Seguidores

lunes, 1 de junio de 2020

Wolfgang Amadeus Mozart

Considerado por muchos como el mayor genio musical de todos los tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart compuso una obra original y poderosa que abarcó géneros tan distintos como la ópera bufa, la música sacra y las sinfonías. El compositor austriaco se hizo célebre no únicamente por sus extraordinarias dotes como músico, sino también por su agitada biografía personal, marcada por la rebeldía, las conspiraciones en su contra y su fallecimiento prematuro. Personaje rebelde e impredecible, Mozart prefiguró la sensibilidad romántica y fue, junto con Händel, uno de los primeros compositores que intentaron vivir al margen del mecenazgo de nobles y religiosos, hecho que ponía de relieve el paso a una mentalidad más libre respecto a las normas de la época. Su carácter anárquico y ajeno a las convenciones le granjeó la enemistad de sus competidores y le creó dificultades con sus patrones.

Wolfgang Amadeus Mozart
Wolfgang Amadeus Mozart nació el 27 de enero de 1756, fruto del matrimonio entre Leopold Mozart y Anna Maria Pertl. El padre, compositor y violinista, publicaría ese mismo año un útil manual de iniciación al arte del violín; la madre procedía de una familia acomodada de funcionarios públicos. Mozart era el séptimo hijo de este matrimonio, pero de sus seis hermanos sólo había sobrevivido una niña, Maria Anna. Wolferl y Nannerl, como se llamó a los dos hermanos familiarmente, crecieron en un ambiente en el que la música reinaba desde el alba hasta el ocaso, ya que el padre era un excelente violinista que ocupaba en la corte del príncipe-arzobispo Segismundo de Salzburgo el puesto de compositor y vicemaestro de capilla.
Por aquel entonces Salzburgo empezaba a recuperarse de los desastres humanos y económicos de las guerras civiles del siglo XVII, pero aun así la vida cultural y económica giraba casi exclusivamente en torno a la figura feudal del arzobispo, al tiempo que empezaban a circular ideas ilustradas entre una naciente burguesía urbana, todavía ajena a los centros sociales de prestigio y poder. Una atmósfera que cabe recordar para, en su momento, hacerse cargo de la mentalidad de Mozart padre, así como de la rebeldía juvenil del hijo.
Leopold, en efecto, educó a sus hijos desde una tempranísima edad como a músicos capaces de contribuir al sustento de la familia y de convertirse lo antes posible en servidores a sueldo del príncipe de Salzburgo. Una aspiración lógica y común en su tiempo. Nannerl, cinco años mayor que Wolfgang, ya daba clases de piano a los diez años de edad, y uno de sus alumnos fue su propio hermano. El interés y las atenciones de Leopold se concentraron al principio en la formación de la dotadísima Nannerl, sin percatarse de la temprana atracción que el pequeño Wolferl sentía por la música: a los tres años se ejercitaba con el teclado del clavecín, asistía sin moverse y con los ojos como platos a las clases de su hermana y se escondía debajo del instrumento para escuchar a su padre componer nuevas piezas.
El más precoz de los genios
Pocos meses después, Leopold se vio obligado a dar lecciones a los dos y quedó estupefacto al contemplar a su hijo de cuatro años leer las notas sin dificultad y tocar minués con más facilidad con que se tomaba la sopa. Pronto fue evidente que la música era la segunda naturaleza del precoz Wolfgang, capaz a tan tierna edad de memorizar cualquier pasaje escuchado al azar, de repetir al teclado las melodías que le habían gustado en la iglesia y de apreciar con tanto tino como inocencia las armonías de una partitura.

El Tratado para una escuela violinística básica,
de Leopold Mozart
Un año más tarde, Leopold descubrió conmovido en el cuaderno de notas de su hija las primeras composiciones de Wolfgang, escritas con caligrafía infantil y llenas de borrones de tinta, pero correctamente desarrolladas. Con lágrimas en los ojos, el padre abrazó a su pequeño "milagro" y determinó dedicarse en cuerpo y alma a su educación. Bromista, sensible y vivaracho, el pequeño Mozart estaba animado por un espíritu burlón que sólo ante la música se transformaba; al interpretar las notas de sus piezas preferidas, su sonrosado rostro adoptaba una impresionante expresión de severidad, un gesto de firmeza casi adulto capaz de tornarse en fiereza si se producía el menor ruido en los alrededores. Ensimismado, parecía escuchar entonces una maravillosa melodía interior que sus finos dedos intentaban arrancar del teclado.
El orgullo paterno no pudo contenerse y Leopold decidió presentar a sus dos geniecillos en el mundo de los soberanos y los nobles, con objeto tanto de deleitarse con las previsibles alabanzas como de encontrar generosos mecenas y protectores dispuestos a asegurar la carrera de los futuros músicos. Renunciando a toda ambición personal, se dedicó exclusivamente a la misión de conducir a los hermanos prodigiosos hasta la plena madurez musical. Aunque el niño era a todas luces un genio, cabe observar que su talento fue educado, espoleado y pulido por la diligencia del padre, al que sólo cabe achacar haber expuesto a un niño de salud quebradiza a los constantes rigores de unos viajes ciertamente incómodos. La iconografía de Mozart niño no nos ofrece un retrato fiel de su aspecto, pero los testimonios coinciden en una palidez extrema, casi enfermiza.
Así, los hermanos Mozart se convirtieron en concertistas infantiles en giras cada vez más ambiciosas; contaban con el beneplácito del príncipe, sin el cual no habrían podido abandonar la ciudad. De 1762 a 1766 realizaron varios viajes por Alemania, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos. En 1762, un año después de la primera composición escrita de Mozart, los hermanos daban conciertos en los salones de Munich y Viena. En el mismo año viajaron a Frankfurt, Lieja, Bruselas y París.

Su hemana Maria Anna Mozart
En Versalles, aquel niño mimado por el aplauso de todos, pero niño al fin y al cabo, saltó en un arrebato a las faldas de la emperatriz para abrazarla, y le propuso a la futura reina María Antonieta, entonces niña de su misma edad, casarse con él, además de hacer un público desplante a madame de Pompadour por negarse a besarlo. De allí marcharon a Londres, donde tocaron en el palacio de Buckingham y conocieron a Johann Christian Bach, el hijo predilecto de Johann Sebastian Bach, cuyas composiciones sedujeron al niño. En sólo seis semanas Wolfgang fue capaz de asimilar su estilo y componer versiones personales de su música.
Sin embargo, no todos los viajes estaban alfombrados de éxito y beneficios. Los conciertos, en ocasiones similares a números de circo, no daban todo lo esperado. El monedero del padre Mozart se encontraba vacío con demasiada frecuencia. Como la memoria de los grandes es escasa y caprichosa, algunas puertas se cerraron para ellos; además, la delicada salud del pequeño les jugó diversas veces una mala pasada. El mal estado de los caminos, el precio de las posadas y los viajes interminables provocaban mal humor y añoranza, lágrimas y frustraciones.
La primera gira concluyó en 1766. De 1767 a 1769 dieron conciertos por Austria, y desde esta fecha hasta 1771 por Italia, donde recibió la protección de Martini, que gestionó su ingreso en la Accademia Filarmonica. Leopold reconoció que pedía demasiado a su hijo y en varias ocasiones volvieron a Salzburgo para poner fin a la vida nómada. Pero la ciudad poco podía ofrecer a Wolfgang, aunque recibiría a los trece años el título honorífico de Konzertmeister de la corte salzburguesa; Leopold quiso que Wolferl continuase perfeccionando su educación musical allí donde fuese preciso, y continuó su peregrinar de país en país y de corte en corte. Wolfgang conoció durante sus giras a muchos célebres músicos y maestros que le enseñaron diferentes aspectos de su arte y las nuevas técnicas extranjeras.

Mozart en Verona (óleo de Saverio dalla Rosa, 1770)
El muchacho se familiarizó con el violín y el órgano, con el contrapunto y la fuga, la sinfonía y la ópera. La permeabilidad de su carácter le facilitaba la asimilación de todos los estilos musicales. También comenzó a componer en serio, primero minués y sonatas, luego sinfonías y más tarde óperas, encargos medianamente bien pagados pero poco interesantes para sus aspiraciones, aceptados debido a la necesidad de ganar el dinero suficiente para sobrevivir y seguir viajando. A menudo se vio también obligado a dar clases de clavecín a estúpidos niños de su edad que le irritaban enormemente.
Entretanto, el padre se sentía cada vez más impaciente. ¿Por qué no había conseguido todavía la gloria máxima su hijo, que ya sabía más de música que cualquier maestro y cuya genialidad era tan visible y evidente? Ni sus conciertos para piano ni sus sonatas para clave y violín, y tampoco los estrenos de sus óperas cómicas La tonta fingida y Bastián y Bastiana habían logrado situarle entre los más grandes compositores. Sólo en 1770 Leopold considerará que al fin su hijo goza de un éxito merecido: el Papa Clemente XIV le otorga la Orden de la Espuela de Oro con el título de caballero, la Academia de Bolonia le distingue con el título de compositore y los milaneses acompañan su primera ópera seria, Mitrídates, rey del Ponto, con frenéticos aplausos y con gritos de "¡Viva il maestrino!"

Mozart (al clavicordio) con el violinista
Linley en Florencia, 1770
El 16 de diciembre de 1771 los Mozart regresaban a Salzburgo, aureolados por el triunfo conseguido en Italia pero siempre a merced de las circunstancias. Aquel afamado adolescente de quince años ya tenía en su haber la escritura de más de cien composiciones (conciertos, sinfonías, misas, motetes y óperas) y lucía con orgullo la Espuela de Oro del papa. Ese mismo año, sin embargo, había fallecido el arzobispo de Salzburgo, y las ideas y el carácter del nuevo mitrado, el conde Gerónimo Colloredo, alteraron el rumbo de la vida de Mozart.
En Salzburgo
Contra lo que pueda parecer, la atmósfera en la Austria católica era menos rígida y puritana que en la Alemania protestante, sobre todo en Viena, y el nuevo arzobispo no era un señor feudal a la antigua usanza, sino todo un reformista ilustrado, que convirtió a los siervos y criados de su corte en funcionarios públicos. En esta operación, sin embargo, Colloredo actuó con la rigidez de un déspota, y para el joven Mozart, equiparado administrativamente a los jardineros de palacio, la modernización de la corte le resultó más humillante y gravosa que el trato benevolente y paternal, aunque arbitrario, de su antiguo señor. La corte salzburguesa estaba, además, impregnada de clericalismo e intrigas en la tradición vaticana, y el vitalismo y cosmopolitismo de Mozart ansiaba la vida de Viena, por la intensidad de su apertura y curiosidad musical y la animación artística de sus teatros.

El arzobispo Colloredo (óleo de F. X. Koenig, 1772)
Sólo su naturaleza alegre y despreocupada salvó al joven de la apatía o la rebelión y le permitió crear en esta época más y mejor que nunca. Era el fin del niño prodigio y el comienzo de la madurez musical. En sus conciertos rompía con las concepciones tradicionales alcanzando un verdadero diálogo entre la orquesta y los solistas. Sus sinfonías, de brillantes efectos instrumentales y dramáticos, eran excesivamente innovadoras para los perezosos oídos de sus contemporáneos. Mozart resultaba para todos a la vez nuevo y extraño. Pero tampoco su siguiente ópera, La jardinera fingida, en la que fundía por primera vez audazmente drama y bufonada, constituyó un éxito, aunque había tratado de seguir al pie de la letra las reglas de la moda y los convencionalismos. El joven se sentía frustrado, deseaba componer con libertad y huir del marco estrecho y provinciano de su ciudad natal. Nuevas y breves visitas a Italia y Viena aumentaron sus ansias de amplios horizontes.
Durante este período su producción de encargo fue básicamente sacra, aunque Mozart compuso además varias óperas cortesanas, cuartetos de cuerda, sonatas y divertimentos. Tras una estancia en Munich, en enero de 1775, para representar ante el elector Maximiliano III La jardinera fingida, Mozart consiguió finalmente autorización de Colloredo para una nueva gira. Acompañado esta vez de su madre, partió de Salzburgo, feliz de abandonar su «salvaje ciudad natal» y con la esperanza de revivir sus éxitos infantiles en París. Pero primero se detuvo largos meses de 1777 en Munich, Augsburgo y Mannheim, entre otras ciudades. En la última trabó amistad con Ramm, Wendling y Cannabich y escribió el Concierto para piano que fue la número 271 de sus composiciones.
El 23 de marzo de 1778 llegó a París, donde conoció la primera de sus más amargas experiencias: la ciudad le ignoraba; había crecido; ya no era, por su edad, un fenómeno de la naturaleza que pudiera ser exhibido en los salones, unos salones contra los que Mozart escribió durísimas palabras por la frivolidad e insensibilidad musical ante su obra. Sus condiciones de subsistencia se hicieron extraordinariamente precarias, lo que sin duda contribuyó a minar la ya precaria salud de su madre. Anna Maria falleció el 3 de julio, y esta muerte contribuyó a incrementar los malentendidos y tensas relaciones entre padre e hijo.

La madre de Mozart, Anna Maria Pertl
Derrotado, antes de regresar a Salzburgo, Mozart recaló en el hospitalario refugio de la familia Weber en Mannheim. Durante su viaje de ida se había enamorado de Aloysia Weber, quien, a su corta edad, presagiaba una prometedora carrera de cantante. Si esperaba entonces encontrar consuelo en ella, ésta sería su tercera experiencia de dolor. En su ausencia, Aloysia había triunfado y le hizo saber claramente que no uniría su vida a un músico sin un futuro asegurado como él.
Los dos años siguientes los pasó en Salzburgo, languideciendo en su «esclavitud episcopal», hasta que le llegó un encargo de Munich: la composición de una ópera, Idomeneo, en la que Mozart, aun dentro del esquema cortesano de Gluck, superaría sus anteriores composiciones para la escena. En 1781 Mozart y la familia Weber coincidieron en Viena. Él, como miembro de la corte de Colloredo, trasladada a la capital; la familia Weber, para seguir los acontecimientos musicales de la temporada. Surgió entonces el amor por la hermana de Aloysia, Constance.
Entretanto, las relaciones con el arzobispo se encresparon. Mozart, para desesperación de Leopold, no era ningún modelo de diplomacia y, pese a su carácter risueño y bondadoso, reaccionaba con acritud instantánea cuando se sentía atacado o humillado. A primeros de mayo, Mozart recibió la orden, a través de un lacayo de Colloredo, de abandonar inmediatamente Viena, al parecer, para llevar un paquete a Salzburgo, en donde se le indicó que debía permanecer. Mozart presentó su carta de dimisión al arzobispo, quien la aceptó de inmediato. Libre de patrones, Mozart residiría en Viena el resto de su vida.
En Viena
Mozart prefiguraba así el artista moderno del romanticismo, muy en consonancia con el espíritu rebelde del Sturm und Drang y la sensibilidad wertheriana que conmocionaba a la juventud alemana de la época; un artista que quería liberarse de la servidumbre feudal, que se resistía a insertarse en las filas del funcionariado cultural, y pretendía sobrevivir a sus solas expensas. Mozart habría de pagar muy cara su ejemplar osadía; pero, por el momento, se sintió feliz y libre. Comenzó a dar lecciones de piano y a componer sin descanso.
Muy pronto la suerte se puso de su lado: recibió el encargo de escribir una ópera para conmemorar la visita del gran duque de Rusia a Viena. Como por aquel entonces estaban de moda los temas turcos, exponentes del exotismo oriental con ciertos toques levemente eróticos, Mozart abordó la composición de El rapto del serrallo, que, estrenada un año más tarde, se convirtió en su primer éxito verdadero, no solamente en Austria sino también en Alemania y otras ciudades europeas como Praga.
El 4 de agosto de 1782, poco después de este gran triunfo, Mozart se casó con Constance Weber, a quien dedicó la serenata Nachmusik (K. 388). Mucho han discutido los biógrafos los motivos de esta boda. ¿Auténtico amor? ¿Debilidad ante las maniobras casamenteras de la madre de Constance? ¿Necesidad de afirmarse en su nueva independencia frente a las presiones de Leopold? Posiblemente hubiera de todo un poco. La genialidad musical de Mozart no tenía por qué coincidir con la madurez del carácter.
En general se tiende a creer que la señora Weber, que había soñado alguna vez con convertir al prometedor joven en su yerno, intentó despertar el interés de Mozart por su hija menor, Constance, de catorce años. No sería difícil: Wolfgang no pudo ni quiso resistirse a la dulce presión y se prometió a la muchacha, que era bonita, infantil, alegre y cariñosa, aunque quizás no iba a ser la esposa ideal para el caótico compositor. Constance tenía aún menos sentido práctico que él, todo le resultaba un juego y no podía ni remotamente compartir el profundo universo espiritual de su marido, enmascarado tras las bromas y las risas. Pero aunque era una joven de poca finura espiritual, su vitalismo tenía que agradar e incluso fascinar al rebelde Mozart. Y Mozart se consideró el hombre más afortunado del mundo el día de su boda, y continuó creyendo que lo era durante los nueve años siguientes, hasta su muerte. Parece injusto afirmar que Constance fuera la sola causa de su ruina y quebrantos. No es seguro que le fuera fiel (algunas de las cartas del marido a la esposa son extremadamente patéticas, en sus ruegos de que sepa «guardar las apariencias»), pero tampoco lo es que Mozart se lo fuera a ella en todo momento.

Constance Weber (óleo de Joseph Lange, 1782)
Lo indudable es que, al igual que su joven esposo, Constance no era la administradora que la delicada situación de un artista independiente hubiera requerido, y parece ser que derrochaba con la misma alegría que Wolfgang Amadeus: el hogar vienés de los Mozart recibía diariamente la visita de peluquero y otros servidores; en los momentos de mayor penuria, Mozart se las ingeniaba para aparecer en público impecablemente vestido y mostrarse liberal y obsequioso. Sólo tras su muerte, sus amigos, muchos de ellos en envidiable situación económica, se enterarían con sorpresa de la magnitud de su endeudamiento.
El matrimonio se instaló en Viena en un lujoso piso céntrico que se llenó pronto de alegría desbordante, fiestas hasta el amanecer, bailes, música y niños. Era un ambiente enloquecido, anárquico y despreocupado, muy al gusto de Mozart, que en medio de aquel caos pudo desarrollar su enorme impulso creador. Una sombra en estos años fue la poca salud de su mujer, debilitada con cada embarazo; en los nueve años de su matrimonio dio a luz siete hijos, de los que sólo sobrevivieron dos: Karl Thomas y Franz Xaver (nacido cuatro meses antes de la muerte de Mozart y futuro pianista). Constance se vio obligada a seguir curas de reposo, gravosísimas para la endeble economía familiar.
Todo en Mozart era, por tanto, derroche: de facultades, de vitalismo, de proyectos, de obras y de sentimientos. No se acercó a la francmasonería en 1784 en busca de una ayuda económica que nunca, por orgullo, solicitó de sus amigos, sino por saciar un ansia de universal fraternidad y espiritualidad que Mozart, como muchos católicos austriacos, sacerdotes incluidos, encontró en los símbolos y los ritos masones antes que en la pompa clerical de la Iglesia. Una simbología que más adelante sabría plasmar musicalmente en la composición de La flauta mágica.
Los nueve años que separan su matrimonio de su muerte pueden dividirse en dos períodos. Hasta 1787, y sobre todo a partir de los éxitos vieneses de 1784, Mozart disfruta de unos años que pueden ser calificados de «felices». Durante este primer período, su producción fue ingente en todos los géneros: conciertos para piano, tríos, cuartetos, quintetos... De 1783 es la Misa en do menor, a la vez solemne y exultante; de 1784 datan sus más célebres Conciertos para piano; en 1785 dedicará a Haydn los Seis cuartetos. Todas ellas son obras magistrales, pero el público seguía mostrándose consternado ante una música que no acababa de entender y que por lo tanto le ofendía.

Representación de Las bodas de Fígaro
De 1786 data la ópera Las bodas de Fígaro, con libreto de Lorenzo da Ponte a partir de la obra de Beaumarchais. La elección del tema era arriesgada, pues la obra original estaba prohibida; pero en esta misma elección se puso de manifiesto el arrojo liberal del compositor al participar de la crítica suave, pero en el fondo corrosiva, que de los privilegios nobles había llevado a cabo Beaumarchais. Mozart espera con impaciencia el día del estreno de su nueva ópera: los mejores artistas habían sido contratados y todo parecía anunciar un triunfo absoluto, pero después de algunas representaciones los vieneses no volvieron al teatro y la crítica descalificó la obra tachándola de excesivamente audaz y difícil.
El ocaso
Viena empezó a cerrarle inexplicablemente sus puertas e inició así un período gris y doloroso que duraría hasta su muerte. Los biógrafos hablan de su excesivo tren de vida, de las costosas enfermedades de Constance y de las maquinaciones de los músicos vieneses, envidiosos no de su fortuna pero sí de su genio. En la casa de los Mozart se instaló de pronto la mala suerte. El dinero faltaba, los encargos escasearon y el desprecio de los vieneses se redobló. Mozart se enfrentó a la amenaza de la miseria sin saber cómo detenerla.
El matrimonio cambió de casa diversas veces buscando siempre un alojamiento más barato. Sus amigos les prestaron al principio con gesto generoso sumas suficientes para pagar al carnicero y al médico, pero al darse cuenta de que el desafortunado músico no iba a poder devolverles lo prestado, desaparecieron uno tras otro. Si la pareja seguía bailando en salas de dimensiones cada vez más reducidas durante los largos e inclementes inviernos de Viena no era por su alegría festiva, sino para que la sangre circulase por sus heladas piernas. La salud de Constance empeoraba y Mozart tuvo que enviarla, pese a sus deudas, a un sanatorio. Era la primera vez que los esposos se separaban, y el compositor sufrió enormemente; nunca dejó de escribirle cada día apasionadas cartas, como si su amor continuara tan vivo como el día de la boda.
Para sobrevivir, el genio se vio obligado al recurso de las clases particulares, que no siempre encontró. La ausencia de Constance, la humillación de sentirse injustamente relegado, las penurias económicas, la experiencia del dolor, en suma, no agriaron su carácter; es más, se acrecentó y afinó su inspiración musical en una fecunda serie de obras maestras en el ámbito de la sinfonía, del concierto, de la música de cámara y de la ópera. Las composiciones de esta época nos hablan de un Mozart tierno, ligero y casi risueño, aunque con algunos toques de melancolía. La Pequeña música nocturna y su célebre Sinfonía Júpiter son buena muestra de ello.

Fotograma de Amadeus (1984), de Milos Forman
Mientras Constance está internada, Mozart recibirá desde Praga el encargo de una ópera. El resultado será Don Giovanni, estrenada apoteósicamente el 29 de octubre de 1787. Praga, enamorada del maestro, le suplicó que permaneciese allí, pero Wolfgang rechazó la atractiva oferta, que seguramente hubiera mejorado su posición, para estar más cerca de su esposa. Al fin y al cabo, Viena le atraía como el fuego a la mariposa que ha de quemarse en él.
En 1790 se estrenó en la capital austriaca su ópera Così fan tutte y al año siguiente La flauta mágica. Inesperadamente, ambas fueron recibidas con entusiasmo por el público y la crítica. Parecía que los vieneses apreciaban al fin su genio sin reservas y deseaban mostrarle su gratitud teñida de arrepentimiento, aunque fuese tarde. Pero su salud se quebró: sabemos que el día del estreno en Viena de La flauta mágica, el 30 de septiembre de 1791, ya no pudo asistir al gran triunfo popular de la más optimista y querida de sus composiciones. El maestro comenzó a padecer fuertes dolores de cabeza, fiebres y extraños temblores.
Un Réquiem para su propia muerte
Mucho se ha escrito sobre la muerte de Mozart. La idea romántica de que fue envenenado tenía incluso un protagonista: Antonio Salieri, músico de éxito de la época al que la leyenda dibuja como un artista mediocre que supo, como ninguno en su época, comprender el original genio de Mozart, y, muerto de envidia, no pudo soportar la idea de que un hombre aniñado tuviera semejante don. El paroxismo llegó al extremo de creer que Mozart fue enterrado en una fosa común para borrar las huellas del homicidio. Hasta tal punto se extendió esta historia que se convirtió en el argumento de la ópera Mozart y Salieri de Rimski-Kórsakov, de una obra de teatro del célebre escritor ruso Alexander Pushkin y del drama Amadeus de Peter Shaffer (texto en el que se basa la exitosa película homónima de Milos Forman, estrenada en 1984 y protagonizada por Tom Hulce). No existe ningún referente histórico que pueda corroborar dicha versión.

Antonio Salieri
La realidad es que en julio de 1791, cuando ya sufría los síntomas de la enfermedad que le resultaría mortal (posiblemente uremia), Mozart recibió la visita de un personaje «delgado y alto que se envolvía en una capa gris», que le encargó la realización de un réquiem. La leyenda romántica pretende que Mozart vio en el anónimo personaje la encarnación de su propia muerte. Desde 1954 se conoce, por un retrato, el aspecto físico del visitante, que no era otro que Anton Leitgeb, cuya catadura era ciertamente siniestra; le enviaba el conde Franz von Walsegg, y la misa de réquiem era por la recientemente fallecida esposa del conde.
El hecho de que altos personajes encargaran secretamente composiciones a músicos famosos y las presentaran en público como obras propias no era algo infrecuente por aquel entonces, y no podía sorprender a Mozart, quien, en cualquier caso, aceptó el dinero del encargo. Pero la ominosa coincidencia del siniestro aspecto del mensajero, la condición fúnebre del encargo y la conciencia de la propia debilidad de sus fuerzas tuvo que impresionar profundamente la sensibilidad del músico, quien no ocultó a sus amigos su creencia de estar componiendo su propio réquiem.
En cualquier caso, está fuera de lugar la calumniosa hipótesis de una alevosa trama o de un envenenamiento urdido por Salieri o algún otro músico rival. Mozart nunca fue diplomático con sus colegas de inferior talla artística, pero precisamente Salieri no escatimó sus alabanzas a Mozart, y fue uno de los entristecidos asistentes a su funeral. Hoy en día sólo un dudoso interés novelesco puede ignorar las razones y la identidad, perfectamente establecida, que se ocultaba tras el encargo del réquiem. Si bien se mira, las coincidencias reales del azar son más inquietantes que la maliciosa fantasía de los fabuladores.

Mozart componiendo el Réquiem
Mozart acertó en su intuición de que moriría antes de terminar su Réquiem. Como en las otras obras de este último período, su estilo es más contrapuntístico y su escritura melódica más depurada y sencilla, pero ahora con protagonismo de unos muy sombríos clarinetes tenores y fagotes. A la muerte de Mozart, Joseph Eyble recibió la partitura para su terminación, que no llevó a cabo, recayendo esta tarea en Süssmayer. Éste pretendió haber orquestado completamente los movimientos del Réquiem, desde el «Dies irae» hasta el «Hostias», pretensión sobre la que no existen pruebas fehacientes.
La mañana del 4 de diciembre de 1791, Mozart todavía trabajó en el Réquiem, preparando el ensayo que sus amigos músicos habrían de realizar por la tarde en su alcoba. Hacía ya una semana que los médicos le habían desahuciado. Aquella tarde, durante el ensayo del «Lacrimosa», Mozart lloró y le dijo a su cuñada Sophie, llegada para ayudar a Constance: «Ah, querida Sophie, qué contento estoy de que hayas venido. Tienes que quedarte esta noche y presenciar mi muerte». A la noche, con gran serenidad, dio sus últimas instrucciones para después de su fallecimiento y entró en coma. Murió a las pocas horas, en la madrugada del 5 de diciembre.
Su amigo el conde Deym le hizo una mascarilla fúnebre, lamentablemente perdida, pues habría podido clarificar el enigma de su aspecto físico, tan contradictorio en sus varios retratos. A continuación tuvo lugar un funeral en una nave lateral de la catedral de Salzburgo, al que asistieron, pese a la fortísima tormenta de nieve y granizo desencadenada, un nutrido número de músicos, francmasones y miembros de la nobleza local. El dato es significativo, porque desmiente la leyenda sobre la indiferencia que rodeó su muerte y entierro. Es cierto, sin embargo, que nadie acompañó el cadáver al cementerio de San Marx, donde fue enterrado sin ataúd. Pero éstas eran las normas dictadas por el emperador José II en su curioso afán de «modernizar» la salubridad pública, normas que, incluso después de ser abolidas, fueron respetadas por numerosos librepensadores y francmasones.

Wolfgang Amadeus Mozart (OPERA)

Idomeneo, rey de Creta
Esta ópera en tres actos de Wolfgang Amadeus Mozart, con libreto de Giambattista Varesco, se representó por primera vez en Munich, el 29 de enero de 1781. Pese a ser la decimocuarta ópera de Mozart, Idomeneo es acaso la primera que merece destacarse. Su invención musical y su estilo anuncian ya posteriores obras maestras como El rapto del serrallo y Las bodas de Fígaro.
Con todo, Idomeneo sigue todavía las reglas de la "ópera seria" italiana; la música apenas contribuye a subrayar el carácter dramático o lírico del libreto; puro divertimiento, no participa de la acción sino en contadas ocasiones, sobre todo en el "quatuor" del segundo acto, en el que se adivinan las reformas que Mozart introduciría posteriormente en el teatro cantado: ciertos personajes descubren su carácter, sus emociones y sus sueños a través de las canciones que les son confiadas. La tentativa es discreta, pero se trata del inicio de una auténtica revolución.

Representación de Idomeneo, rey de Creta
El telón se alza en el primer acto en el palacio real de Creta, donde Idamanto reina en ausencia de su padre, Idomeneo; se cree que los vientos debieron dispersar la flota del rey a la mañana siguiente de la conquista de Troya. Idamanto declara su amor a Ilia, hija de Príamo. Electra, digna heredera de los Atridas, quiere vengarse del desdén del joven príncipe. Mientras tanto, Idomeneo ha sabido apaciguar las iras de Neptuno prometiéndole sacrificar a la primera persona que encuentre en el instante del desembarco, y cuando consigue por fin llegar a Creta es precisamente Idamanto quien primero aparece ante sus ojos.
En el segundo acto Idomeneo (que ha fingido no reconocer a su hijo) trata de alejar a su hijo de Creta para no cumplir su promesa. Para ello ordena a Idamanto conducir a Electra a Grecia. Pero Neptuno reclama su víctima y envía un monstruo que no permite la partida de la nave del príncipe.
La despedida de Idamanto y la intervención del coro expresando el terror del pueblo cretense anuncian ya el tono tierno y desgarrador del tercer acto, que se inicia con un dulce diálogo entre Illa e Idamanto. El pueblo exige a Idomeneo que cumpla su voto. Idamanto logra con sus solas fuerzas matar al monstruo, y Neptuno, conmovido por su valentía y su amor a Ilia, concede el perdón con la condición de que Idomeneo renuncie a su trono en beneficio de su hijo. Electra, viendo esfumarse su última esperanza, estalla de ira, mientras Idomeneo abdica serena y dignamente.

domingo, 31 de mayo de 2020

Clint Eastwood

Clint Eastwood, el último derechista de Hollywood contra la ...


El 31 de mayo de 1930 en California, Estados Unidos, nacía el actor, director, guionista y músico Clint Eastwood. Es reconocido por sus actuaciones en la “Trilogía del dólar”, dirigida por Sergio Leone, y en la serie de películas de “Harry el Sucio”.
Durante la década de 1950, Clint Eastwood obtuvo pequeños papeles en películas y programas de televisión. En 1958 comenzó a participar de la serie televisiva “Rawhide”, interpretando el personaje de Rowdy. En “Rawhide” también debutó como director, encargándose de la realización de algunos comerciales de la serie. En 1963 consiguió el papel del Hombre sin nombre en el spaghetti western “Por un puñado de dólares”, primer film de la “Trilogía del dólar”, luego de que uno de sus compañeros de “Rawhide” rechazara el trabajo. Esta película catapultó a Eastwood a la fama, por lo que protagonizó también la segunda y tercera entrega de la trilogía, lanzadas en 1965 y 1966 respectivamente. En 1971 se estrenó “Harry el sucio”, dirigida por Don Siegler, en la que Eastwood dio vida al personaje del rudo detective de homicidios Harry Callahan. Esta fue la primera de la serie de películas sobre este personaje, realizadas entre principios de 1970 y fines de 1980. Una de ellas, “Impacto Súbito” (1983), fue dirigida por el mismo Clint Eastwood. Otros films que contaron con la participación de este gran actor fueron “Los puentes de Madison” (1995), “MillionDollarBaby” (2004) y “Gran Torino” (2008). 

TERREMOTO EN PERU

Perú sufre uno de los terremotos mas devastadores de la historia


Un poderoso sismo de 7,8 grados Richter sacude la región peruana de Ancash a las 15:23 del 31 de mayo de 1970. Una zona de 230 kilómetros de ancho y 1.000 de longitud se estremece por el movimiento de tierra, que se agrava por los aludes que provoca el terremoto.
En cuestión de minutos cerca de un millón de hogares caen o se agrietan hasta quedar inhabitables y las vías férreas y rutas quedan inutilizadas. Las costa peruana pierde muelles y cientos de fabricas quedan inservibles por efecto de derrumbes y la falta de energía.
En regiones como Recuay, Carhuaz y Chimbote nueve de cada diez edificaciones se convierten en escombros. Las autoridades estiman que las victimas fatales ascienden a 80.000 y reportan la desaparición de otras 20.000. Los hospitales colapsan ante la llegada de casi 150.000 heridos. Los efectos del terremoto de 1970 seguirán sintiéndose por años ante la herencia de devastación que dejó sobre la infraestructura de una enorme región del Perú.

La tabla periódica de los elementos

Ideada de forma independiente y simultánea por el químico ruso Dmitri Mendeléyev y el alemán Julius Lothar Meyer, la tabla periódica de los elementos químicos es una de las grandes aportaciones de la química decimonónica. Su fundamento es la llamada «ley periódica»: las propiedades de los elementos varían gradualmente y se repiten periódicamente conforme aumenta su número atómico.

Diseño en espiral de la tabla periódica, obra de Theodor Benfey (1960)
La tabla periódica representa gráficamente esta ley ordenando los elementos en siete filas, de modo que las columnas resultantes agrupan los elementos con propiedades similares. Como ya Mendeléyev demostró en su época, la posición de un elemento en la tabla revela aspectos clave de su naturaleza; el científico ruso predijo que las casillas por aquel entonces vacías correspondían a elementos desconocidos, y estableció con total exactitud sus propiedades antes de su descubrimiento.

Historia de la tabla periódica

A finales del siglo XVIII, la química moderna quedó definitivamente consolidada gracias a la labor de Antoine Lavoisier, que estableció los principios y conceptos fundamentales de esta ciencia a partir de la sistematización e interpretación de los dispersos conocimientos existentes. Entre tales conceptos cabe destacar los de elemento (sustancia que no puede descomponerse mediante procesos químicos) y compuesto (sustancia formada por elementos). El propio Lavoisier, apoyándose en un experimento de Henry Cavendish, había demostrado en 1783 que el agua, considerada uno de los cuatro «elementos» desde la Antigüedad, era en realidad un compuesto de hidrógeno y oxígeno, y en uno de sus textos fundamentales, el Método de nomenclatura química (1787), incluyó ya un total de treinta elementos.

Henry Moseley
A partir de ese momento, la correcta clasificación de la sustancias en elementos y compuestos y la búsqueda de nuevos elementos fue una de las líneas principales de la investigación química; a mediados del siglo XIX, los elementos conocidos sobrepasaban ya la cincuentena. Al mismo tiempo, muchos estudiosos observaron ciertas afinidades entre las propiedades de los elementos y, más allá de las meras listas alfabéticas, intentaron extraer de su análisis criterios de ordenación y clasificación que permitiesen dar cuenta de las semejanzas, diferencias y relaciones entre ellos, en busca de claves que dieran sentido a aquella desordenada variedad.
Ciertas correlaciones en el peso atómico y las propiedades de algunos grupos de tres y de ocho elementos llevaron a algunas tentativas fallidas: las Tríadas de Johann Döbereiner (1829) y las Octavas de John Newlands (1864) eran observaciones certeras, pero no podían aplicarse a todos los elementos. Pero alrededor de 1869, dos químicos realizaron casi el mismo descubrimiento y prácticamente al mismo tiempo. El ruso Dmitri Mendeléyev y el alemán Julius Lothar Meyer sugirieron la idea de ordenar en una tabla todos los elementos de acuerdo con sus respectivos pesos atómicos; de esa manera, las propiedades de los elementos parecían repetirse según una pauta regular.
Sin negar la meritoria aportación de Meyer, en la actualidad tiende a atribuirse a Mendeléyev la creación de la tabla periódica, fundamentalmente porque su versión era más simple y completa. Al disponer todos los elementos en una tabla se producían algunas incongruencias y quedaban sitios vacíos, pero Mendeléyev, en lugar de dudar de la validez del criterio, supuso que se debían a errores de medición del peso atómico, y que los vacíos correspondían a elementos aún no conocidos. De hecho, yendo todavía más lejos, Mendeléyev predijo las propiedades de aquellos elementos desconocidos partiendo del lugar que habían de ocupar en la tabla periódica. Y ciertamente, en menos de una década desde el enunciado de la ley periódica, se descubrieron tres de los elementos cuya existencia había anticipado.

Dmitri Mendeléyev
Aunque los sucesivos descubrimientos de nuevos elementos confirmaban su validez y llevaron a su aceptación universal, durante muchos años subsistieron en la tabla periódica de Mendeléyev unas pocas irregularidades relativas a la posición de ciertos pares de elementos (argón-potasio, cobalto-níquel, telurio-yodo). Correspondió al físico inglés Henry Moseley culminar la genial aportación de Mendeléyev al descubrir (1913), tras complejas investigaciones, que la posición que los elementos ocupaban en la tabla estaba íntimamente relacionada con la carga eléctrica del núcleo, y que tales anomalías se resolvían ordenando los elementos no por el peso atómico, sino por el número atómico.
Como es sabido, un átomo se compone de un núcleo a cuyo alrededor giran una serie de electrones con carga negativa; el núcleo se compone de neutrones (sin carga) y protones (con carga positiva). El número atómico es el número de protones que contiene el núcleo, el cual es igual al número de electrones; de ahí que el átomo sea eléctricamente neutro. Naturalmente, existe una proporcionalidad entre el número de protones de un átomo y su masa, pero no es exacta (el peso atómico incluye los neutrones del núcleo), y de tal inexactitud procedían las anomalías detectadas.

Ordenación y presentación

En la tabla periódica actual, recogiendo el descubrimiento de Moseley, los elementos se ordenan por su número atómico. Si leemos la tabla como un libro, es decir, de izquierda a derecha y por líneas, encontramos en la primera fila el hidrógeno (número atómico 1), y al otro extremo, tras un amplio espacio en blanco, el helio (número atómico 2). Pasando a la segunda fila encontramos el litio y el berilio (3 y 4), y, después de otro espacio en blanco, desde el boro hasta el neón (del 5 al 10). Lo mismo ocurre en la tercera fila, y a partir de la cuarta observamos ya sin espacios una sucesión de elementos ordenados por su número atómico.
En casi todas las ediciones, la tabla periódica de los elementos parece tener la forma de un rectángulo de proporciones semejantes a las de una hoja de papel apaisada. En realidad, es casi el doble de ancha en su representación estricta, que no se emplea porque para su impresión se necesitaría un papel muy alargado, de proporciones que desbordarían todos los formatos habituales. Las dos filas de elementos de la parte inferior, que parecen quedar al margen, se sitúan en realidad en el interior de las filas sexta y séptima de la tabla.

Tabla periódica (clic para ampliar)
Así, en la sexta fila, a continuación del lantano (número atómico 57), deberían situarse los elementos de la primera fila al margen, llamados lantánidos: desde el cerio (58) hasta el lutecio (71). Ello explica el salto observable en la sexta fila, que pasa de pronto del lantano (57) al hafnio (72). Del mismo modo, en la séptima fila, y a continuación del actinio (89), deberían encontrarse los actínidos (del 90 al 103), representados en la segunda fila al margen. Lantánidos y actínidos constituyen los elementos llamados de doble transición o tierras raras.

Símbolos empleados

Cada casilla de la tabla corresponde a un elemento; la información relativa al elemento contenida en cada casilla varía según los ediciones y el público al que van destinadas (desde niños hasta estudiantes universitarios y profesionales), pero normalmente se incluyen al menos cuatro datos básicos. En primer lugar, destacado, el símbolo del elemento, formado a partir de la abreviatura de su nombre en lenguas que pueden divergir de la nuestra. Los elementos ya conocidos en la Antigüedad, por ejemplo, se designan en latín, y de ahí que el símbolo del hierro sea Fe (del latín ferrum). Debajo del símbolo suele figurar el nombre del elemento en la lengua del receptor.
En la parte superior izquierda se indica el número atómico, es decir, el número de protones que contiene el núcleo del átomo del elemento. En ocasiones, la parte superior derecha contiene una columna de números: es la configuración electrónica o distribución de los electrones en los distintos niveles energéticos, que examinaremos luego con más detalle. La suma de los números de esta columna es igual al número atómico, puesto que, como ya se ha explicado, el número de electrones es igual al número de protones.
En la parte inferior, por último, suele indicarse el peso atómico; si va entre paréntesis, corresponde al del isótopo más estable. Los colores de fondo de cada casilla se emplean con finalidades diversas; pueden, por ejemplo, significar el estado (sólido, líquido, gaseoso) o la pertenencia a diversos grupos: alcalinos, alcalinotérreos, metales de transición, etc.

Periodos y grupos

«Leer» la tabla como un libro, de izquierda a derecha y por líneas, equivale a leer sus filas o periodos. Los periodos son siete (y no nueve, pues, como se ha visto, las dos filas al margen de la parte inferior pertenecen en realidad a los períodos sexto y séptimo). Siguiendo este modo de lectura, encontramos los elementos ordenados por su número atómico, lo que significa que, conforme avanzamos, aumenta el número de protones y de electrones, y con ello la complejidad de su configuración electrónica.
También aumenta la inestabilidad de los núcleos; elementos de elevado número atómico como el uranio sufren una transformación lenta y continua por vía de emisión de radiaciones (radiactividad), convirtiéndose con el tiempo en otros elementos de número atómico inferior. Todos los elementos con número atómico superior al del uranio (92), llamados transuránicos, son radiactivos y han sido obtenidos artificialmente en los laboratorios.
Naturalmente, y éste es el sentido de una tabla, también podemos «leer» de arriba abajo las columnas de elementos. Las columnas (en total dieciocho) son grupos o familias de elementos. La numeración de estos dieciocho grupos puede variar. El sistema que emplea números romanos y letras (IA) se ha usado tradicionalmente en Estados Unidos; el otro sistema (1, 2, 3, 4, etc.) se ha usado tradicionalmente en Europa y hace unos años se recomendó su uso también en Estados Unidos.

Tabla periódica en versión alargada (clic para ampliar)
La llamada ley periódica es el fundamento de la tabla, y puede formularse así: las propiedades de los elementos son una función periódica de su número atómico, es decir, tienden a variar gradualmente y a repetirse periódicamente conforme se incrementa el número atómico. En otras palabras, los elementos químicos de la misma fila o periodo tienen propiedades que cambian lentamente de un extremo de la fila al otro, y los del mismo grupo o columna tienden a tener propiedades químicas similares.
En este sentido, la tabla periódica no es más que una manera gráfica de representar la ley periódica. Pero precisamente por presentar de modo visual las relaciones recíprocas entre los elementos, es una herramienta sumamente práctica y poderosa: sabiendo solamente qué lugar de la tabla ocupa un elemento, se puede conocer mucho acerca de sus propiedades físicas y químicas, como ya Mendeléyev demostró en su tiempo.

Periodos y configuración electrónica

En una primera aproximación resulta un tanto extraña la irregular distribución de los elementos: un primera fila con solamente dos, después filas de ocho, y luego de dieciocho hasta llegar a filas de 32 elementos. Tal distribución viene determinada por la afinidad de propiedades que presentan los elementos de cada columna. Tras el desarrollo del modelo atómico de Niels Bohr (1913), fue posible explicar con mayor claridad las peculiaridades de esta distribución.
Los átomos constan de un núcleo a cuyo alrededor gira un conjunto de electrones. El número de electrones (partículas con carga negativa) que forma esa «nube electrónica» es igual al número de protones (partículas con carga positiva) que contiene el núcleo, y viene indicado en el número atómico. Así, que el hierro tenga el 26 como número atómico significa que el núcleo de un átomo de hierro posee 26 protones, y que otros tantos 26 electrones orbitan alrededor del núcleo.

Los electrones orbitan alrededor del núcleo en distintas capas o niveles
Sin embargo, existe solamente un total de siete capas o niveles en los que los electrones pueden orbitar, y estas siete capas corresponden a los siete periodos o filas de la tabla periódica. Los elementos del primer periodo o fila (el hidrógeno y el helio) tienen un único nivel. Los elementos pertenecientes al segundo periodo poseen dos niveles; los del tercero, tres, y así hasta los del séptimo y último periodo, que poseen siete. De este modo, por el número atómico y por su pertenencia al cuarto periodo, sabemos que los 26 electrones del hierro se distribuyen en cuatro niveles.
La distribución de los electrones por los distintos niveles obedece a una serie de reglas y principios como el principio de exclusión de Pauli, el principio de mínima energía (los electrones se distribuyen ocupando, en primer lugar, los orbitales de menor energía) y la regla de Hund (los electrones que ocupan un orbital de la misma energía se hallan desapareados al máximo). El principio de Hund y el de mínima energía tienen algunas excepciones, aunque pocas, debido a las energías muy próximas de algunos orbitales externos.
De este modo, que el primer periodo de la tabla contenga solamente dos elementos (el hidrógeno y el helio) refleja el hecho de que, por lo que respecta a la distribución de los electrones, el primer nivel de todos los átomos puede contener un máximo de dos electrones. Los dos elementos del primer periodo, el hidrógeno y el helio, poseen respectivamente uno y dos electrones en su único nivel. Del mismo modo, el segundo nivel puede contener un máximo de ocho electrones, y el segundo periodo contiene ocho elementos, desde el litio (número atómico 3), con dos electrones en el primer nivel y uno en el segundo, hasta el neón (número atómico 10), con dos electrones en el primer nivel y ocho en el segundo. Aunque simplificada (pues no contempla el hecho de que cada una de las siete capas o niveles puede incluir varios orbitales), la explicación anterior permite comprender la extraña forma de la tabla periódica.

Los electrones se distribuyen ocupando primero los orbitales de menor energía
La distribución de los electrones por los distintos niveles y orbitales recibe el nombre de configuración electrónica. Las ediciones más detalladas de la tabla periódica indican la configuración electrónica mediante una terminología abreviada. En la más simple se indica solamente la cantidad de electrones de cada nivel, sobreentendiéndose que el primer número corresponde al primer nivel, el segundo al segundo, etc. La configuración electrónica del oxígeno (número atómico 8), por ejemplo, se expresa simplemente 2 6 (poniendo los números en columna), lo que significa que el oxígeno posee dos electrones en el primer nivel y seis en el segundo.
Las ediciones profesionales de la tabla detallan la distribución de los electrones en los distintos orbitales de cada nivel mediante una notación más precisa; en ella, los números corresponden a los niveles, las letras a los orbitales de cada nivel y los superíndices al número de electrones en cada orbital. En esta notación, la configuración electrónica del oxígeno quedaría así:
1s2 2s2 2p4
Lo cual significa que, de los ocho electrones del oxígeno, dos completan el primer nivel (1) y los seis restantes ocupan el segundo (2), repartidos entre un orbital s (con dos electrones) y un orbital p (con cuatro electrones).

Grupos y valencias

Como ya se ha indicado, los elementos de una misma columna poseen propiedades parecidas, y constituyen grupos o familias de elementos. También la razón de esta semejanza se comprende mejor acudiendo a la configuración electrónica. De hecho, fue precisamente la tabla periódica y el refinamiento del modelo atómico lo que permitió inferir que el comportamiento químico de los elementos depende principalmente del último nivel de electrones, es decir, de la capa de electrones más alejada del núcleo.
La actividad química y la afinidad entre los elementos, en efecto, se explica por la tendencia de los átomos a fijar ocho electrones, ni más ni menos, en su capa externa, ora perdiendo, ora captando electrones. Los metales (cuyos átomos tienen uno, dos o tres electrones en su nivel externo) los ceden fácilmente para convertir en periférica la penúltima capa de ocho electrones. En cambio, los átomos de cinco, seis y siete electrones exteriores captan con facilidad tres, dos o un electrón, respectivamente, con objeto de completar a ocho su periferia. El número de electrones periféricos o su complemento a ocho constituye la valencia química.
En consecuencia, los átomos pueden combinarse entre sí de dos modos: por electrovalencia y por covalencia. En la electrovalencia o unión polar, los átomos de uno, dos o tres electrones periféricos ceden éstos a otros átomos con siete, seis o cinco electrones en la capa externa, con lo cual las periferias de unos y otros quedan establecidas en ocho electrones; como el intercambio de electrones implica la ionización con signo opuesto de los átomos que reaccionan, éstos quedan unidos entre sí por atracción electrostática. En el enlace covalente, los átomos con cuatro electrones externos no toman ni ceden electrones, sino que los comparten con los de otros elementos, formando pares o dobletes electrónicos. Esta unión es más estable que la polar.
Visto lo anterior, es fácil comprender la razón por la que los elementos situados en la misma columna forman grupos o familias de propiedades muy parecidas: al ordenarlos por el número atómico (numero de protones y por tanto de electrones), se repite periódicamente el número de electrones contenidos en la última capa, y tal número es, conforme a lo expuesto, lo que determina el modo en que reaccionan químicamente los átomos.
Así, los elementos del primer grupo o columna (del hidrógeno al francio) tienen un único electrón en su capa externa, y los del segundo grupo, dos, como puede notarse en la imagen: el último número de la configuración electrónica siempre es 1 en el primer grupo y 2 en el segundo. Los elementos de las columnas 13, 14, 15, 16 y 17 poseen, respectivamente, 3, 4, 5, 6 y 7 electrones en su nivel externo. Los elementos de la última columna (18), del helio al radón, tienen completada su capa exterior con 8 electrones (excepto el helio, cuya única capa se completa con dos), y por este motivo raramente participan en las reacciones químicas: son los llamados «gases nobles», que, al igual que los aristócratas, tienden a no mezclarse con los elementos «plebeyos».
Hay que advertir que de nuevo esta explicación es una reducción didáctica destinada a mostrar el sentido general de la tabla. Su exactitud puede apreciarse en las columnas citadas, y requeriría aclaraciones adicionales en los llamados metales de transición (columnas 3-12).

Elementos ignotos

Actualmente se conocen 118 elementos, que van del hidrógeno, cuyos átomos tienen un solo electrón, hasta unos pocos elementos todavía sin nombre definitivo cuyos átomos poseen más de 112 electrones. Normalmente las tablas contienen los elementos conocidos en el momento de su edición, aunque en ocasiones, emulando la osadía de su creador, se incluyen casillas para aquellos cuyo descubrimiento, se supone, es solamente cuestión de tiempo.
De hecho, data de fechas cercanas el descubrimiento de diversos elementos «superpesados» como el darmstadio (número atómico 110) y el roentgenio (111), obtenidos ambos a finales de 1994 por un equipo internacional de científicos. El darmstadio se logró haciendo chocar átomos de níquel con un isótopo de plomo; los investigadores de Rusia tienen planes para producir un isótopo diferente de este elemento mediante el choque de átomos de azufre con átomos de plutonio. En un laboratorio de California se descubrieron recientemente los elementos 116 y 118.
A causa de su inestabilidad, la vida de este tipo de elementos es muy corta: se descomponen en fracciones de segundo, lo que no impide que puedan detectarse durante ese breve instante, confirmando así su existencia. Todavía no se ha logrado producir otros elementos superpesados, pero se continúa investigando para obtenerlos. En realidad, quedan muchos descubrimientos interesantes por hacer en relación con la producción artificial de nuevos elementos; con la tabla periódica como guía, su lugar ya los está esperando.

Heidi Klum

VIDEO. Heidi Klum reta la censura y se cepilla los dientes en ...


Heidi Klum nació en Alemania en el año 1973, en la localidad Bergisch Gladbach.

Esta joven alemana, conoce el mundo del modelaje cuando era tan solo una adolescente y encontró en una revista de moda un cupón para participar del concurso "Model '92" de Alemania.

Transcurrido dicho concurso, Heidi comienza su carrera profesional como modelo, pues como no podía ser de otra forma, Klum resulta ser la ganadora, y a partir de entonces queda bajo la firma de la agencia Metropolitan por 3 años, con un contrato que le aseguraba ganancias de por lo menos 300.000 dólares.
Comienza entonces a recorrer el mundo de la moda, a darse a conocer y a desparramar talento y encanto por Hamburgo, París, Milán, Miami, New York, Tokio y Londres.
Al poco tiempo, mucho más madura pasa a formar parte de la agencia Elite, la cual le abrió aún más puertas.
Mostraba y encandilaba con su cuerpo contundente, abundante y curvo.
Sus fotografías profesionales dejaban ver que su cara podría pasar de la dulzura a la mayor de las insinuaciones.
En 1998, millones de hombres se deleitan con sus apariciones en la Swimsuit Edition de Sports Illustrated, llegando incluso a la portada de SI, la cual le dio el impulso que le faltaba a su carrera.

En este momento, admitió ser una de las supermodelos más codiciadas en el mundo y llegó a conseguir el privilegio de ser una de las modelos del catálogo de lencería de Victoria's Secret.

El desfile de lencería de 1999 fue visto en directo por millones de personas a través de Internet, además de haber sido proyectado en las pantallas gigantes de Times Square, en Nueva York.
Este desfile fue el disparador de cantidad de ofertas para varias de las modelos para involucrarse en la actuación.
Y así fue como Heidi se introduce en el mundo del espectáculo y decidió comenzar en “Spin City”, tratando de conquistar al personaje de Michael Fox, participó en varios capítulos de la temporada de 1999, y se defendió más que bien en la pantalla chica.
Luego, como era de esperarse, Klum se involucra en la pantalla grande, e interpretó a una modelo en la película “Blow Dry”, seguido del papel de una giganta en la película “Ella Enchanted”, y por último interpretó a Ursula Andress en la película “The Life and Death of Peter Sellers”.
Fue en el 2004 que Heidi se convirtió en la anfitriona del reality show “Project Runway”, en el que los concursantes, todos ellos diseñadores de indumentaria, compiten por un premio que les permita lanzar su propia marca de ropa.
Al poco tiempo, decide mostrar su faceta de diseñadora que tanto reprimía, sus propios diseños de ropa aparecen en el catálogo de ropa “Otto”, pedido por correo, uniéndose a estos el diseño de calzado para “Birkenstock”, joyería para “Mouawad” y trajes de baño cuyo catálogo aparece en su propio sitio de Internet.
En lo que respecta a su vida personal, Heidi estuvo casada con su estilista Ric Pipino, con quien contrajo matrimonio en 1997, pero que solo duró hasta el año 2002.
Posteriormente, se convierte en el dueño de su corazon el dueño de un equipo de Fórmula 1 Flavio Briatore, con quien tiene una hija llamada Leni, pero tampoco permanece mucho tiempo en pareja.
Klum definitivamente, anunció su compromiso con el cantante británico Seal a comienzos del año 2005. Heidi y Seal se casaron el 10 de mayo del 2005.
Fruto de éste matrimonio Heidi tuvo 2 hijos mas: Henry Guenther Ademola Dashtu Samuel y Johan Riley Fyodor Taiwo Samuel.

Alanis Morissette

Quién es esa chica? Alanis Morrisette - Radio Cantilo 101.9


Alanis Morissette nació en el año 1974, en Ottawa, Ontario, Canadá.
Hija de Alan Morissette y Georgia Feverstein, desde que muy pequeña, Alanis le rogaba a su madre bailar ballet y ser música, y a los 6 años comenzó a tomar clases de piano.
A los 11 años ya participaba de un show de televisión para niños llamado “You can’t do that on television”, de Nickelodeon.
En este mismo año Alanis lanza su primer sencillo producido con el dinero que ahorro del programa, “Fate stay with me”.
En 1990, con tan solo 16 años, graba su primer álbum llamado “Alanis”, el cual portaba una combinación de pop y dance.
Dos años después, lanza su segundo álbum titulado “Now is the Time”, disco con canciones más maduras que el anterior.
Se hablaba Alanis por todo Canadá, de la expresividad de su música que ha despertado elogios por una parte de la crítica y dio lugar a un movimiento de fans repartidos por varios países.

Al terminar la gira promocional, Alanis decide viajar hacia la India para relajarse e inspirarse para la grabación del nuevo disco.
Cuando vuelve colabora con Dave Matthew's band Ringo Starr y forma parte de la banda de sonido de la película “City of angels”, la cual la lleva a ganar dos premios Grammy.

En 1998 sale a la venta “Supposed former infatuation junkie”, el cual la define como menos rockera y más sentimental.
Este lanzamiento no dejo de ser motivo para otra gira durante parte de 1999 y dedicó también parte de su tiempo a participar en la película “Dogma”, pero esta vez como actriz.

En este mismo año, Alanis produjo un disco acústico, “MTV Unplugged”, que presenta un recorrido íntimo por toda su producción, incluyendo inéditos.
El 2002 llega de la mano de “Under rug swept”, un disco con canciones compuestas y producidas totalmente por ella, el cual fue merecedor de una presentación en una gira mundial.
A fines del 2002 sale a la venta un documental llamado “Feast on scraps”, una edición especial doble que incluye un cd con canciones inéditas y un DVD con imágenes exclusivas de la gira.
Es en el 2004 que regrasa con un nuevo trabajo discográfico llamado “So-called chaos”, el cual contiene diez canciones que muestran a la Alanis de hace unos años atrás.
Al año siguiente, tras haberse cumplido diez años de su primer trabajo discográfico Alanis decide lanzar a la venta “Jagged little pill acoustic”, álbum que recrea la totalidad de canciones de su original, esta vez en formato acústico, seguido de “The Collection”, un recopilatorio de grandes éxitos.
Y es en este mismo año también que la productora Disney le solicita a Alanis la composición de un tema para la banda sonora de "Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el Armario", a estrenarse a finales de ese año.
Alanis escribió "Wunderkind", por la que fue nominada a los premios Globos de Oro, en la categoría "Mejor canción".

Discografía:
(1995) "Jagged Little Pill"
(1998) "Supposed Former Infatuation Junkie"
(1999) "Alanis Unplugged"
(2002) "Under Rug Swept"
(2002) "Feast on Sacraps"
(2004) "So-Called Chaos"
(2005) Jagged Little Pill Acoustic
(2006) The Collection