campo y en la ciudad, sucediéndose, en los años que precedieron a la Revolución, una serie de motines y levantamientos populares provocados por la carestía y la escasez de los productos de primera necesidad.
La crisis financiera como desencadenante inmediato
Si las causas mencionadas contribuyeron a preparar el clima para el estallido de la Revolución Francesa, el factor que lo precipitó fue la crisis política surgida cuando Luis XVI intentó hacer frente a la caótica situación financiera por la que pasaba el erario público. El déficit crónico de la monarquía se había convertido en el problema más acuciante para los últimos gobiernos del despotismo ilustrado. Los gastos provocados por el apoyo a la independencia de las colonias británicas en América y por los dispendios de la corte de Versalles hacían inaplazable la toma de medidas urgentes en unos momentos en los que el Estado carecía de crédito ante los banqueros y ya no podía recurrir al clásico expediente de incrementar la presión fiscal a los que siempre la habían soportado.
En estas circunstancias, los responsables de finanzas de los gabinetes de Luis XVI, Robert Jacques Turgot (1774-1776) y Jacques Necker (1778-1781), sugirieron al monarca algunas medidas encaminadas a equilibrar el presupuesto, aunque no lograron su objetivo al ser destituidos de sus cargos por la presión de los sectores más conservadores de la nobleza y del clero. Jacques Necker llegó a publicar en 1781 un presupuesto de la nación (Compte rendu au roi) que supuso su inmediato cese: por primera vez la opinión pública conoció las elevadas partidas destinadas a sufragar los gastos de la corte. Tal ejercicio de transparencia le reportó un gran prestigio entre el pueblo y la burguesía.
En 1783, Charles Alexandre de Calonne, nuevo ministro de finanzas, intentó poner en práctica un plan de reforma fiscal basado en las ideas de sus antecesores, que, en síntesis, suponía la desaparición de los privilegios fiscales de la nobleza y el clero. La frontal oposición de los poderosos provocó su caída en abril de 1787; le sustituyó Loménie de Brienne, arzobispo de Toulouse y uno de los más acérrimos enemigos de las reformas.

Sesión inaugural de los Estados Generales (5 de mayo de 1789)
El nuevo ministro, una vez comprobado el colapso financiero que amenazaba al Estado, recurrió de nuevo al proyecto de Calonne, retocado en algunos puntos. En esta ocasión, los «privilegiados», que se habían erigido en representantes de los intereses de la nación, negaron al monarca toda capacidad legal para cambiar el sistema fiscal francés y solicitaron la convocatoria de los Estados Generales, argumentando (conforme a la tesis del duque Luis Felipe II de Orleans) que eran la única institución histórica que tenía poder para ello.
Como cuerpo legislativo que actuaba en representación de cada una de las tres clases sociales, la nobleza, el clero y el pueblo (el «Tercer Estado»), los Estados Generales habían tenido un importante papel en la Francia de los siglos XIV y XV. Sin embargo, la deriva centralista y absolutista protagonizada desde entonces por las monarquías europeas había por lo general reducido este tipo de instituciones a órganos consultivos o decorativos; era el caso de los Estados Generales, de los que puede incluso afirmarse que yacían en el olvido: su última reunión había tenido lugar en 1614.
Los Estados Generales (1788-1789)
Enfrentado a una situación insostenible, Luis XVI aceptó al fin (5 de julio de 1788) la reunión de los Estados Generales para primeros de mayo de 1789 y la dimisión de Loménie de Brienne; Jacques Necker, puesto otra vez al frente del ministerio de finanzas, se convertía en el nuevo hombre fuerte de la situación. Aparentemente, con la convocatoria de los Estados Generales, la llamada «revuelta de los privilegiados» se había anotado una victoria; en realidad, era el principio de una nueva etapa caracterizada por el exclusivo protagonismo de la burguesía. Si los poderosos pretendían aprovechar los Estados Generales para perpetuar sus privilegios, los burgueses perseguían acabar con ellos; de ahí que sus primeros objetivos fueran conseguir para el Tercer Estado una representación similar en cifras a la nobleza y clero juntos, y que se votase por cabeza y no por estamentos.
El decreto que organizaba los comicios (27 de diciembre de 1788) estableció el modo en que cada estamento elegiría a sus representantes en los Estados Generales, pero sin hacer referencia a la importante cuestión del voto, verdadero caballo de batalla de los dirigentes de la burguesía. La libertad que, en la práctica, concedía la normativa electoral favoreció a los distintos aspirantes a liderar el Tercer Estado, que pudieron difundir sin cortapisas sus ideas y proyectos políticos, asumidos por un importante sector de la sociedad francesa, como quedó reflejado en los cuadernos de quejas (cahiers de doléances) enviados al rey por instituciones y grupos ciudadanos.
Una vez efectuadas las votaciones, el 5 de mayo de 1789 tuvo lugar la apertura de los Estados Generales con un discurso de Luis XVI, donde dejaba entrever la exclusiva misión de solucionar el problema financiero que se asignaba a la institución, sin aludir en ningún momento a las peticiones de los portavoces del estamento popular. El Tercer Estado pidió que las votaciones se llevasen a cabo individualmente y no por estamento, ya que en caso contrario el voto conjunto de la nobleza y el clero prevalecería siempre sobre el de los plebeyos. La propuesta difícilmente podía prosperar: si se votaba individualmente, el Tercer Estado, que disponía de mayoría de representantes, pasaría a controlar los Estados Generales.

El juramento del Juego de Pelota, de Jacques-Louis David
Tras varias semanas de discusiones estériles, el Tercer Estado acordó abandonar tanto su denominación como su condición de organismo representativo de tan sólo un estamento, y, sobre la base de sus miembros, se constituyó en Asamblea Nacional, autoproclamándose auténtica representación de la nación e invitando a los demás estamentos a unirse a sus deliberaciones (17 de junio). El rey respondió privándoles del salón donde se reunían; bajo el liderazgo de Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, y del abate Emmanuel Joseph Sieyès, la Asamblea Nacional se trasladó a un edificio público utilizado como frontón para el juego de pelota, y, en medio del entusiasmo general, pronunció el 20 de junio el célebre Juramento del Juego de Pelota: no separarse hasta que hubiesen dotado a Francia de una Constitución. Numerosos representantes del bajo clero y otros nobles liberales se unieron a la Asamblea. Luis XVI hubo de ceder: el 27 de junio reconoció la Asamblea Nacional y ordenó al clero y a la nobleza que se incorporaran a la misma, lo que suponía una aceptación de hecho, por parte del rey, del principio de soberanía nacional.
La revuelta popular (1789)
En tanto que abierto desafío a la autoridad monárquica y triunfo de la soberanía nacional sobre el absolutismo, debe considerarse la constitución de la Asamblea Nacional (y no la toma de la Bastilla) como el primero de los sucesos revolucionarios; es preciso reconocer, sin embargo, que difícilmente se hubiera llegado más lejos de no haber contado la Asamblea con el apoyo popular. Tras el forzado reconocimiento por parte del rey, en efecto, la aristocracia cortesana empujó de inmediato a Luis XVI a actuar contra la Asamblea Nacional, acuartelando tropas en Versalles (20.000 soldados) por si era preciso utilizar la fuerza contra la Asamblea y destituyendo otra vez a Jacques Necker, verdadero ídolo de la burguesía.
En París crecía la agitación por semejantes noticias: el 12 de julio, conocida la sustitución de Necker e intuyéndose que la Asamblea iba a ser disuelta por las armas, las masas populares se amotinaron, sumiendo la ciudad en el caos y la anarquía. Bajo la dirección del joven periodista Camille Desmoulins, muchos manifestantes tomaron armas del arsenal de los Inválidos y se dirigieron a la prisión de la Bastilla, símbolo de la opresión despótica.
El 14 de julio, que se convirtió desde entonces en la fiesta nacional francesa, la Bastilla fue tomada por los revolucionarios. El acontecimiento tuvo un efecto extraordinario. Se crearon comités por todas partes, las mansiones nobiliarias fueron asaltadas, se destruyeron documentos y se dejaron de pagar los derechos señoriales. En la capital se formó una municipalidad revolucionaria, se creó una Guardia Nacional (a cuyo mando se puso al Marqués de La Fayette) y se adoptó una escarapela con los colores rojo y azul de París, a los que se añadió el blanco real.

La toma de la Bastilla (14 de julio de 1789)
La rebelión popular de París tuvo inmediata repercusión en los núcleos de población de toda Francia. En pocas jornadas, la burguesía conquistaba el poder municipal, estableciendo comunas revolucionarias en lugar de las antiguas oligarquías locales, y encuadrando a las clases medias en milicias cívicas encargadas de velar por el orden público. Luis XVI aceptaba, mientras tanto, los hechos consumados retirando las tropas, restituyendo en su cargo a Necker (16 de julio) y recibiendo con todos los honores la nueva enseña nacional: la escarapela tricolor de la municipalidad de París, origen de la actual bandera francesa.
Cuando la revuelta urbana comenzaba a remitir, la ola revolucionaria sacudió con notable intensidad el mundo rural. Era «el Gran Miedo» (la Grande Peur), un fenómeno de paroxismo colectivo surgido al socaire de noticias confusas sobre partidas de bandidos que, en convivencia con los poderosos, recorrían los campos sembrando la destrucción y la muerte. En todos los lugares aparecieron grupos de campesinos armados que, ante la falsedad de las noticias, dirigieron sus iras contra los castillos y registros notariales, donde se suponían depositados los documentos acreditativos de los derechos feudales que históricamente habían pesado sobre sus espaldas.
La Asamblea Nacional (1789-1791)
La Asamblea Nacional se había convertido en Asamblea Nacional Constituyente con la misión de redactar una Constitución y dar a Francia una nueva forma de gobierno. La rebelión del campesinado tuvo un profundo impacto en la Asamblea Constituyente, cuyos miembros, ante el temor de una situación que pudiera hacer fracasar sus proyectos, acordaron -en la noche del 4 al 5 de agosto de 1789- la abolición de todo vestigio de régimen feudal: se decretó la supresión de los derechos feudales y se declaró ilegal el sistema de impuestos existente. En teoría, las ancestrales reivindicaciones campesinas quedaban satisfechas; a partir de entonces quedaba por construir un nuevo régimen que garantizara los principios del nuevo orden burgués.
Siguiendo el ejemplo americano, el 26 de agosto de 1789 los miembros de la Asamblea Constituyente aprobaron una relación de derechos del ciudadano que había de servir de preámbulo a la constitución. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (con una visión más universalista que su homónima americana) establecía los principios de libertad, igualdad, inviolabilidad de la propiedad y resistencia a la opresión, que iban a constituir la base de toda la legislación revolucionaria. El rey no la aceptó hasta el mes de octubre; después, se trasladó a París y se alojó en el Palacio de las Tullerías. La Asamblea se trasladó también a la capital y se dispuso a continuar allí su labor.
La burguesía moderada era el grupo que contaba con mayor representación en la Asamblea; considerando la configuración de la cámara, sostenían posturas centristas: eran partidarios de una monarquía constitucional con poderes limitados que pusiese remedio a los males sociales. A la derecha se encontraban los aristócratas, partido que aglutinaba los elementos más conservadores, defensores del absolutismo. En la izquierda se situaban los republicanos, entre los que figuraba Maximilien de Robespierre. Al margen de la pluralidad ideológica surgida en la cámara y fuera de ella (clubes de opinión y tertulias políticas: fuldenses, jacobinos, cistercienses, franciscanos), los principales dirigentes del proceso revolucionario acordaron llevar a la práctica una experiencia política de carácter monárquico y parlamentario, fruto de un compromiso entre la corona y la revolución.

La conducta frívola y licenciosa de la reina María Antonieta contribuyó
al descrédito de la monarquía (retrato de Gautier d'Agoty)
La Constitución de 1791 sancionaba la división de poderes, concediendo al rey las funciones del ejecutivo, y a un parlamento -elegido cada dos años- amplias atribuciones legislativas. La filosofía burguesa que inspiraba el texto legal aparecía, sin embargo, reflejada en el establecimiento de dos categorías de ciudadanos: activos (los que poseían derechos civiles y políticos -capacidad de voto- por ser contribuyentes) y pasivos (los que sólo tenían derechos civiles). Con ello quedaban excluidas del derecho a voto las clases bajas, hecho que condujo prontamente a su radicalización y a la exigencia del sufragio universal.
Aparte de la obra constituyente, la Asamblea desplegó también una ingente tarea legislativa. En primer lugar, se diseñó una descentralización y racionalización administrativa, por la que Francia quedaba dividida en 83 departamentos, en los que coincidían las diversas jurisdicciones administrativas con consejos de gobierno y autoridades locales elegidas por los habitantes de cada circunscripción. Otro hecho importante fue la reordenación de la administración de justicia, al establecer, según la nueva división territorial, distintas instituciones judiciales (juzgados de paz, tribunales civiles y tribunales de lo criminal), a cuyos cargos se accedía por elección.
Para institucionalizar la igualdad civil y la libertad económica, la actuación de los legisladores se dirigió a abolir toda clase de trabas que imposibilitaran el acceso de cualquier ciudadano a cargos civiles y militares; se eliminaron asimismo los impedimentos al comercio interior (supresión de aduanas y peajes), a la industria (abolición de gremios y prohibición de asociaciones obreras), a la agricultura (cercamiento), y, lo que era más importante, se reguló la igualdad de todos los ciudadanos ante los impuestos. De este modo la burguesía lograba establecer, junto al liberalismo político, las bases del liberalismo económico, eliminando las limitaciones que obstaculizaban su expansión económica.
Las acuciantes necesidades financieras del Estado, agravadas por la propia revolución, contribuyeron a que la Asamblea Nacional Constituyente determinara la nacionalización del patrimonio eclesiástico para enjugar con su venta el déficit público. Minadas sus posibilidades de subsistencia, la Iglesia católica pasó a depender del Estado, el cual, a través de la Constitución Civil del Clero (12 de julio de 1790), impuso una reorganización drástica de sus tradicionales estructuras y normas de funcionamiento interno, adaptándolas a la nueva filosofía revolucionaria (reducción de los 134 obispados existentes a 83, uno por departamento; provisión de cargos religiosos -párrocos, vicarios, obispos y arzobispos- por elección, como cualquier empleo público).
Los grandes cambios impulsados por la Asamblea Legislativa encontraron la férrea oposición de los privilegiados, muchos de los cuales emigraron a los países limítrofes esperando una acción inmediata de las monarquías absolutas europeas, que ya comenzaban a dar muestras de inquietud. La actitud del papa Pío VI al condenar la Constitución Civil del Clero -y, con ella, a la revolución- abrió un cisma en la Iglesia y en la sociedad francesas que tendría graves e inmediatas consecuencias.

Arresto de la familia real en Varennes (21 de junio de 1791)
Impulsado tal vez por sus escrúpulos al haber sancionado la controvertida legislación religiosa, Luis XVI acabó de convencerse de que el radicalismo de la Revolución sólo podía detenerse con la intervención de las potencias absolutistas. El monarca ya había negociado en secreto con soberanos extranjeros mientras fingía aceptar las reformas, y esperando convencerlos emprendió con su familia la huida del país. La fuga del monarca, sin embargo, fue abortada al ser reconocido y detenido en Varennes por el maestro de postas Drouet, el 21 de junio de 1791.
La noticia de la huida fallida del rey incitó a la emigración masiva de aristócratas y clérigos. Simultáneamente, la agitación campesina volvió a recrudecerse y una oleada de sentimiento antimonárquico comenzó a extenderse por toda Francia. En París, los clubes y periódicos radicales exigían que fuera la nación, y no la Asamblea Constituyente, la que decidiera la suerte del monarca. La declaración de inocencia adoptada por la Asamblea y el consiguiente restablecimiento de Luis XVI en el trono consumó la ruptura entre la burguesía moderada y los republicanos.
El 17 de julio de 1791, la Guardia Nacional disparó en el Campo de Marte contra una manifestación antimonárquica produciendo varias decenas de muertos. La represión se extendió a los principales dirigentes de las revueltas, entre los que figuraban Georges-Jacques Danton y Jean-Paul Marat. El club de los franciscanos fue clausurado. La Revolución se cobraba sus primeras víctimas, mientras en Pillnitz (Sajonia) Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia hacían pública una declaración, el 27 de agosto de 1791, en la que proclamaban su deseo de "poner al rey de Francia en estado de consolidar las bases de un gobierno monárquico", una declaración considerada, no sin razón por los patriotas, como una clara amenaza de intervención.
La monarquía constitucional: La Asamblea Legislativa (1791-1792)
Los dirigentes de la Asamblea Constituyente creían, sin embargo, que la situación política se había normalizado a principios de otoño de 1791, y que, cumplida su misión, debía procederse a la disolución de la cámara y a la convocatoria de elecciones legislativas de acuerdo con la Constitución, que había sido aprobada en su texto definitivo el 3 de septiembre de 1791. Sometida a la extrema presión de las convulsiones internas y de la amenaza exterior, la recién instaurada monarquía constitucional no llegaría a cumplir un año.
Una vez efectuadas las elecciones, el 1 de octubre inauguraba sus sesiones la Asamblea Legislativa, compuesta por 745 diputados pertenecientes en su totalidad a los distintos sectores de la burguesía francesa. Las tendencias ideológicas que tomaban asiento en la nueva cámara pueden agruparse en tres bloques. La derecha estaba ahora integrada por unos 260 diputados que apoyaban la monarquía constitucional; los antiguos aristócratas, valedores del absolutismo, habían desaparecido.
En la izquierda se situaban los jacobinos, así llamados porque muchos de ellos procedían de un club que se había instalado en el antiguo convento de los jacobinos, en la rue Saint-Honoré de la capital francesa. No pasaban de 150 diputados y entre ellos destacaban los representantes de la región de la Gironda, que por este motivo eran llamados girondinos; todos ellos eran republicanos y se oponían claramente al régimen monárquico. La izquierda también contaba con representantes que, frente al sistema censitario establecido en la Constitución, defendían el sufragio universal y gozaban de gran influencia sobre las clases bajas, privadas del derecho a voto. En el centro, unos 350 diputados inclinaban sus apoyos indistintamente hacia la izquierda o a la derecha según las circunstancias o los intereses del momento; formaban tal grupo personas identificadas con la revolución, pero sin definirse de forma tajante en cuanto a la forma de Estado.
La nueva etapa supuso un paso adelante en el proceso de radicalización revolucionaria que vivía Francia desde 1787. La crisis económica, que había hecho prohibitivo el precio de muchos productos básicos para la subsistencia, así como la desacertada política de los anteriores ministerios en esta cuestión, pusieron de nuevo a las capas populares a punto de estallar en cualquier momento. Ante la presión y las continuas críticas de la izquierda, la burguesía conservadora, que controlaba el poder, decretó la deportación del llamado clero refractario (contrario al juramento de la Constitución Civil del Clero) y la incautación de sus bienes junto a los de los aristócratas emigrados.
Pero esas medidas no sirvieron para tranquilizar a los grupos exaltados que pugnaban abiertamente por la instauración de la República; la izquierda más radical acusaba al rey de traicionar la revolución y de mantener compromisos secretos con sus enemigos (los emigrados y los monarcas extranjeros). La influencia de los aristócratas que habían huido de la Francia revolucionaria se había dejado sentir en la ya citada declaración de Pillnitz (agosto de 1791) de Leopoldo II de Austria y Federico Guillermo II de Prusia, en la que se manifestaba que la causa de Luis XVI era común para todas las monarquías.
La grave conflictividad interna y la actitud amenazante de las potencias extranjeras hicieron creer a las autoridades de la Asamblea que la revolución sólo podría salvarse adelantándose a declarar la guerra a los enemigos exteriores. La burguesía conservadora esperaba una victoria de la que saldría reforzado el sistema monárquico. Al mismo Luis XVI le convenía la idea; incluso en caso de derrota, la intervención extranjera restablecería el absolutismo. Frente a los partidarios de emplear la fuerza, la izquierda jacobina, conocedora de la debilidad militar de Francia por las defecciones de sus mandos, auguraba y temía una derrota que pondría fin a la revolución.
El 20 de abril de 1792, Luis XVI, a instancias de la mayoría de la Asamblea Legislativa, declaraba la guerra a Austria en medio de un clima de euforia popular, truncado a poco de iniciarse las hostilidades. El ejército, sin dirección y falto de preparación, se hundía en todos los frentes, provocando con ello un agravamiento de la crisis interna y el fortalecimiento de las actitudes antimonárquicas. A finales de junio los jacobinos, bajo el liderazgo de Robespierre, redoblaron sus acusaciones de traición contra Luis XVI y exigieron la disolución de la Asamblea Legislativa y la elección -por sufragio universal- de una Convención Nacional que instaurase la República.

El asalto al Palacio Real de las Tullerías (óleo de Jean Duplessis-Bertaux)
La conquista de Verdún y el desafortunado manifiesto (25 de julio de 1792) del duque de Brunswick, general en jefe del ejército prusiano, amenazando con arrasar París si la familia real sufría alguna vejación, sirvió para que se precipitaran los acontecimientos. La ira popular se desbordó el 10 de agosto de 1792, fecha en que las masas asaltaron el Palacio de las Tullerías, residencia de los monarcas, y asesinaron a la guardia del rey, que logró ponerse a salvo. Luis XVI fue depuesto y encarcelado en la prisión del Temple por haberse hallado en palacio documentos que le comprometían. La revuelta instaló asimismo en el ayuntamiento parisino una Comuna revolucionaria bajo el control de la izquierda jacobina. Desbordada por los acontecimientos y bajo la presión de la Comuna, la Asamblea Legislativa se vio forzada a convocar elecciones por sufragio universal (masculino).
A principios de septiembre surgieron los primeros brotes de terror indiscriminado, que se cobrarían unas mil trescientas víctimas sólo en París: monárquicos, clérigos y todo tipo de presuntos traidores fueron sumariamente juzgados y ejecutados en las llamadas «matanzas de septiembre». El 20 de septiembre, la Asamblea Legislativa se disolvía para dar paso a la nueva cámara surgida de las elecciones, la Convención Nacional, de carácter constituyente. Ese mismo día el ejército revolucionario francés, al mando del general Dumouriez, hacía batirse en retirada en las colinas de Valmy a las tropas prusianas del duque de Brunswick. París y la revolución se habían salvado. En palabras de Goethe, testigo de excepción en la batalla, "ese día comenzaba una nueva era en la historia del Mundo".
La República: la Convención girondina (1792-1793)
El proceso revolucionario alcanzaba con la Convención su más elevada cota de radicalismo. Barridos los monárquicos constitucionales en los comicios, celebrados esta vez por sufragio universal masculino, los grupos políticos visibles en la Convención Nacional quedaron de nuevo reducidos a tres. Los 160 diputados girondinos, de extracción alto burguesa, promovían una república descentralizada y conservadora. En la «montaña», sector de izquierda y extrema izquierda, se integraban 140 diputados «montañeses», pertenecientes a la pequeña y mediana burguesía, identificados con una república democrática y un programa de gobierno de contenido social (Robespierre, Danton, Marat). Entre ambas tendencias se ubicaba la «llanura» o el «pantano», contingente de centro (350-400 escaños) que, aparte de su fe republicana, no ofrecía posiciones ideológicas definidas.
La primera decisión de la Convención Nacional fue abolir la monarquía y proclamar la República (22 de septiembre). Los comienzos del régimen republicano, dominado al principio por los girondinos, no pudieron ser más difíciles. El enjuiciamiento y condena a muerte de Luis XVI, que fue guillotinado públicamente en la plaza de la Revolución el 21 enero de 1793, agudizó aún más la crisis. Las fuerzas realistas y el clero refractario provocaron en varios departamentos revueltas antirrepublicanas, impulsando por ejemplo la rebelión del campesinado de la Vendée, que se había opuesto a las levas forzosas dictadas por la Convención para hacer frente a la amenaza exterior; el ejemplo cundió en otros departamentos.
Las potencias absolutistas europeas, espoleadas por la muerte del monarca, cerraron filas en una gran alianza antifrancesa: la Primera Coalición, formada por Austria, Prusia, España, Inglaterra, Holanda, Portugal y la mayor parte de los estados italianos y alemanes. La Coalición frenó el avance de las tropas de la Convención después de la traición del general Dumouriez, que se pasó a las filas de los austriacos tras su derrota en Neerwinden (marzo de 1793). La guerra civil en que habían degenerado las rebeliones internas y la amenaza de una inminente invasión extranjera crearon una situación insostenible que desató la lucha por el poder.
La Convención jacobina: Robespierre y el Terror (1793-1794)
En el verano de 1793, con el apoyo de las masas parisinas (los sans-culottes), los diputados montañeses expulsaron del gobierno a la derecha girondina, tras acusar de traición y ejecutar a sus principales dirigentes (junio-julio de 1793). El nuevo gobierno quedó progresivamente encarnado en la figura de Robespierre y en la acción expeditiva e implacable de unas instituciones a las que los jacobinos otorgaron poderes de excepción (el Comité de Salvación Pública, verdadero poder ejecutivo pronto dominado por Robespierre, el Comité de Seguridad General y el Tribunal Revolucionario).

Robespierre neutralizó las amenazas contrarrevolucionarias al precio de una sangrienta represión
Desde ellas se pusieron en práctica una serie de medidas, cuyos resultados no se hicieron esperar. En agosto de 1793 se decretaba la leva en masa, con lo que todos los recursos materiales y humanos de la nación se ponían al servicio de la guerra revolucionaria; el ejército francés acabaría contando con más de un millón de hombres. En septiembre de 1793, la «ley del máximum general» fijaba un control riguroso de precios y salarios, dictando durísimas sanciones para los infractores; previamente una ley había establecido la pena de muerte para los acaparadores. Este fuerte intervencionismo económico permitió alimentar la población y abastecer el ejército, pero suscitó el rechazo de la burguesía moderada, defensora de la libertad económica.
La Convención aprobó también una serie de normas sobre procedimientos judiciales extraordinarios y tribunales revolucionarios como la Ley de Sospechosos, cuya aplicación correspondió al Comité de Seguridad General, con el objeto de eliminar toda disidencia contrarrevolucionaria y depurar las estructuras del Estado. Como resultado de ello, alrededor de diecisiete mil ciudadanos fueron procesados y ejecutados durante el año escaso en que los jacobinos detentaron el poder, razón por la que este periodo pasaría a ser llamado «el Terror», y a tener en la guillotina su representación icónica. La más ilustre de las víctimas fue la reina María Antonieta, guillotinada el 16 de octubre. Sin embargo, nobles y clérigos eran la menor parte; la mayoría fueron campesinos y trabajadores que se rebelaron contra el reclutamiento o intentaron eludirlo o desertar.
Para cumplir todo lo dispuesto en París, se sometió a un centralismo absoluto la actividad política, económica y social de las provincias, otorgándose poderes ilimitados a los agentes («Enviados en misión») de la Convención Nacional. En pocos meses, la dictadura de Robespierre logró conjurar el peligro contrarrevolucionario: aplastó las rebeliones de monárquicos y girondinos en el interior y derrotó a los ejércitos de la Primera Coalición.

María Antonieta en el Tribunal Revolucionario
Superada la crisis, el frente jacobino comenzó a fraccionarse. El sector radical exigía la abolición de la gran propiedad y la aplicación de la política de terror a los ricos y poderosos. En el lado opuesto, cada vez eran más numerosas las voces que clamaban por una normalización de la vida pública que hiciera efectiva la Constitución democrática elaborada y aprobada en junio de 1793, que no había llegado a entrar en vigor. A partir de marzo de 1794, Robespierre acusó de traicionar a la revolución a los dirigentes de ambas tendencias (Jacques Hébert, Camille Desmoulins, Georges-Jacques Danton, que terminaron en el patíbulo), sin darse cuenta de que estaba preparando con ello el camino hacia el final de su dictadura.
La reacción de Termidor y el fin de la Convención (1794-1795)
El 27 de julio de 1794, la «llanura» de la Convención Nacional y los jacobinos moderados retiraron su apoyo al hombre que se creía depositario de la virtud revolucionaria. Abandonado a su suerte, Robespierre y veinte de sus partidarios morían al día siguiente en la guillotina sin juicio previo, víctimas de los procedimientos judiciales de excepción que tanto habían defendido. El 9 de Termidor (27 de julio en la terminología del calendario aprobado por la Convención) ponía fin a la fase más radicalista de la Revolución Francesa y daba inicio a una reacción conservadora en la que el terror sólo iba a cambiar de dirección, cebándose en quienes lo habían practicado.
Durante el período transcurrido entre julio de 1794 y octubre de 1795, la burguesía conservadora de la Convención Nacional iba a ser la verdadera dueña de la situación política; desde su nueva posición dominante, restableció la libertad de precios y, cuando la carestía empeoró de nuevo la situación de las clases populares, no tuvo escrúpulos en formar frente común con el ejército para reprimir toda intentona subversiva. Sus objetivos inmediatos eran continuar la guerra en el exterior y liquidar la obra revolucionaria elaborando un nuevo texto constitucional que sustituyera, por sus excesos democráticos, al aprobado en junio de 1793.
El Directorio (1795-1799)
La nueva Constitución, sancionada mediante un plebiscito en septiembre de 1795, fijaba una tajante división de poderes que intentaba evitar por todos los medios la reproducción de una dictadura personal como la que había protagonizado Robespierre. El poder ejecutivo quedó en manos de un nuevo organismo, el Directorio, formado por cinco «directores», renovados a razón de uno cada año por los miembros del legislativo. Dos cámaras elegidas por sufragio censitario indirecto, el Consejo de los Quinientos y el Consejo de Ancianos, detentaban el poder legislativo; el poder judicial correspondía a los tribunales electos, a los que se investía de gran solemnidad e independencia.
El nuevo ordenamiento, por otra parte, ponía fin a la participación democrática popular del periodo anterior al eliminar el sufragio universal, y salvaguardaba los intereses de la burguesía adinerada volviendo al principio de capacidad económica como condición previa al ejercicio de los derechos políticos. El Directorio comenzó su andadura en octubre de 1795, manteniendo una línea continuista respecto al último año de vida de la Convención y priorizando la estabilidad y el orden internos para consolidar una república conservadora erigida en la primera potencia de Europa.
Los grandes objetivos del régimen tropezaron, sin embargo, con graves dificultades internas que condicionaron de forma determinante sus cinco años de vida. La crisis económica desatada a raíz de la supresión del control de los salarios y los precios abrió un proceso inflacionista (depreciación de los "asignados": papel moneda emitido para la compra de bienes nacionales), que repercutió negativamente en las clases populares y en las arcas de la República, cada vez más dependientes de los botines de guerra.
Si bien la crisis económica constituyó el principal problema del régimen, no hay que olvidar la inestabilidad política y social que siempre le afectó al tener que combatir por igual los intentos de subversión conservadora (insurrecciones realistas en la Vendée y Bretaña, marzo de 1796) y las conspiraciones de carácter radical («Conjura de los Iguales» de Babeuf, mayo de 1797). La Constitución de 1795, al configurar el Directorio como un sistema republicano y censitario (sin sufragio universal), parecía haber excluido de la vida política tanto a los monárquicos como a las clases populares, pero realistas y jacobinos ganaron posiciones en las elecciones de 1797 y 1798.
La faceta más brillante del Directorio fue su política exterior, basada en la actuación victoriosa de sus ejércitos contra la Primera Coalición. Las brillantes campañas de generales como Moreau, Jourdan, Pichegru y Hoche culminaron en el rotundo triunfo de Napoleón sobre el ejército austriaco en Italia. Las paces de Tolentino y Campoformio (1797) convertían al militar corso en el hombre más admirado de Francia, a cuyo gobierno había proporcionado inmensos recursos procedentes de los territorios ocupados.
La estrella de los militares -y en especial del joven Bonaparte- comenzaba a brillar con luz propia en un panorama político inestable y corrupto como el que ofrecía el Directorio a finales de siglo. Ante los avances de una Segunda Coalición internacional contra Francia (formada en diciembre de 1798 por Inglaterra, Austria, Rusia, Turquía y el rey de Nápoles refugiado en Sicilia) y el peligro de escoramiento que suponían las presiones de jacobinos y realistas, la burguesía republicana comenzó a identificarse cada vez más con una solución militar que apuntalase sus intereses.
El fin de la Revolución Francesa
La coyuntura fue aprovechada por el general más audaz, Napoleón Bonaparte. Enviado en 1798 a Egipto para asestar un golpe al poderío colonial británico cuando se estaba organizando la Segunda Coalición antifrancesa, Napoleón acudió a la llamada de dos miembros del Directorio (Emmanuel Joseph Sieyès y Roger Ducos) y encabezó el golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799), que acabó con el régimen por la fuerza de las armas y labró sobre su persona el nuevo destino de Francia.

Golpe del 18 de Brumario: Napoleón disuelve el
Consejo de los Quinientos (óleo de François Bouchot)
Napoleón disolvió las instituciones del Directorio y constituyó un gobierno provisional; el nuevo orden surgido del golpe de Estado se dotó rápidamente de una constitución (diciembre de 1799) que fijaba su entramado legal: el Consulado. Se trataba de un régimen jerarquizado y autoritario que culminaba en Napoleón, nombrado Primer Cónsul, al que quedaban supeditados los otros dos cónsules. La Revolución Francesa había terminado.
Sin embargo, Napoleón consolidó algunos realizaciones revolucionarias (destrucción de las estructuras feudales, superación de la sociedad estamental, estabilización del liberalismo económico y ascenso de la burguesía como clase social dominante) y dotó a Francia de unas estructuras de poder sólidas y estables con las que se ponía fin al caos político precedente. Aunque por el camino se perdieron los ideales de igualdad social y democracia política, la restauración del Antiguo Régimen iba a resultar imposible y, en muchos aspectos importantes, los logros de la Revolución Francesa habían de perdurar y extenderse por Europa con las conquistas napoleónicas.


Los mayas


La civilización maya es sin duda la más fascinante de las antiguas culturas americanas. Ciertamente, en ninguna de ellas se halla un esplendor artístico e intelectual parangonable al alcanzado por la cultura maya durante el llamado «Viejo Imperio» o periodo Clásico (250-900 d.C.), resultado de un desarrollo que había empezado al menos en el siglo IV a.C. y que tuvo su principal foco de irradiación en la ciudad de Tikal, tan impresionante por sus dimensiones como por su monumental urbanismo. El sorpresivamente abrupto y enigmático final del Viejo Imperio, cuyas ciudades fueron repentinamente abandonadas y cubiertas por la selva, ha hecho correr ríos de tinta y es todavía hoy objeto de especulaciones.
Tras el colapso de su área central, el mundo maya gravitó hacia el norte: en el Yucatán, las ciudades de Chichén Itzá y Mayapán ostentaron sucesivamente la supremacía en el transcurso del «Nuevo Imperio» o periodo Posclásico (900-1500), a la vez que la cultura maya asimilaba las influencias toltecas en una época todavía brillante en realizaciones. A mediados del siglo XV, sin embargo, la caída de Mayapán dio paso a un panorama de disgregación política y decadencia irreversible que facilitaría la conquista española.

Los «griegos del Nuevo Mundo»

Enhiestas pirámides, suntuosos palacios y precisos observatorios astronómicos abandonados a la exuberancia de la vegetación selvática fueron durante siglos los mudos testimonios de la grandeza de una civilización que, tras extender su pujante poderío político y religioso, se había adentrado por los caminos de las artes y las ciencias (escritura jeroglífica, astronomía, matemáticas) hasta alcanzar aquellos niveles por los que algunos historiadores y arqueólogos describieron a los mayas como «los griegos del Nuevo Mundo». En contraste con la estupefacción de los primeros europeos que contemplaron el imponente espectáculo de sus ruinas, actualmente es posible trazar una imagen de la cultura maya relativamente fiable y comprensiva, aunque es probable que, por la magnitud de los yacimientos todavía examinados superficialmente o por descubrir, nuestros conocimientos sean inferiores a los que proporcionarán las futuras investigaciones.
El área geográfica de la civilización maya puede visualizarse como una región bien definida, la península del Yucatán, imaginariamente extendida por su base hasta la costa del Pacífico. Sus 320.000 kilómetros cuadrados abarcan territorios que hoy corresponden a Guatemala, Belice, el sur de México (estados de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas) y el oeste de Honduras y El Salvador.
Esta vasta superficie comprende áreas muy distintas en cuanto a climatología y recursos. La llanura de la costa del Pacífico, cálida y lluviosa, posee suelos muy fértiles, poblados por una flora y una fauna típicamente tropicales y surcados por numerosos y cortos ríos, que nacen en las cercanas montañas. La Tierras Altas (o Altiplano) constituyen una zona montañosa y boscosa de clima frío o templado; sus volcanes, de altitudes superiores a los cuatro mil metros, aportaron materiales básicos para el desarrollo tecnológico de las diferentes culturas mesoamericanas: la obsidiana, que se utilizaba para cortar, o la andesita, que sirvió para fabricar instrumentos de molienda.

Pero fue en las calurosas Tierras Bajas donde la civilización maya, de forma sorprendente, alcanzó su mayor esplendor. Las selváticas Tierras Bajas del Sur incluyen las cuencas de los ríos Usumacinta y Motagua y el lago Izabal, como líneas esenciales de comunicación y de relaciones comerciales, y la región de El Petén, con lagos y pequeños ríos en superficie y una abundante vegetación típica de la selva tropical lluviosa, con gran riqueza de especies vegetales y animales.
En las Tierras Bajas del Norte, área coincidente con la península de Yucatán, la escasa pluviosidad y el reducido número de corrientes de agua superficiales, sumados a suelos mayoritariamente calizos con profusión de cursos de agua subterráneos, se traducen en una flora donde domina la presencia del bosque bajo y los matorrales. Tales factores medioambientales condicionaron tanto el desarrollo como los asentamientos de los mayas, ya que sólo allí donde había cenotes (grandes pozos naturales de agua) fue posible el establecimiento y la estabilización de las poblaciones.
La presencia humana en esta región, obviamente, es muy anterior al florecimiento de la civilización maya. Los primeros vestigios datan del periodo Lítico, entre los años 12000 y 6000 a.C., y dan fe de la presencia de cazadores en el Altiplano y de asentamientos en zonas costeras. Durante el periodo Arcaico, entre los años 6000 y 2000 a.C., se inició el cultivo de plantas como el maíz, la calabaza y el frijol, que llegarían a ser básicas en la dieta de subsistencia del área mesoamericana; surgieron aldeas sedentarias sin trazas de jerarquía interna y con poca complejidad social y política que convivieron con poblaciones cazadoras y recolectoras. Es preciso subrayar que en ningún caso cabe hablar aún de características capaces de diferenciar la cultura maya de los numerosos pueblos que en ese momento habitaban en la región mesoamericana.

El periodo Formativo o Preclásico (2000 a.C. - 100 d.C.)

Tanto la mayor complejidad social como la diferenciación entre culturas empezaron a evidenciarse en el periodo Formativo o Preclásico, entre los años 2000 a.C. y 100 d.C. Para facilitar la comprensión de las significativas variaciones que presenta esta etapa, cabe dividirla en tres subperiodos: Temprano, Medio y Tardío.
El inicio del periodo Formativo Temprano se vincula a una serie de cambios fundamentales, entre los cuales destaca el paso definitivo al sedentarismo, claramente asociado al desarrollo de la agricultura. Las poblaciones que vivieron en aquel periodo ocuparon pequeños asentamientos o convivieron en aldeas compuestas por una serie de plataformas bajas sobre las que se alzaban chozas de materiales perecederos con una lumbre en su interior. Bajo los suelos de las viviendas solían realizarse enterramientos simples, con las connotaciones rituales que ello comportaba, y se elaboraba ya una cerámica rudimentaria.
Estos poblados se desarrollaron en un limitado espacio costero próximo a pantanos y esteros; las primeras evidencias de aldeas, cerámica y agricultura proceden de la costa del Pacífico y se remontan al periodo comprendido entre los años 1850 y 1650 a.C. Tales rastros de sedentarización están muy vinculados a desarrollos similares, como las culturas del istmo de Tehuantepec y los olmecas, pueblo que se asentó en el Golfo de México. En el transcurso del periodo Formativo Temprano aparecieron sociedades de carácter caciquil, con diferenciación social interna y centros jerarquizados, algunos de los cuales llegaron a tener hasta mil doscientos habitantes y contaban con estructuras de rango, como las que se aprecian en el poblado de Paso de la Amada, en Chiapas.

De las aldeas a los centros ceremoniales

La cultura maya comienza a despuntar durante el periodo Formativo Medio, entre los años 1000 y 400 a.C., cuando surgieron los primeros indicios de lo que más tarde sería una sociedad compleja: construcciones públicas y ofrendas funerarias diferenciadas. En algunas zonas, como la costa del Pacífico y lugares cercanos, la transformación pudo deberse a una fuerte relación con el mundo olmeca, que ya poseía escultura monumental e incluso escritura jeroglífica muy temprana. Esta comunicación intercultural no se limitó, con todo, a las áreas del Golfo más próximas a los olmecas, como certifica el hecho de que numerosos objetos de jade y cerámicas pertenecientes al estilo olmeca hayan aparecido diseminados por buena parte de la zona maya y, en general, por toda Mesoamérica.
De gran importancia durante este periodo fue el incipiente establecimiento de la población en las Tierras Bajas del Sur, que se inició en lugares como Tikal, Ceibal, Uaxactún, Nakbé y Copán. Sin duda, sus moradores eran originarios de las Tierras Altas mayas y exportaban a estas nuevas áreas patrones culturales tales como la dieta alimentaria, la forma de las viviendas, la utilización del espacio o los tipos de enterramiento.

Investigaciones arqueológicas como las practicadas en Nakbé y El Mirador, en Guatemala, han revolucionado el concepto que se tenía sobre los inicios de la civilización maya. Con ellas se ha documentado que el antiguo patrón de sociedades igualitarias, organizadas en torno a pequeñas aldeas campesinas, fue sustituido por el de centros de integración social, política y económica de mayor tamaño antes de lo que se creía. Entre los años 600 y 400 a.C., en diversos lugares de las Tierras Bajas centrales hubo una arquitectura pública que construyó complejas plataformas y pirámides, con funcionalidades que iban desde la meramente cultual y dedicatoria hasta la posible actividad religioso-astronómica, como en el caso de los complejos de conmemoración astronómica.

La gestación de los rasgos distintivos mayas

En el periodo Formativo Tardío, entre los años 400 a.C. y 100 d.C., se perfilaron con mayor claridad los rasgos que definirían la cultura maya clásica. La población aumentó considerablemente, se construyeron grandes templos sustentados sobre amplias plataformas (decorados con mascarones de estuco de rica iconografía, un fiel reflejo del poder adquirido por los gobernantes) y calzadas que unían los conjuntos arquitectónicos más significativos de una misma ciudad.
Las inhumaciones de la clase dominante incluían ricos ajuares funerarios en que no faltaban lujosos enseres importados; las conchas marinas, los objetos de jade, las espinas de mantarraya y la cerámica ritual se acumulaban en los enterramientos de los grandes señores. Esta práctica funeraria indica la existencia de una sociedad con un notable grado de jerarquización. También durante el periodo Formativo Tardío se desarrollaron dos aspectos especialmente característicos de la cultura maya: la escritura jeroglífica y una escultura cuyo estilo artístico anuncia el que sería propio del periodo Clásico.
A pesar del progresivo engrandecimiento de ciertos lugares como Tikal, El Mirador, Cerros y Lamanai en las Tierras Bajas, donde se construyeron algunas de las pirámides más espectaculares de toda la historia maya, la mayor concentración de poder político y económico no se localizó en aquel momento en esta región, sino más al sur, en lugares como Kaminaljuyú (Guatemala), Izapa y Chiapa de Corzo (Chiapas), Abaj Takalik (Guatemala) y Chalchuapa (El Salvador), todos ellos en la franja meridional del área maya.

El periodo Protoclásico maya (100 d.C. - 250 d.C.)

El periodo Protoclásico, cuya duración abarca desde el año 100 hasta el 250, es un momento no bien definido en la historia de los mayas en que se produjo un repentino declive de los principales centros del periodo anterior, que afectó a los núcleos rectores del área sur y a algunos otros situados en las Tierras Bajas como El Mirador y Cerros. Otros lugares, en cambio, como Holmul, Barton Ramie y Nohmul (situados en el actual Belice), aumentaron notablemente su población. Durante esta etapa de transición hacia el cenit cultural, la cerámica adoptó una serie de rasgos característicos, como, por ejemplo, los soportes mamiformes en cuencos y fuentes, así como la policromía. Los objetos cerámicos de este tipo se encontraron especialmente en contextos funerarios que se hallan distribuidos a lo largo de buena parte del área ocupada por la cultura maya.

La cultura maya clásica (250 d.C. - 900 d.C.)

Durante el periodo Clásico, comprendido entre los años 250 y 900, la civilización maya alcanzó su máximo nivel tanto en sus realizaciones artísticas, científicas y técnicas como en lo que respecta a su complejidad social y política. Hubo un fuerte aumento de población dentro de los núcleos cívico-ceremoniales y en torno a ellos, centros que en su mayor parte ya habían empezado a ser construidos en el periodo Formativo. Tales ciudades estaban en gran medida ocupadas por las élites que dirigían la vida de los mayas.
En ocasiones se designa la época clásica como la del «Viejo Imperio», denominación cuanto menos equívoca, pues el mundo maya nunca llegó a constituir una unidad político-administrativa centralizada. En realidad, casi todos los autores coinciden en describir la organización política maya de las Tierras Bajas como un conjunto de ciudades-estado o pequeños reinos; ello implica únicamente la existencia de una sociedad jerárquicamente estratificada, con concentración de poder y control sobre la fuerza de trabajo consiguientes. Con el avance de las técnicas agrícolas, aumentó la producción y surgieron oficios especializados, como los artesanos que fabricaban objetos destinados a clase dominante. Cabe suponer que en la integración social de la población desempeñó un papel importante la religión maya, desarrollada paralelamente a las nuevas formas políticas surgidas de la evolución socioeconómica.

Estela maya en Copán
El desarrollo más espectacular del periodo Clásico se localizó en la población maya asentada en las Tierras Bajas, aunque alcanzaría su culminación durante el periodo Clásico Tardío. Los asentamientos fundados en etapas precedentes crecieron de manera considerable, los templos sobresalieron de entre la vegetación que los rodeaba, se construyeron palacios y juegos de pelota y se erigieron altares y estelas que sancionaban desde su monumentalidad los distintos linajes reales de las diferentes ciudades mayas.
Las tumbas presentaban ya ajuares más ricos, el comercio y las relaciones a larga distancia proliferaron, e incluso los diferentes señoríos que componían el mosaico maya empezaron a competir entre sí, hecho que dio lugar a la variación de fronteras y dinastías. No obstante, los mayas fueron capaces de construir un modelo de civilización que extendieron siguiendo el flujo de sus relaciones comerciales. Y aquel engranaje consiguió funcionar, al menos, durante siete siglos.

La hegemonía de Tikal

Al igual que el periodo Formativo, el Clásico se divide en subperiodos: Temprano, Tardío y Terminal. El periodo Clásico Temprano, que se extiende desde el año 250 hasta el 600, coincidió con la merma de población en algunos asentamientos, como El Mirador o Cerros, que incluso llegaron a desaparecer, mientras que otros iniciaron un ascenso en todos los aspectos, como es el caso de Tikal, Yaxchilán, Uaxactún, Becán, Calakmul y Caracol en las Tierras Bajas, de Kaminaljuyú en las Tierras Altas (cerca de la actual capital de Guatemala) y de otros núcleos de la costa sur.
Uno de los fenómenos que mayor interés reviste en este periodo es la existencia de ciudades hegemónicas gobernadas por líneas dinásticas plenamente constituidas, que hoy se conocen en parte a través de textos glíficos y de los enterramientos. En las Tierras Bajas del Sur, es posible que Tikal aprovechase la debilidad de otros centros hacia finales del periodo Formativo y se transformara en la principal ciudad de la región durante más de dos siglos, como reino independiente al menos desde el siglo III, y que (según muestra la Estela 29 de Tikal, que data del año 292) sus dominios incluyeran otros lugares próximos como Uaxactún y Río Azul. Esta formación de carácter estatal no fue única, ya que surgieron otras igualmente importantes: Calakmul, Yaxhá o Nakum.

Tikal
A estos fenómenos culturales internos se debe añadir una compleja red de relaciones con otros lugares de Mesoamérica, como las que mantuvieron Kaminaljuyú y Tikal con la lejana Teotihuacán, en el centro de México. Estas relaciones han quedado atestiguadas en el registro arqueológico por la presencia de rasgos teotihuacanos o teotihuacanoides en la cultura material de diversos lugares del área.
En este periodo comienzan a detectarse también algunos sucesos inherentes a los procesos de civilización, como por ejemplo las tensiones entre los diferentes núcleos urbanos para hacerse con la hegemonía de amplias extensiones territoriales. A modo de ejemplo, los textos epigráficos grabados en monumentos de piedra hablan de una guerra que, en el año 562, sostuvo y ganó la ciudad de Caracol (en el actual Belice) contra Tikal, victoria que le permitió aumentar su población y lograr una supremacía temporal.
Algunos investigadores sostienen que, a mediados del siglo VI, diversos centros importantes entraron en decadencia. En estos lugares se dejaron de erigir monumentos grabados, la actividad constructiva disminuyó y se empobrecieron los ajuares funerarios de las tumbas de los jerarcas, pero no fue un fenómeno generalizable a toda el área maya.

La proliferación de centros regionales

La ciudades que habían sufrido un declive en el Clásico Temprano comenzaron a recuperarse un siglo después. Durante el periodo Clásico Tardío, entre los años 600 y 800, no hubo ya una ciudad hegemónica, sino que surgieron multitud de capitales regionales, algunas de los cuales se mantuvieron completamente independientes, mientras que otras se aliaron entre sí y dieron origen a entidades políticas más prósperas y fuertes, que estaban sometidas a continuos cambios y seguían un proceso de segmentación e integración muy característico de los antiguos estados.
De este modo, el control del territorio se repartió entre los diversos centros regionales: Tikal controlaba sólo una porción de El Petén; Yaxchilán, parte del río Usumacinta; Calakmul, el norte de El Petén; Copán, el sudeste. En Yucatán, la región de Chenes-Río Bec alcanzó su apogeo y surgieron, con personalidad propia, ciudades como Uxmal, Kabáh, Labná y Sayil; lugares como Dzibilchaltún, Cobá y Edzná acogieron asentamientos que serían importantes en etapas posteriores. La independencia de estos grandes núcleos se reflejó claramente en los estilos regionales que surgieron en la arquitectura, la escultura, la pintura y demás manifestaciones del arte maya.

Relive maya en Yaxchilán
La población alcanzó su densidad demográfica más elevada, y la construcción, tanto de edificios religiosos y administrativos como de plataformas de tipo habitacional, cubrió amplias extensiones. Ciudades como Tikal, Calakmul, Caracol, Palenque, Copán, Quiriguá, Yaxchilán, Ixkún, Uaxactún, Ceibal, Piedras Negras o Toniná, por citar sólo algunas de entre las decenas de mayor rango, alcanzaron el momento de máximo esplendor en su desarrollo. Los establecimientos antes citados destacan a simple vista por la grandiosidad de sus edificaciones, hecho que contrasta, por lo general, con la menor elevación de las estructuras ceremoniales halladas en las regiones del Altiplano y la costa del área maya. Lo cierto es que estas zonas permanecieron en unos niveles provinciales de desarrollo, sin grandes alardes estructurales, pero con unos grados de integración muy armónicos.

El colapso de la civilización maya

En el periodo Clásico Terminal, entre los años 800 y 900, se sitúa uno de los acontecimientos más mitificados de toda la historia de la América prehispánica: el colapso de la civilización maya. Desde luego, en los centros de mayor importancia de las regiones central y sur de las Tierras Bajas dejaron de construirse estructuras ceremoniales, residenciales y administrativas, decayeron la manufactura y la distribución de los bienes de lujo y de rango y se dejaron de erigir monumentos grabados coincidiendo aproximadamente con el año 790 de nuestra era. Algunas ciudades de menor rango o periféricas siguieron grabando algunos; el último que se conoce data del año 909 y fue hallado en el sitio de Toniná (Chiapas).
Debe señalarse que esta repentina crisis pareció cebarse solamente en la parte central y más desarrollada del mundo maya, es decir, en las Tierras Bajas del Sur. Numerosos centros mayas de esta área fueron abandonados, y, salvo excepciones como Ceibal y Caracol, la inmensa mayoría de las ciudades de esta área experimentaron un drástico descenso demográfico; en Tikal, la población se redujo hasta un diez por ciento de la que había tenido. Pero las Tierras Bajas del Norte, y especialmente las ciudades del extremo norte de la península del Yucatán (Uxmal, Sayil, Edzná, Oxkintok, Labná y Kabáh), mantuvieron su prosperidad y desarrollaron el estilo Puuc en nuevas e imponentes construcciones arquitectónicas.
El dramático declive y caída de la civilización maya clásica es uno de los temas arqueológicos más intrigantes y de mayor debate entre los especialistas. Según la tesis más extendida, al final del periodo Clásico los métodos de subsistencia utilizados por los mayas rebasaron sus límites, ya que la sobrepoblación había llevado a una intensificación excesiva de la agricultura. Esto trajo como consecuencia el agotamiento de la productividad de los terrenos de cultivo y de los recursos faunísticos, así como la tala y destrucción de extensos sectores de bosque y selva, el descenso de la precipitación pluvial y la propagación de pestes. De este modo, el mismo desastre ecológico ocasionado por el crecimiento demográfico y la sobreexplotación condujo al despoblamiento casi total de la región central de las Tierras Bajas del Sur, el corazón de la cultura maya clásica; los que no perecieron partieron en busca de nuevos horizontes hacia las Tierras Bajas del Norte, y también hacia el Altiplano, en sucesivas oleadas migratorias.

Pirámide del adivino (Uxmal)
Otra hipótesis propone que catástrofes naturales como terremotos, huracanes y enfermedades epidémicas (fiebre amarilla, mal de Chagas, etcétera) cayeron sobre el territorio, provocando innumerables decesos. Grietas y escombros en algunas estructuras de Xunatunich, en Belice, sugieren que hubo un terremoto de considerable intensidad. Según algunos estudios, un huracán tropical introdujo un virus procedente del Caribe que dañó el maíz y que ocasionó malas cosechas consecutivas, causando grandes hambrunas entre la población maya.
Para otros investigadores, la imposición por parte de nobles y sacerdotes de fuertes cargas tributarias en trabajo y especie, así como la creciente demanda por parte de la clase dominante de servicios, bienes suntuarios, construcción y alimentos, acabó por generar una sublevación del campesinado y la aniquilación de la clase dominante. El exterminio de la élite ocasionaría que la sociedad maya se derrumbara al quedar acéfala, ya que el liderazgo político y las diferentes ramas del conocimiento especializado eran detentadas por este estamento social.
También se ha planteado que el colapso fue producto de la llegada de grupos de invasores putunes, procedentes de la Chontalpa, en Tabasco, México. Según esta interpretación, durante el siglo IX, estos grupos mayas mexicanizados invadieron las Tierras Bajas por su límite oeste, a través de los ríos Usumacinta y de La Pasión, conquistando Ceibal y Altar de Sacrificios. Una vez consolidada su posición en la zona sur, y utilizando Ceibal como base, los invasores se expandieron hacia el área central de las Tierras Bajas, donde provocaron el colapso de los centros mayores al destruir las bases económicas o sociales de la civilización maya.
La evidencia de la invasión se basa en estelas que muestran glifos "mexicanos" y personajes con rasgos distintos a los mayas clásicos, así como en la adopción de modos arquitectónicos foráneos y en la introducción de cerámica relacionada con una tradición alfarera diferente. Recientemente se ha propuesto, con base en evidencia epigráfica, que la intrusión que aconteció en Ceibal no fue putún, sino itzá. De acuerdo con esta interpretación, los últimos gobernantes de Ceibal eran itzaes que llegaron procedentes de Ucanal, en el nordeste de Petén.

Pintura mural en Bonampak (Chiapas)
Una hipótesis más sugiere que fueron las transformaciones en la naturaleza de la guerra las que provocaron el colapso. En un principio, los mayas limitaban el efecto destructivo y desestabilizador de la guerra a través de un extenso código ético de reglas de conducta. Mientras imperó este código, el objetivo de la guerra fue la captura y sacrificio de prisioneros de alto rango social, actividad que proporcionaba un elevado prestigio a los gobernantes victoriosos.
Este sistema empezó a decaer a mediados del siglo VIII, ya que, al intensificarse la competencia interdinástica, la guerra entre las ciudades fue cada vez más frecuente y menos ritualizada. Los gobernantes de centros mayores (como Tikal y Dos Pilas en Guatemala, Calakmul en México y Caracol en Belice) iniciaron una serie de conquistas territoriales a fin de incrementar la recaudación de tributos, obtener mano de obra y lograr el control de las rutas de intercambio de bienes suntuarios. Tales conflagraciones alteraron el equilibrio de la sociedad maya, obligando a un sector considerable de la población a abandonar las labores agrícolas para involucrarse en la construcción de sistemas defensivos o en el ataque contra comunidades rivales. Al final, el permanente belicismo habría debilitado los sistemas socioeconómicos hasta ocasionar la desintegración política de los estados mayas.
Entre los factores externos, se ha apuntado también la posibilidad de una crisis en las redes de intercambios comerciales (tal vez originada en la decadencia, a partir del 700, de Teotihuacán) que llevó al empobrecimiento y pérdida de poder y prestigio de la clase dirigente. Últimamente ha merecido una atención especial, como posible influjo en la parálisis de la civilización, el examen del singular fatalismo inherente a la mentalidad de los mayas, cuya concepción cíclica del tiempo se extendía a la visión de su propia historia.

El periodo Posclásico maya (900 - 1500)

Durante el periodo Posclásico, que abarca desde el año 900 al 1500, los cambios con respecto a la etapa precedente fueron considerables. Fundamentalmente, y como consecuencia del colapso del «Viejo Imperio» en el área central, el mundo maya gravitó hacía su extremo norte hasta originar un «Nuevo Imperio» cuya hegemonía ostentaron las ciudades de Chichén Itzá y Mayapán. A la llegada de los españoles, sin embargo, tal imperio se encontraba ya en avanzada fase de disolución.

Glifos mayas (Museo de Palenque, Chiapas)
Las ciudades de la península de Yucatán, una región con un régimen de lluvias bajo y suelos menos fértiles, y por tanto con un potencial agrícola más limitado, habían cimentado su prosperidad en otros recursos locales, especialmente marinos (pescado y sal), y también en la confección de fibras (algodón y sisal), junto a otros productos agrícolas especializados. Habiendo eludido la crisis que derrumbó la cultura maya clásica, tales ciudades acogieron las sucesivas oleadas migratorias ocasionadas por la misma.
En general, los diferentes especialistas coinciden en que ésta fue una etapa de militarismo creciente, similar a la del resto de Mesoamérica. El conocimiento de la parte final de este periodo (que se suele subdividir en Temprano y Tardío) tiene como fuente adicional la documentación que ha llegado hasta la actualidad y que fue escrita tanto en las lenguas nativas (utilizando la grafía castellana) como directamente en español.

El poderío de Chichén Itzá

Durante el periodo Posclásico Temprano, que comprende del año 900 al 1194, las Tierras Bajas del Norte gozaron de una primacía que jamás antes había alcanzado, y aunque algunas áreas de Belice y El Petén siguieron pobladas, la mayor complejidad cultural se desplazó al norte de la península de Yucatán. La ciudad de Chichén Itzá, controlada por grupos maya putún o chontal en unión de gentes itzá, acabaría por dominar durante dos siglos todo el Yucatán, tanto desde el punto de vista militar como en lo comercial.
Según la tradición, una rama de los mayas, los itzaes, y un grupo de toltecas ocuparon Chichén Itzá y formaron un señorío. Los itzaes de Chichén Itzá y otros dos grupos mayas, los cocomes de Mayapán y los xiues de Uxmal, organizaron hacia el año 1000 una federación, la Liga de Mayapán, así llamada pese a la preponderancia de Chichén Itzá en el seno de la misma. La paz dio lugar a la prosperidad y se construyeron grandes palacios, templos y pirámides. Es el auge de la arquitectura Puuc, caracterizada por el uso de columnas y la elaborada decoración escultórica.

Pirámide de Kukulkán (Chichén Itzá)
Tal como demuestra la iconografía de los murales y las esculturas distribuidas por la ciudad, este control no fue pacífico, y aunque algunas ciudades se resistieron, al final todas cayeron bajo el dominio de Chichén Itzá. Sin duda, el éxito de esta ciudad se debió a una combinación de factores: el control del comercio costero a larga distancia, su poderío militar, un sistema de creencias que le permitió convertirse en un centro de peregrinaje como mínimo regional, y, en especial, una innovadora, flexible y a la vez estable forma de gobierno que demostró tener mucho más éxito a la hora de administrar un reino abocado a las empresas de conquista que la arcaica organización política de los grandes núcleos urbanos del periodo Clásico.
Alejados de su foco más emprendedor, los restantes territorios mayas siguieron su propio ritmo. En el Altiplano, las realizaciones arquitectónicas y artísticas carecieron de espectacularidad, tónica que ya era característica de periodos anteriores, aunque cabe afirmar que se trató de una etapa marcada por influencias de tipo mexicano. En la región de El Petén, núcleo del antiguo esplendor del periodo maya clásico, una lenta recuperación sucedió al colapso. Los nuevos asentamientos tendieron a situarse en torno a zonas lacustres como el lago Petén Itzá y la laguna Yaxhá; entre ellos destacan Tayasal, Paxcamá, Macanché y Topoxté, que permanecieron relativamente aislados del resto del mundo maya.

El ascenso de Mayapán

El periodo Posclásico Tardío, entre los años 1194 y 1500, se inició con la caída de Chichén Itzá (hacia 1194) y la ascensión de la cercana ciudad de Mayapán. Según las crónicas, este cambio en la hegemonía se originó en disensiones e intrigas políticas. A finales del siglo XII, un líder de los cocomes y gobernante de Mayapán, Hunac Ceel, rompió con la Liga, saqueó Chichén Itzá y destruyó sus templos. De este modo, el grupo de los cocomes introdujo un nuevo orden en Yucatán, además de un poder territorial que, pese a ser más reducido (abarcaba una docena de ciudades), consiguió mantenerse durante dos siglos y medio.
Durante este periodo se potenciaron los centros de la costa oriental de la península yucateca (Tulum, Isla Mujeres, Cozumel, Lamanai y Santa Rita Corozal), que mediante el comercio con otras comunidades alcanzaron progresivamente una gran prosperidad e integraron en sus manifestaciones artísticas elementos propios del centro de México, como los murales y las cerámicas de influencia mixteca-puebla, desarrollados en Oaxaca.

Mayapán
Las crónicas también refieren que Ah Xupan Xiu, un señor noble de los xiues de Uxmal, organizó con éxito una revuelta (hacia 1441) contra la dinastía de los cocomes, masacrando a todos los miembros de la familia real. Mayapán fue saqueada y abandonada, al tiempo que las ciudades más importantes de la región empezaban a declinar. La subsiguiente fragmentación política dio lugar a un debilitado mosaico constituido por unos dieciséis cacicazgos o provincias autónomas, cuyos gobernantes, herederos de las rivalidades entre los xiues y los cocomes, se enzarzaron en guerras constantes.
Entretanto, las Tierras Altas y la costa del pacífico estaban inmersas en un proceso de mexicanización. Muchos centros de la llanura costera del Pacífico, como Cotzumalhuapa, fueron ocupados por emigrantes de habla náhuatl procedentes del área central de México. La aparición de estados independientes se produjo a partir del año 1250. Los estados que entonces surgieron lo hicieron con un alto grado de integración política, así como con un patrón de asentamiento que los llevó, en buena parte de los centros habitados, a situar su emplazamiento en lugares altos y bien protegidos, e incluso a añadir refuerzos suplementarios, tal vez como consecuencia última de la militarización a que se vieron sometidos.
Ciudades como Utatlán, Iximché, Zaculeu, Chuitinamit, Mixco Viejo y Chinautla, cabezas de una serie de señoríos con fronteras delimitadas (quichés, como grupo preponderante, aunque también cakchiqueles, mames y tzutuhiles, entre otros), se disputaron la hegemonía de las Tierras Altas. De este modo, cuando llegaron los españoles, la totalidad del mundo maya había entrado desde muchos años antes en una fase de disgregación y rivalidades políticas que los conquistadores supieron aprovechar.

El área maya tras la conquista española

Para los mayas, al igual que para una abrumadora mayoría de los pueblos americanos, la llegada de los españoles supuso un auténtico cataclismo, tanto en el aspecto biológico como en el cultural. Las causas del dramático descenso de población son bien conocidas y se inician con la propia guerra de conquista. Las nuevas enfermedades, frente a las cuales los indígenas carecían de defensas, y la dura explotación a que fueron sometidos en los siglos del avance de la colonización llevaron a la extinción de numerosos grupos étnicos y a la desestructuración cultural de los que sobrevivieron.
Los primeros contactos entre mayas y españoles se remontan a pocos años después del descubrimiento de América. En 1502, en el transcurso en su cuarto viaje, las naves de Cristóbal Colón se encontraron con una embarcación de comerciantes mayas en el golfo de Honduras. Años más tarde, en 1511, una veintena de náufragos de la nave de Juan de Valdivia llegó a la costa oriental de Yucatán, donde fueron capturados y algunos de ellos sacrificados. Uno de los dos supervivientes, Jerónimo de Aguilar, estableció contacto con Hernán Cortés cuando éste realizó su primera expedición a la zona en 1519; la costa del Yucatán había sido previamente explorada por Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518).

El cacique maya Tabscoob recibe a Juan de Grijalva en Potonchán (1518)
Por aquella época los tempranos contactos con los españoles ya habían afectado a los mayas yucatecos, que sufrieron la primera gran epidemia, quizá de viruela, entre 1515 y 1516. Pronto el resto del mundo maya tuvo conocimiento de la existencia de los españoles y de su afán conquistador. En efecto, una delegación de sus principales grupos había estado presente en Tenochtitlán, la capital de los aztecas, antes de su caída en 1521 en manos de los españoles, pero ni siquiera este conocimiento los movió a establecer alianzas frente al nuevo invasor o a organizar la defensa; otros grupos quedaron simplemente a la espera de acontecimientos.

Conquista y colonización

Cuando Pedro de Alvarado llegó a Guatemala en 1523, encontró fuerte resistencia en las poblaciones de indios chiapas y quichés, mientras que zoques, tzotziles y cakchiqueles se convirtieron en sus aliados. Mucho se ha escrito acerca de cómo un puñado de españoles logró someter a una población tan numerosa como la americana. La respuesta hay que buscarla, pues no existe un único factor, en una mezcla de circunstancias tales como un descenso previo de la población causado por las epidemias, que en México ya precedieron a los conquistadores y, junto a ellas, las hambrunas provocadas por las malas cosechas.
Sin duda, la tan invocada superioridad técnica de los españoles, con sus caballos, perros y armas de fuego, ayudó enormemente, pero también hay que reconocer a los recién llegados el oportunismo de haber aprovechado a la perfección las constantes luchas internas entre los diferentes grupos indígenas. Con la excepción de Tayasal (la capital de los itzaes, último e inexpugnable reducto de resistencia maya durante más de siglo y medio, hasta su caída hasta 1697), la conquista de los Altos de Chiapas y Guatemala se dio por finalizada en torno a 1528, y la de Yucatán, en 1546.
Las instituciones de la sociedad maya fueron desarticuladas y reemplazadas por la administración civil y religiosa impuesta por el imperio español durante la época colonial. Aunque las autoridades españolas elaboraron no pocas leyes para regir las tierras americanas y muchas de ellas tenían por meta proteger al indígena de los abusos españoles, por desgracia los preceptos legales se cumplieron de una forma muy irregular; raramente los nativos obtuvieron un trato justo cuando apelaron a ellos. La explotación institucionalizada generó grandes tensiones que empujaron a los mayas a adoptar diversas formas de resistencia, desde la huida a los montes, con el consiguiente abandono de los pueblos en que había sido recluido forzosamente, hasta el recurso a las armas como solución desesperada.
A pesar de los esfuerzos uniformizadores de funcionarios, frailes y hacendados a lo largo del periodo colonial, las comunidades mayas lograron subsistir como cultura y mantener elementos diferenciadores no sólo en lo material (casas, comida, bebidas, implementos, indumentaria), sino también en lo que respecta a lenguas, rituales del ciclo de vida, formas de parentesco, patrones de asentamiento y temas religiosos, entre otros aspectos. Y así, los diferentes grupos mayas que actualmente se conocen son el resultado de la mezcla de rasgos originarios con rasgos españoles incorporados entre los siglos XVI y XIX.
A partir de los primeros años del siglo XIX comenzaron los movimientos de independencia dirigidos por los criollos (descendientes de españoles nacidos en América) con el apoyo de los mestizos, pero sin apenas intervención de los indígenas. La llegada de las nuevas repúblicas no supuso cambios en la estructura colonial de explotación del indígena. Abolidas las "paternalistas" leyes españolas, lo que el indígena ganó en igualdad de ciudadanía lo perdió al caer en una explotación aún mayor, dado que las leyes liberales expoliaron gran parte de las tierras que las comunidades habían logrado mantener como suyas durante la época colonial, con lo que condenaron a miles de mayas a ser meros peones en las inmensas haciendas alzadas sobre las tierras que antaño fueron suyas y de sus antepasados. Al igual que en la etapa colonial, la explotación continuó generando graves tensiones, a las que los mayas, eternos vencidos, buscaron diversas respuestas, desde la inútil resistencia abierta a la más sutil y velada, con la que mantuvieron las bases de su identidad.

Los mayas, presente y futuro

Si la Revolución mexicana de 1910 vino a contrarrestar, en alguna medida, la injusta situación en que se hallaban los indígenas, el levantamiento de Chiapas en la década de 1990 demuestra que, transcurridos cinco siglos, las heridas coloniales no están en absoluto cicatrizadas. Tampoco es mejor la situación de los grupos mayas de Guatemala, afectados de forma directa y brutal por una de las guerras civiles más crueles y genocidas de finales de siglo XX.
A partir de la década de 1930 comenzó a verificarse una aceptación oficial del pasado cultural indígena, al tiempo que se utilizó como parte de las nuevas ideologías nacionalistas encaminadas a la búsqueda de una identidad propia en países con poblaciones muy heterogéneas. En México, y en menor medida en Guatemala, las mejoras en el campo de la educación y la sanidad, por citar sólo algunos ámbitos, siempre se han producido en el marco de una política integracionista, que busca la incorporación del indígena a la economía capitalista. Los graves perjuicios que estos cambios causan en las culturas autóctonas (al no calibrar los efectos que tendrán en las formas culturales básicas de unas comunidades) han hecho que a veces la comunidad maya se haya opuesto radicalmente.
Ello no supone que los mayas no deseen asumir las supuestas vías de progreso y futuro que se les ofrecen, sino que no quieren hacerlo a cualquier precio, pues muchos de ellos ven en su indumentaria, su lengua, su vivienda, sus costumbres o su estructura comunal los símbolos de una identidad que han sido capaces de mantener a lo largo de siglos de dominación por una cultura extraña, ajena a su manera de ver la vida y a su forma de sentir. Entre los numerosos problemas que hoy aquejan a los mayas, el de la falta de tierra no sólo sigue presente, sino que es el principal, ya que el incremento de la población y el progresivo agotamiento de los suelos condena a las poblaciones a tener que emigrar de sus comunidades, de forma temporal o definitiva, para entrar como peones en las grandes fincas o para engrosar la población de los cinturones de miseria que rodean a las ciudades, con el desarraigo cultural que ello supone.