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lunes, 25 de mayo de 2020

Muere Mary Shelley

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El 1 de febrero de 1851 falleció en su casa de la calle Chester Square (Londres) la escritora Mary Shelley, autora de reconocimiento internacional por su novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo. La autora había desarrollado un tumor cerebral que acabó con su vida tras años de enfermedad y convalecencia.

Nacida Mary Godwin, era hija de la también escritora y pensadora feminista Mary Wollstonecraft y del periodista William Godwin. La muerte de su madre durante el parto hizo que fuese educada por su padre, quien la incluyó en un ambiente intelectual y cercano al mundo de las letras que marcaría el futuro de la joven Mary.  En su juventud entraría en contacto con intelectuales de la época como Samuel Taylor Coleridge o Aaron Burr (ex-vicepresidente de los Estados Unidos) y conocería al poeta y filósofo Percy Bysshe Shelley, de quien se enamoraría y con quien se fugaría a Francia en 1814 para poder vivir su amor juntos. Él ya estaba casado y, de hecho, tuvo un hijo con su mujer mientras Mary estaba embarazada. La primera hija de Mary nacería prematuramente y fallecería, pero tendrían un segundo hijo años más tarde. Mary se convirtió en la señora Shelley después del suicidio de la primera esposa de Percy.

Como escritora, Mary Shelley dio forma a una larga sucesión de títulos que quedarían, en muchos casos, eclipsados por el éxito de su primera y más famosa novela: Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). El tono gótico y los elementos de ciencia ficción son rasgos comunes en muchas de sus novelas y relatos cortos entre los que se podrían destacar El último hombre (1826), Perkin Warbeck (1830) o Falkner (1837). Este último caso es uno de los más llamativos ya que, además de ser la última novela publicada por Mary Shelley, es la única en la que la protagonista femenina sale triunfante al final de la misma. 

La Conferencia de Yalta

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La Conferencia de Yalta dio comienzo el 4 de febrero de 1945 y se prolongó hasta el día 11 del mismo mes. Reunió a los tres principales líderes de los Aliados: el presidente americano Franklin D. Roosevelt, el primer ministro británico Winston Churchill y el líder soviético Iósif Stalin en Yalta (Crimea) con el objetivo de planificar la derrota definitiva y la ocupación de la Alemania nazi al final de la Segunda Guerra Mundial. 

Se decidió que Alemania se dividiría en cuatro zonas que pasarían a ocupar Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la URSS. Los Aliados se limitarían a proporcionar una subsistencia mínima a los alemanes, acabarían con su industria armamentística y juzgarían a los principales criminales de guerra ente un tribunal internacional en lo que fueron los Juicios de Nuremberg. 

El gran reto de la Conferencia de Yalta fue decidir cómo tratar con los países derrotados o liberados de la Europa del Este. Los acuerdos que, en un principio fueron aceptados por Stalin, exigían que las personas que ocuparan el gobierno provisional fueran representativas de toda la población y que se celebraran elecciones cuanto antes para elegir a los gobernantes. 

En la Conferencia se estableció además un protocolo secreto según el cual la URRSS entraría en la guerra contra Japón en “dos o tres meses” tras la rendición de Alemania. A cambio recibiría las islas Kuriles, recuperaría el territorio perdido en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 así como el statu quo en la Mongolia Exterior pro soviética. Stalin firmó un pacto de alianza con China. 

Finalmente el soviético no cumplió lo prometido en la Conferencia y no se celebraron elecciones libres en Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Lo que ocurrió, en cambio, fue que en estos territorios se establecieron gobiernos comunistas suprimiéndose todos los partidos que no compartieran esa ideología. Poco podían hacer las democracias occidentales para que Stalin cumpliera su palabra, pues la fuerza militar de la Europa Oriental tras la guerra era soviética. 

En 1947 daba comienzo la Guerra Fría, una serie de enfrentamientos entre Estados Unidos y la Unión Soviética que habrían de prolongarse hasta 1991. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Alemanes se rinden en Stalingrado

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Los oficiales alemanes se rinden en Stalingrado 
El 31 de enero de 1943 el hombre al mando del Sexto Ejército del Tercer Reich, Friedrich Paulus, y otros 22 generales alemanes se entregaron a los soviéticos y aceptaron que la poderosa Alemania había conocido la derrota en Stalingrado. A pesar de que Hitler había dado órdenes estrictas de luchar hasta el último hombre, la situación era insalvable y los oficiales prefirieron salvar cuantas vidas pudieran. El 2 de febrero, lo que quedaba del Cuarto y Sexto Ejércitos alemanes se rindieron y la batalla más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial llegó oficialmente a su fin. 

Aunque en los momentos previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial y durante su primerísima etapa Alemania y la URSS habían acordado repartirse Polonia y respetarse, Hitler cambió de idea y dio paso a un intento de tomar la URSS que se conocería como Operación Barbarroja. Después de que sus tropas fueran rechazadas antes de llegar a Moscú, Hitler centró su atención en la ciudad de Stalingrado debido a que era un centro industrial desde el que se distribuía gran parte del armamento del Ejército Rojo y por el valor simbólico que la ciudad tenía (compartía nombre con el líder de la URSS, Iósif Stalin). El hombre de acero respondió al desafío planteado por Hitler y preparó la ciudad para una defensa sangriente. 

El 23 de agosto de 1942, los ejércitos de Alemania (Wehrmacht) comenzaron un ataque a gran escala. La población civil no había sido evacuada, sino que se la mantuvo en la ciudad con el fin de motivar a las tropas y de tener soldados y mano de obra de repuesto. Los primeros meses de combate supusieron una masacre de civiles y un enfrentamiento encarnizado y sangriento entre ambos ejércitos en el que los francotiradores jugaron un papel primordial. Las tornas cambiaron con la llegada del duro invierno ruso, para el que los soviéticos sí estaban preparados pero no así los alemanes, y el envío de refuerzos por parte del mando central soviético. Las fuerzas del Eje, ampliamente superadas, rodeadas y sin posibilidad de vencer, no tuvieron otra opción que rendirse. 

La batalla de Stalingrado es considerada una de las más importantes de la Segunda Guerra Mundial porque fue precisamente esta victoria la que afianzó el contrataque soviético y puso contra las cuerdas a Hitler en el frente oriental, teniendo que repartir todavía más sus fuerzas tras el Desembarco de Normandía y el avance aliado por el oeste de Europa. La batalla de Stalingrado cerró la soga en torno al cuello de Adolf Hitler. 

Vicente Blasco Ibáñez

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Nace Vicente Blasco Ibáñez
El 29 de enero de 1867 nació en Valencia el político y escritor Vicente Blasco Ibáñez, uno de los autores más importantes y prolíficos de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX en España.

Estudiante de Derecho y políticamente activo desde su juventud, siempre apostó por las ideologías más progresistas y de izquierdas, acercándose al nacionalismo valenciano por una temporada y siendo defensor del republicanismo durante toda su vida, mostrándose muy crítico con los gobiernos del periodo de la Restauración borbónica. Este factor político y de denuncia social se vería en muchas de sus novelas en las que, aun cuando los rasgos naturalistas son claramente perceptibles, su intento por denunciar injusticias sociales aporta un punto de vista siempre cercano a su propia ideología.


Lo polémico de su carácter le llevó al exilio en Francia, donde conocería las corrientes naturalistas que ya se notarían en su novela Arroz y tartana (1894), la primera de una serie dedicada a su Valencia natal. Ejerció como director y redactor del periódico republicano El pueblo y fue elegido diputado en las Cortes en 1898 y durante seis legislaturas, aunque decidió abandonar la vida política en 1908 y probar suerte en Suramérica. Finalmente, regresaría a Europa y viviría en Francia hasta el final de sus días. Allí escribiría la novela que le concedería fama y renombre internacionales, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, que contaría con dos adaptaciones al cine (1921 y 1962). Otras de sus obras más conocidas son La barraca (1898), Sangre y arena (1908) o La vuelta al mundo de un escritor (1928), obra que publicó contando sus viajes por Europa, Asia y América.

Vicente Blasco Ibáñez moriría en Menton, en su casa de la Costa Azul francesa, a causa de una bronconeumonía y un día antes de cumplir 61 años.

‘Orgullo y Prejuicio’

Se publica ‘Orgullo y Prejuicio’
El 28 de enero de 1813 se publicó en Inglaterra, en tres tomos, la obra que grabaría el nombre de Jane Austen a fuego en la historia de la literatura: Orgullo y Prejuicio. Los textos de Austen son de los pocos que nunca han sido descatalogados de ninguna editorial desde el momento de su publicación.

La autora escribió sus primeros borradores en la década de 1790, en muchos casos inspirados por los breves viajes que realizaba por Inglaterra y por su día a día en la campiña inglesa en la que tenía la oportunidad de relacionarse con la aristocracia y verse sometida a las normas y costumbres sociales de la época. Orgullo y Prejuicio es, de alguna manera, un reflejo y una crítica de todas estas normas y de cómo Austen las vivía y afrontaba. Precisamente, Orgullo y Prejuicio narra la relación entre una joven casadera y un terrateniente que sufren las presiones sociales y deben superar sus diferencias y aprender a convivir para lograr tener un futuro juntos. Jane Austen otorgó a la novela un tono sarcástico y divertido en el que se puede apreciar un claro trasfondo crítico y un intento de ridiculizar la situación a la que los jóvenes se veían arrastrados ya fuese por su sexo o por el contexto social en el que nacen (“Una verdad universalmente reconocida es que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”).

La novela fue bien recibida y gustó especialmente por la sutileza con la que Jane Austen plasmaba una realidad tan aislada como era la de la aristocracia inglesa que vivía en la campiña. Su hermoso estilo literario y la solidez de sus personajes (destacándose el de su gran heroína Elizabeth Bennet) la consagraron como un clásico de la literatura que ha recibido numerosas adaptaciones a teatro y cine.

Primeros Juegos Olímpicos de Invierno

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Se celebran los primeros Juegos Olímpicos de Invierno 
El 25 de enero de 1924: en Chamonix (Alpes franceses) tiene lugar la inauguración de los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. 

Antes de que los Juegos Olímpicos de Invierno se convirtieran en el espectáculo que es hoy día, en su momento nacieron como un modesto conjunto de atletas en el área de Chamonix, Francia. Así, la nevada comuna francesa fue sede de los primeros juegos de invierno de 1924 en el que participaron hasta 16 naciones. 

Dichos JJOO se organizaron originalmente como la Semana Internacional de Deportes de Invierno, una reunión patrocinada por el Comité Olímpico Internacional (COI), pero sin calidad de evento oficial de los Juegos Olímpicos. El evento tuvo tanto éxito que llevó al COI a modificar su estatuto en 1925, estableciendo los Juegos de Invierno y exponiendo a Chamonix como sede de los primeros Juegos Olímpicos de Invierno. 

Unos 250 atletas de 16 países asistieron a los Juegos y compitieron en 16 categorías diferentes en un total de 6 deportes. Dada la época, el papel de la mujer era casi inexistente. Las 11 atletas femeninas (11 mujeres de 250 personas en total) participaron en la competición de patinaje artístico, el único deporte abierto a las mujeres hasta la incorporación del esquí combinado en los Juegos Olímpicos de 1936 en Garmisch-Partenkirchen, Alemania. 

Las competiciones se celebraron al pie del Mont Blanc entre el 25 de enero y el 5 de febrero de 1924, con la presencia de: Francia, Noruega, Finlandia, Austria, Suiza, Estados Unidos, Gran Bretaña, Suecia, Bélgica, Canadá, Austria, Checoslavaquia, Hungría, Italia, Letonia, Polonia y Yugoslavia como naciones participantes. 

sábado, 23 de mayo de 2020

Tercera guerra púnica

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Acaba la tercera guerra púnica
El 5 de febrero del año 146 a.C. acabó la tercera guerra púnica, la última de una serie de enfrentamientos que se produjeron entre la república de Roma y el imperio cartaginés (también conocido como púnico). Este combate definitivo acabó con la destrucción de la ciudad de Cartago (actual Túnez), la esclavitud de su población, la anexión de sus territorios al Imperio Romano y la hegemonía de Roma en el Mediterráneo occidental. 

La primera guerra púnica (264- 241 a.C.) se libró por el control de Córcega y Sicilia, dos islas con gran interés estratégico. En el 264 a.C. los cartagineses intervinieron en una disputa entre Mesina y Siracusa. Roma respondió a este desafío atacando Mesina y expulsando a los cartagineses de allí. En el 260 a.C. los romanos no pudieron hacerse con el control de Sicilia pero sí que lograron expulsar a los cartagineses de Córcega. Posteriormente la flota romana se hizo fuerte en África y Cartago a punto estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, los términos impuestos por Roma eran demasiado severos y en el 255 a.C. los cartagineses atacaron con un nuevo ejército basado en la caballería y los elefantes. 

La batalla por Sicilia se retomó en el 254 a.C. y acabó en el 241 a.C. con la victoria de Roma y la rendición de Cartago. El imperio cartaginés cedió tanto Sicilia como las islas Lipari. Además tuvo que pagar una indemnización. 

La segunda guerra púnica (218 a.C-201 a.C.) comenzó cuando Aníbal atacó Sagunto, ciudad española que se encontraba bajo influencia romana. Roma exigió su retirada pero Cartago se negó a hacerlo y los romanos declararon la guerra a los cartagineses. El plan de Aníbal era atacar a los romanos en Italia para que estos no pudieran enviar ejércitos a España o África. Para ello, atravesó con su gran ejército de hombres y elefantes los Pirineos y los Alpes. Los romanos no pudieron hacer frente al ataque y Aníbal pasó a controlar el norte de Italia. Ganó varias batallas, conquistó Capua, segunda ciudad más grande de Italia, y llegó a vencer a un enorme ejército romano pero, incluso así, nunca atacó Roma. En el 211 a.C. y gracias a una estrategia ofensiva basada en el desgaste e ideada por Quinto Fabio Máximo Cunctator, Roma recuperó la ciudad de Capua. Cartago tuvo que pagar una gran suma económica y ceder todos sus territorios no africanos. 

La tercera guerra púnica se produjo entre los años 149 y 146 a.C. En este momento, Cartago se estaba recuperando económicamente gracias a la venta de productos agrícolas y materiales preciosos. Su recuperación se producía a pasos agigantados lo que despertó los celos y el miedo a que pudiera convertirse en un fuerte competidor de Roma. Se cree que fue Catón el Censor el que fomentó estos sentimientos entre los mercaderes romanos. 

Los romanos encontraron un motivo para declarar la guerra a Cartago y fue una violación del tratado cometido por los cartagineses en el 150 a.C. Como respuesta, los romanos enviaron un ejército a África y, aunque los cartagineses repararon los daños que habían producido y entregaron sus armas, Roma estipuló que debían emigrar a algún sitio del interior donde se les prohibiera comerciar. Los cartagineses no aceptaron esta condición, prepararon un nuevo ejército y se prepararon para enfrentar el ataque de los romanos a la ciudad de Cartago. 

Al mando del ejército romano estaba Escipión, quien amuralló el istmo en el que se encontraba la ciudad y cortó la entrada por mar de suministros. El ataque más fuerte de Escipión se produjo en el puerto y acabó con la destrucción de la ciudad y con sus habitantes convertidos en esclavos. Se dice que hasta sal arrojaron los romanos a los campos cartagineses, para que nunca jamás se pudiera cultivar en ellos.