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sábado, 15 de agosto de 2020

Esopo

(S.VI a.C.) Escritor griego. Uno de los más antiguos géneros de la literatura universal es la fábula, un tipo de relato breve protagonizado por animales personificados cuya finalidad didáctica se explicita en una moraleja final. La Grecia clásica atribuyó a Esopo la invención de este género, igual que asignó a Homero la paternidad de la épica.

Esopo
Hasta muchos siglos después no se dudó de la existencia efectiva de ambos, señalando además la perfecta antítesis entre las dos figuras: Homero como cantor de las gestas de los héroes, Esopo como retratista de la plebe, de las debilidades humanas bajo aspecto de animales. En ambos casos, numerosas ciudades se disputaron el honor de ser su cuna.
Biografía
Pocos datos seguros existen sobre la biografía de Esopo, y ya en la época clásica el personaje real se vio rodeado de elementos legendarios, quedando definitivamente cubierto por la ficción y la fantasía cuanto pudo tener de histórico. Ello no ha de llevar forzosamente a refutar su existencia, ya que un historiador de tanto crédito como Herodoto lo describe como un esclavo de un ciudadano de Samos que había vivido en la centuria anterior.
Según una tradición muy difundida, Esopo nació en Frigia, aunque hay quien lo hace originario de Tracia, Samos, Egipto o Sardes. Sobre él circuló una gran cantidad de anécdotas e incluso descripciones sobre su físico que se hallan recogidas en la Vida de Esopo, publicada en el siglo XIV al frente de una recopilación de sus fábulas preparada por el monje benedictino Máximo Planudes.
Así, se cuenta que Esopo fue esclavo de un tal Xanto o Janto de Samos, que le dio la libertad. Debido a su gran reputación por su talento para el apólogo, Creso lo llamó a su corte, lo colmó de favores y lo envió después a Delfos para consultar el oráculo y para ofrecer sacrificios en su nombre y distribuir recompensas entre los habitantes de aquella ciudad. Irritado por los fraudes y la codicia de aquel pueblo de sacerdotes, Esopo les dirigió sus sarcasmos y, limitándose a ofrecer a los dioses los sacrificios mandados por Creso, devolvió a este príncipe las riquezas destinadas a los habitantes de Delfos.
Éstos, para vengarse, escondieron entre el equipaje de Esopo una copa de oro consagrada a Apolo, le acusaron de robo sacrílego y le precipitaron desde lo alto de la roca Hiampa. Posteriormente se arrepintieron, y ofrecieron satisfacciones y una indemnización a los descendientes de Esopo que se presentaran a exigirla; el que acudió fue un rico comerciante de Samos, descendiente de aquel a quien Esopo había pertenecido cuando era esclavo. De todo este relato parece histórico que Esopo fue un esclavo y que viajó mucho con su amo, el filósofo Janto; también se concede bastante credibilidad al episodio de su muerte.
Las Fábulas de Esopo
Por la mención que hace de ellas el historiador Herodoto, se sabe que las Fábulas de Esopo eran muy populares en la Grecia clásica, afirmación atestiguada también por Platón y Aristófanes. Conocer a Esopo nunca fue un privilegio de letrados: además de divulgarse oralmente, sus fábulas se utilizaban como primer libro de lectura en las escuelas. La recopilación más antigua conocida es la que hizo en el siglo IV a.C. el retórico Demetrio de Falero, discípulo de Teofrasto, que reunía alrededor de quinientas fábulas y que no ha llegado hasta nosotros.
Las colecciones que se conservan completas son de épocas muy posteriores: la Collectio Augustana, presumiblemente del siglo I o II d. C., la Collectio Vinobenensis, compuesta por relatos un tanto más coloridos, aunque con un estilo algo descuidado, y una refundición de las dos anteriores, la Collectio Accursiana (1479 o 1480), que fue durante mucho tiempo la recopilación más difundida. Escritas en el lenguaje de su época, y lejos por lo tanto de los textos originales de la era clásica, estas colecciones contienen un núcleo primitivo esópico aumentado después y notablemente transformado en el decurso de los siglos.

El león y el ratón (ilustración de Gustave Doré)
El género de la fábula quedó ya definido por Esopo al dotar a la mayoría de sus cuentos de una serie de características constantes. Las fábulas de Esopo son breves narraciones compuestas en un estilo sencillo y claro (como el habla del pueblo al que se dirigen), que tienen habitualmente como protagonistas a animales personificados, es decir, dotados de la capacidad de pensar y hablar, y cuya finalidad es transmitir una enseñanza moral práctica y elemental. Precedentes de esta forma literaria se encuentran en Hesíodo, que presenta el ejemplo más antiguo con su relato del azor y el ruiseñor en Los trabajos y los días, y en la lírica de Arquíloco, con los relatos del zorro y el mono.
La fábula esópica tiene como tema predominante las relaciones e interacciones sociales entre los seres humanos, que son descritas desde una visión irónica del mundo y de las estructuras de poder. Una de las fábulas más breves dice: "Una zorra miraba con desprecio a una leona porque nunca había parido más de un cachorro. Sólo uno, respondió la leona, pero un león". La enseñanza contenida en estas breves piezas es una moral común y popular: la prudencia y la moderación son las virtudes supremas; son estimadas la fidelidad, el agradecimiento, el amor al trabajo. Pese a ello, no queda en absoluto desprestigiada, por ejemplo, la astucia que sabe aprovecharse de la estupidez ajena. No se expresa, pues, una ética rígida, sino una moral pragmática y popular, presidida por el sentido común.
Los animales encarnan determinadas cualidades o actitudes frente a la vida; tales atributos pueden ser negativos o positivos, y en función de ello se verán castigados o recompensados en el desenlace de relato. Dichas cualidades se atribuyen a los animales siguiendo una tipología que permanecería inalterada entre los seguidores e imitadores que desarrollaron el género: la zorra es la encarnación de la astucia; el lobo, de la maldad; la hormiga, de la previsión; el león, de la majestuosidad. De este modo, a través del comportamiento de los animales, las virtudes y defectos del ser humano son viva y eficazmente puestos de relieve ante el lector. Hay que advertir que, aunque esta sea la tónica general, en algunas de las fábulas intervienen también seres humanos o divinidades.
Del desenlace de la historia se desprende, como ya se ha indicado, la enseñanza moral: el desenlace premia o castiga a los animales protagonistas en función de si poseen una cualidad positiva o negativa. Pese a ello, y para que no quede duda alguna, se añade después del relato una moraleja explícita en forma de frase sentenciosa.
Véase, por ejemplo, El perro y la carne: "Junto a un río de manso curso y cristalinas aguas, caminaba cierto perro ladrón con un hermoso pedazo de carne entre los dientes. De pronto, se vio retratado en el agua. Y como viera que otro compañero suyo llevaba también en la boca un buen trozo de carne, quiso apoderarse de él. Soltó la carne, que desapareció en el río, y contempló, espantado, que se quedaba sin el bocado verdadero y sin el falso". Es obvio que la historia previene contra la codicia, defecto por el que el perro ha sido castigado, pero igualmente se añade la moraleja sentenciosa: "Así siempre sucede al codicioso, que pierde lo propio queriendo apoderarse de lo ajeno."
Cinco siglos después de Esopo, una colección latina versificada del siglo I d.C. hecha por Fedro, un esclavo liberado por el emperador romano Augusto, incluyó fábulas inventadas por el propio autor junto con otras esópicas tradicionales, reelaboradas con mucha gracia y que influyeron en la manera adoptada por escritores posteriores. Similar alcance tuvieron en el siglo II d. C. las fábulas griegas en verso de Babrio, y durante la Edad Media las de Esopo tuvieron una extraordinaria aceptación. En el siglo XVIII, con el auge del Neoclasicismo, el género pareció vivir una edad de oro de la mano de autores tan prestigiosos como el francés La Fontaine. En lengua castellana alcanzaron gran fama en la misma época las fábulas de Félix Samaniego y Tomás de Iriarte.

Babrio

(Valerius Babrius, también llamado Babrias; siglos II o III d.J.C.) Fabulista griego. Se conoce muy poco de este poeta griego, cuyo nombre, posible metátesis de la denominación latina más conocida Barbius, revela un origen itálico. También sus fábulas manifiestan la influencia de la cultura, la lengua y la métrica latinas, aunque en ocasiones el contenido resulte oriental (Arabia con sus camellos) y respire un clima siríaco. Cabe por lo tanto deducir que Babrio, hijo de una familia itálica establecida en Oriente, no debió de conocer Italia y vivió probablemente en Siria.
Tampoco se sabe con certeza en qué época vivió. Por un lado, en el Alejandro que Babrio menciona en sus fábulas ha querido reconocerse a Alejandro Severo (208-235), mientras que, por otra parte, la difusión que su obra tuvo en las escuelas a partir de los primeros años del siglo III induce a situar al autor en el siglo II.
Conocemos la obra de Babrio por un códice del Monte Athos, mutilado y lleno de lagunas, que presenta sus fábulas en orden alfabético según la letra inicial y contiene apenas unos dos tercios de la colección primitiva; algunas otras de estas fábulas nos han llegado por medio de otras fuentes. El códice, titulado Fábulas esópicas en yambos, incluye 123 fábulas en coliambos (trímetros yámbicos, escazontes).
Babrio tomó su material no sólo de alguna colección de fábulas de Esopo, tal como indica el título y el primero de los dos prólogos, sino también de otras fuentes, especialmente poéticas, y en parte de tradiciones orientales. Cada fábula tiene como máximo unos treinta versos, y a menudo son más breves; excepcional por su longitud es la del león enfermo y la zorra. Entre fábula y fábula a menudo aparecen consideraciones en prosa.
El narrador algunas veces no está falto de vigor en la reelaboración de un material ya casi todo conocido, y la versificación es, a veces, cuidada y agradable. El interés de su obra es hoy sobre todo histórico y filológico; pero en las escuelas de la época grecorromana y en el medievo bizantino, las fábulas de Babrio alcanzaron grandísimo éxito como libro de instrucción y educación moral.

jueves, 13 de agosto de 2020

Nace el emperador Akihito

efeméride


El 23 de diciembre de 1933 nacía en Tokio el actual emperador emérito Akihito. Su majestad imperial lo fue durante 30 años. Abdicó al trono el 30 de abril de 2019. 
El destino de Tsugu Akihito estaba en parte escrito cuando nació en 1933. Es el quinto hijo del emperador Hirohito y la emperatriz Nagako. El Príncipe, que tenía el título personal de "Príncipe Tsugu" como joven miembro de la Familia Imperial, fue educado en privado por tutores como la mayoría de la realeza de su generación. Sin embargo, también asistió a primaria y secundaria de la Escuela de Compañeros. Más tarde estudiaría ciencias políticas en la Universidad Gakushuin, pero no llegó a graduarse. 

Vivió fuera de Tokio durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, pero regresó tras la guerra. Debido a los cambios que la guerra había traído a la sociedad japonesa -como la eliminación del poder del emperador para gobernar de otra forma que no fuera ceremonial-, la educación de Akihito se amplió para incluir enseñanza del inglés y de la cultura occidental. Su tutora fue la bibliotecaria Elizabeth Gray Vining.

Una vez alcanzada la mayoría de edad, en 1952, fue investido como heredero del trono japonés. Siete años más tarde, rompiendo una tradición de 1.500 años de antigüedad, se casó con una plebeya, Shōda Michiko, que era hija de un rico hombre de negocios. Su primer hijo, el príncipe heredero Naruhito, nació el 23 de febrero de 1960; le siguieron el Príncipe Akishino (nacido el 30 de noviembre de 1965) y la Princesa Nori (el 18 de abril de 1969).

Akihito ha sido emperador de Japón durante 30 años, desde 1989 a 2019. Como vástago de la familia imperial más antigua del mundo, fue, según la tradición, el descendiente directo número 125 de Jimmu, el legendario primer emperador de Japón.

Su reinado, designado como Heisei ("Logrando la paz"), estuvo marcado por ambos regentes como embajadores de buena voluntad de Japón. 
A los 82 años difundió un discurso a través de televisión en el que expresaba su deseo de abdicar debido a su frágil estado de salud, apelando a los legisladores japoneses para alterar la Ley de la Casa Imperial de 1947, que no incluía un modus operandi para la abdicación. Finalmente, fue promulgada una ley especial para permitirle abdicar y el 30 de abril de 2019, el emperador renunció a su cargo y pasó el trono al Príncipe Heredero Naruhito quien desde el 1 de mayo de 2019 se convirtió en el nuevo emperador de Japón. 

Se crea el NO-DO

efeméride


El 22 de diciembre de 1942 se emitía el BOE nº 356 en el que se anunciaba la creación y las características del Noticiario y Documentales Cinematográficos (NO-DO), la gran herramienta propagandística del franquismo. Entre otras cosas se establecía que sería la Vicesecretaría de Educación Popular quien se encargaría de coordinar la creación de contenido, que su emisión era obligatoria en todos los cines de España antes de las proyecciones y que quedaba prohibida cualquier manipulación o emisión de los contenidos no autorizados por el régimen

España acababa de salir de la Guerra Civil y vivía los llamados “años del hambre”, cuando Franco y sus ministros (muy cercanos a los planteamientos fascistas y a Hitler por aquel entonces) apostaron por la autarquía y la población debía hacer frente a la reconstrucción del país y el racionamiento de alimentos. Siguiendo precisamente el estilo empleado por el ministro de propaganda alemán Joseph Goebbels, el franquismo decidió incluir esta serie de noticiarios en los que se daban a conocer, con un elemento partidista y propagandístico en absoluto disimulado, el día a día del entonces caudillo con el fin de blanquear su figura y dibujarlo como un trabajador incansable que siempre tuviera en mente el bienestar de los españoles. 

Además de en los desfiles militares, inauguraciones de pantanos, partidos de fútbol  o visitas en el Palacio del Pardo, especialmente conocidas son aquellas piezas del NO-DO en las que se veía a Franco pasando tiempo con su familia y amigos más cercanos. Pero además de seguir de cerca al dictador, el NO-DO se encargó de realizar una serie de documentales o cortometrajes en los que se daba espacio a temas turísticos, culturales y de la sociedad del momento. Estos aumentaron en su producción desde la década de los 50, cuando el régimen ya estaba sobradamente asentado y la situación económica del país era mejor.

El NO-DO fue de emisión obligatoria en todos los cines desde 1943, con su primera entrega, hasta 1976. Al año siguiente sería absorbido por RTVE y su emisión en las salas sería voluntaria, y así seguiría hasta que en 1981 desapareció definitivamente. En la actualidad los noticiarios, documentales y demás contenido perteneciente al NO-DO está disponible en un archivo online de RTVE y la Filmoteca Española.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Isabel I la Católica


(También llamada Isabel I de Castilla; Madrigal de las Altas Torres, España, 1451 - Medina del Campo, id., 1504) Reina de Castilla y León (1474-1504) y de la Corona de Aragón (1479-1504). Hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, Isabel la Católica tenía sólo tres años cuando su hermano Enrique IV ciñó la corona castellana (1454).

En 1468 Enrique IV, hombre de carácter débil e indeciso, reconoció a la princesa Isabel como heredera al trono en el pacto de los Toros de Guisando, con lo cual privó de sus derechos sucesorios a su propia hija, la princesa Juana. La maledicencia suponía que la princesa Juana era en realidad hija de Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque; de ahí su sobrenombre de Juana la Beltraneja.
Con el objetivo de consolidar su posición política, los consejeros de Isabel la Católica acordaron su boda con el príncipe Fernando de Aragón, primogénito de Juan II de Aragón, enlace que se celebró en secreto, en Valladolid, el 19 de octubre de 1469. Al año siguiente, molesto por este matrimonio, Enrique IV de Castilla decidió desheredar a Isabel y rehabilitar en su condición de heredera a Juana la Beltraneja, que fue desposada con Alfonso V de Portugal.
La consecuencia fue que, a la muerte del rey Enrique IV (1474), un sector de la nobleza proclamó a Isabel soberana de Castilla, mientras que otra facción nobiliaria reconocía a Juana la Beltraneja (1475), lo cual significó el inicio de una sangrienta guerra civil. A pesar de la ayuda del monarca portugués a la Beltraneja, el conflicto sucesorio se decantó a favor de Isabel en 1476, a raíz de la grave derrota infligida a los partidarios de Juana por el príncipe Fernando de Aragón en la batalla de Toro.
Los combates, sin embargo, se sucedieron en la frontera castellanoportuguesa hasta 1479, en que el tratado de Alcaçobas supuso el definitivo reconocimiento de Isabel como reina de Castilla por parte de Portugal, además de delimitar el área de expansión castellana en la costa atlántica de África. Aquel mismo año, por otra parte, el óbito de Juan II posibilitó el acceso de Fernando II de Aragón al trono de la Confederación catalanoaragonesa, y la consiguiente unión dinástica de Castilla y la Corona de Aragón.

El testamento de Isabel la Católica (detalle de un óleo de Eduardo Rosales)
Las líneas maestras de la política conjunta que desarrollaron Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (que pasarían a la historia como los Reyes Católicos, título concedido en 1494 por el papa Alejandro VI) fueron el afianzamiento y la expansión del poder real, el estímulo de la economía, la conclusión de la reconquista a los musulmanes de todo el territorio peninsular y el fortalecimiento de la fe católica.
Para consolidar y prestigiar la monarquía, la reina implantó la Santa Hermandad, institución encargada de garantizar la estabilidad del orden público y la administración de justicia (1476), abolió las prerrogativas otorgadas a la nobleza por Enrique IV (1480) y convirtió el Consejo Real en el principal órgano de gobierno del reino, en detrimento de las Cortes.
En el aspecto económico, Isabel la Católica saneó la hacienda pública merced a un estricto sistema fiscal e incentivó el desarrollo de la ganadería ovina y del comercio lanero. Además, supo canalizar la tradición militar y expansiva de Castilla hacia la conquista del reino nazarí de Granada, último bastión islámico en la Península (1492), y la guerra contra los musulmanes norteafricanos, a los que arrebató Melilla (1497). Con todo, el mayor logro de la política exterior isabelina fue, sin duda, el apoyo a la expedición que culminaría con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón (1492).
En materia religiosa, por último, Isabel la Católica llevó a cabo una profunda reforma eclesiástica con la ayuda del cardenal Cisneros, creó el tribunal de la Inquisición para velar por la ortodoxia católica (1478) y culminó el proceso de unificación religiosa con la expulsión de los judíos (1492) y los mudéjares (1502). A su muerte, acaecida el 26 de noviembre de 1504, el trono castellano pasó a su hija Juana la Loca (Juana I de Castilla), madre del futuro rey y emperador Carlos.

Juana la Beltraneja



(Juana de Castilla, llamada la Beltraneja; Madrid, 1462 - Lisboa, 1530) Princesa castellana. Aunque nacida del matrimonio de Enrique IV de Castilla con su esposa Juana de Portugal, los adversarios de su padre la acusaron de bastarda, en virtud de los rumores sobre la impotencia del rey y la frivolidad de la reina; de ahí su apodo, pues decían que Juana era hija del favorito Beltrán de la Cueva.

Esta circunstancia, de la que no existen pruebas, empezó a ser aludida por los participantes en la revuelta nobiliaria contra Enrique IV de 1464-68. Los rebeldes defendieron primero los derechos del infante don Alfonso (hermano del rey), y al morir éste durante la revuelta, de su otra hermana, la infanta Isabel (la futura Isabel I de Castilla, llamada la Católica).
Por el Pacto de los Toros de Guisando (1486), Enrique IV se comprometió a revisar el orden sucesorio (Juana había sido jurada como heredera por las Cortes) para dejar como heredera a Isabel. Pero el monarca incumplió la promesa a raíz del matrimonio de Isabel con Fernando II de Aragón (1469) y, en 1470, reconoció a Juana como heredera legítima.
Al morir don Enrique cuatro años después, se inició una guerra civil en Castilla entre los partidarios de Isabel y los de Juana, apoyados éstos por el rey de Portugal, Alfonso V, que contrajo matrimonio con la Beltraneja. Tras ser derrotados sus partidarios, el Tratado de Alcaçovas (1479) obligó a Juana la Beltraneja a recluirse en un convento de Coimbra. Salió de allí unos años más tarde para ir a establecerse en Lisboa, donde permaneció hasta su muerte haciéndose llamar reina de Castilla.

Cristóbal Colón



Pocas figuras históricas han sido tan controvertidas y ofrecido tantos rasgos ambiguos como la del navegante que llamamos Cristóbal Colón, pese a que no nació con ese nombre. Es reconocido como «el descubridor de América», aunque él nunca lo supo y, desde un punto de vista estricto, no lo haya sido cabalmente. Su verdadera identidad, su lugar de nacimiento, su origen nobiliario o plebeyo, sus estudios o ignorancias, sus aventuras de juventud, sus ambiciones o mezquindades y sus conocimientos ciertos o delirios afortunados se han prestado a numerosas disquisiciones y debates entre biógrafos e historiadores.

En lo que hace a su persona, los trabajos reunidos en la Raccolta Colombiana (Italia, 1892-1896), el Documento Aseretto (hallado unos años después), las investigaciones de los eruditos españoles Muñoz y Fernández Navarrete y el más reciente Diplomatorio Colombino dan cuenta, definitivamente, de su origen genovés y humilde, y permiten reconstruir sin mayores dudas ni lagunas los avatares de su agitada e intensa biografía.
Respecto a la importancia de su hazaña cabe señalar que fue sorprendente en lo geográfico y oportuna en lo político, pero no tan novedosa en lo científico como se suele afirmar. La ciencia de fines del siglo XV ya aceptaba que la Tierra era un globo esférico, sabía que teóricamente se podía llegar a las antípodas navegando hacia el oeste, conocía la existencia de islas y tierras septentrionales exploradas por vikingos y daneses, y suponía que quien intentara arribar a las Indias por el poniente podía tropezar en su camino con alguna «terra incógnita».
Desde la Edad Media existían especulaciones y leyendas sobre los límites del Mar Tenebroso. El irlandés San Brandán habló ya de un gran continente y de «una inmensa isla con siete ciudades», e historias parecidas se registran en las tradiciones gaélicas, celtas e islandesas, mientras que los árabes peninsulares mencionan la expedición de los magrurinos, que zarparon de Lisboa y «después de navegar once días en dirección al oeste y veinticuatro días hacia el sur» llegaron a unas tierras donde pastaban ovejas de carne amarga.
Ya en siglo XIV, el veneciano Niccolò Zeno dibujó un mapa en el que se definían claramente Groenlandia y las costas de Terranova y Nueva Escocia. Y unos años antes el cardenal Pierre d'Ailly, en su obra Imago Mundi, desarrolló con toda amplitud la idea de llegar a los dominios del Gran Kan (descritos por Marco Polo) tras una travesía relativamente breve hacia el oeste. El propio Colón estaba absolutamente convencido de que hallaría tierra firme «unas setecientas leguas más allá de las Canarias».

Cristóbal Colón (supuesto retrato de Sebastiano del Piombo, 1519)
El proyecto no era nuevo; en realidad, era incluso popular entre cartógrafos y navegantes como posible alternativa a la larga ruta de las especias. Tanto, que uno de los mayores temores de Colón era que otro se le adelantara en cruzar el Atlántico. Pero lo que ni él ni los sabios o los marinos de ese tiempo podían imaginar era la inmensa extensión de la «terra incógnita», ni la inesperada vastedad del Pacífico. Ése fue el verdadero descubrimiento científico que se inició aquel día de 1492: no sólo apareció un «Nuevo Mundo», sino que el antiguo globo terráqueo se expandió a casi el doble del tamaño que se le suponía.
Un joven aventurero
El estudio comparado de diversas documentaciones permite asegurar que el futuro navegante nació en Génova y que tal hecho debió de ocurrir entre el 25 de agosto y el 31 de octubre del año 1451. Se le dio el nombre de Cristóforo, y fue el primer hijo del matrimonio formado unos cinco años antes por Doménico Colombo y Susana Fontanarossa. La familia estaba asentada en la Liguria desde por lo menos un siglo atrás, aunque sus miembros siempre fueron campesinos o artesanos sin medios de fortuna. El propio Doménico parece haberse trasladado desde Quinto a Génova alrededor de 1429 para aprender el oficio de tejedor. Los Colombo tuvieron otros tres hijos y una hija, Bianchinetta. Dos de estos hermanos Colombo habrían de jugar un papel preponderante y continuo en las aventuras y desventuras del primogénito: Bartolomé y Giacomo. Al segundo de ellos se le llamaría Diego en España.
Apenas tenía Cristóforo edad suficiente cuando ayudaba ya a su padre en sus sucesivos trabajos como quesero y tabernero, o lo acompañaba en viajes de negocios a Quinto o Savona. Era un chico despierto e inquieto, pero no consta que hubiera seguido ningún tipo de estudios. Lo que verdaderamente le atraía era el puerto, los relatos de marineros, las naves que llegaban de tierras lejanas. Génova era un importante centro del comercio marítimo y no le costaba mucho al joven Colombo enrolarse en los barcos de las grandes compañías navieras de la ciudad, que realizaban diversos itinerarios mercantiles por el Mediterráneo. Así aprendió, en la práctica sobre cubierta, el oficio del mar. Hablaba con los pilotos de vientos y corrientes, leía las cartas marinas y ensayaba el uso de los instrumentos náuticos. A los veinte años era ya un buen marinero.

Las carabelas de Colón
Tras su probable alistamiento en una expedición de la armada ligur a la isla griega de Quíos, que formaba parte de los dominios genoveses, en 1476 Cristóforo se embarcó en una flotilla comercial con destino a Flandes. Pero, a poco de atravesar el estrecho de Gibraltar, un suceso providencial cambiaría la vida del joven Colombo. Era el momento en que portugueses y franceses apoyaban a Juana la Beltraneja en la lucha por la sucesión de Castilla, y navíos de guerra galos atacaron sin mayor razón que el bucanerismo al convoy genovés.
Hundida su nave, Cristóforo alcanzó a nado la costa lusitana. Poco después se encontraba instalado en Lisboa, como agente de la importante casa naviera Centurione, armadora de la flotilla atacada. Allí cambió su nombre por Cristóbal y su apellido por Colomo o Colom, mientras se le reunía su hermano Bartolomé, también marino e interesado en la cartografía.
Cuenta la tradición que los Colomo llevaban una vida aposentada y tranquila, y que el mayor acostumbraba oír misa en el convento de Santos. Allí se fijó en una de las pupilas, Felipa Moniz Palestrello, joven hermosa y de familia importante. La madre, Isabel Moniz, era de noble linaje, emparentado con el de Braganza; el padre, Diego Palestrello, también genovés, estaba estrechamente relacionado con las empresas náuticas de la corona portuguesa y era a la sazón gobernador de la isla de Porto Santo, en el archipiélago de Madeira. Cristóbal pidió y obtuvo la mano de Felipa en 1477, y un año después nació un hijo al que bautizaron como Diego.
Bajo la influencia de su suegro, Colón se interesó cada vez más en los aspectos geográficos y científicos de la navegación, apartándose de su faceta meramente comercial. En esto pudo pesar también su temprana viudez (Felipa murió un año después de dar a luz) y sus desavenencias con la casa Centurione, a la que puso el prolongado pleito parcialmente reflejado en el Documento Aseretto.
El gran proyecto
A partir de ese momento, Cristóbal Colón comenzó a soñar y diseñar el ambicioso y desmesurado proyecto que habría de obsesionarlo toda su vida: descubrir una ruta más corta y segura a las Indias, navegando hacia occidente. Ya se ha dicho que la idea teórica estaba bastante difundida y se han citado antecedentes más o menos legendarios, a los que hay que agregar los que el propio navegante pudo recoger en sus estancias en Porto Santo y la atmósfera de «expansión oceánica» que se respiraba en Portugal a partir de los descubrimientos y exploraciones de los archipiélagos atlánticos y las costas de África.
Pero es probable que el factor desencadenante fuese una carta que el sabio florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli había dirigido al canónigo lusitano Fernando Martins para que interesara al rey de Portugal en sus ideas. El documento -o una copia de éste- llegó a manos de Cristóbal Colón, quizá por mediación de Diego Palestrello. La teoría del humanista de Florencia resume los conocimientos de la época sobre el globo terráqueo, que acertaban en su forma esférica y erraban en el cálculo de sus dimensiones, adjudicando sólo 125 grados a la distancia que separaba Canarias de Asia.

El primer viaje de Colón
Cristóbal Colón asumió la idea, la transformó en proyecto expedicionario y la elevó al rey Juan II de Portugal. El monarca puso como condición que no se zarpase desde las Canarias, pues en caso de que el viaje tuviera éxito, la Corona de Castilla podría reclamar las tierras conquistadas en virtud del Tratado de Alcaçovas. A Colón, que sólo confiaba en los cálculos que había trazado desde las Canarias, le pareció demasiado arriesgado partir de Madeira, de modo que no hubo acuerdo. Hay quien dice que el monarca recelaba de aquel extranjero sin títulos ni estudios, y envió en secreto otra expedición que terminó en fracaso. Resentido por este engaño, o más probablemente a causa de sus apuros económicos y la ilusión de encontrar otro protector, Cristóbal abandonó Lisboa junto a su hijo Diego y su hermano Bartolomé. Bordearon la península con la intención de dejar al pequeño Diego a cargo de su tía materna Violante Moniz, que vivía en Huelva.
En el camino se detuvieron en el cercano convento franciscano de La Rábida, donde se alojaron como albergados. El padre guardián, fray Juan Pérez, que había sido confesor de la reina, se entusiasmó con el proyecto del extranjero que se hacía llamar Xrobal Colón (XR era en la época el anagrama de Cristo), e interesó en él a su erudito cofrade fray Antonio de Marchena, experto en astronomía y cosmografía. Ambos frailes le dieron recomendaciones para el duque de Medinaceli, quien se apasionó por la idea y retuvo a Colón durante más de un año, con el propósito de preparar la expedición. Pero los Reyes Católicos desautorizaron tal proyecto, y todo lo que pudo hacer el duque fue enviarles al navegante a su corte de Córdoba.
Una vez más, en 1486, un consejo de sabios reunido en Salamanca desaconsejó la empresa, quizá porque ya poseían indicios de lo extenso y arduo de la travesía. Pero la reina Isabel la Católica, pese a estar enzarzada en la guerra de Granada, no descartó del todo la idea de llevar a las Indias el pabellón de Castilla; otorgó una pensión al navegante y le rogó que permaneciera en Córdoba. Cristóbal se instaló en un mesón, donde entabló relación con la joven Beatriz Enríquez, veinte años menor que él. De esa unión nació en 1488 un hijo, Hernando Colón, que sería el primer biógrafo del Almirante y el principal responsable de los ocultamientos y ambigüedades que durante siglos envolverían a su figura.

Cristóbal Colón y su hijo Diego en el convento de La Rábida (óleo de Giustiniano Degli Avancini, 1834)
Ultimada la conquista de Granada, los Reyes Católicos recibieron con mejor talante a Colón. Pero las pretensiones del extranjero resultaban desmesuradas: el almirantazgo de la Mar Océana, el virreinato hereditario de las tierras que encontrara y una parte importante de todas las riquezas que él o sus hombres obtuvieran por conquista o por comercio. El rey Fernando el Católico le hizo notar su exceso; la reina Isabel, en cambio, le despidió con vagas promesas. Colón, harto de su deambular ibérico, resolvió llevar su proyecto ante el rey de Francia.
Los frailes de La Rábida consiguieron disuadirlo y, con la colaboración de los cortesanos Luis de Santángel y Juan de Coloma, convencieron a los monarcas católicos de avenirse al llamado Protocolo de Santa Fe, que en 1492 concedió al Almirante los títulos y prebendas que exigía, aunque sólo el diez por ciento de los eventuales beneficios. Pero los exhaustos tesoros reales no aportaron un solo maravedí para financiar la expedición; pese a lo que diga la leyenda, las joyas de la reina ya habían sido pignoradas a los usureros valencianos. Con ellos tuvo relación Santángel, a quien se debió la brillante idea de hipotecar el arrendamiento de los derechos genoveses al puerto de Valencia, baza que tomó, por mediación del propio Cristóbal Colón, el rico banquero ligur Juanoto Berardi. Resuelto el problema financiero, sólo faltaba hallar los barcos y las tripulaciones.
El descubrimiento de América
Tuvo entonces Colón otro encuentro providencial: Martín Alonso Pinzón, acaudalado armador, viejo lobo de mar y próspero mercader de Huelva, que se apasionó por el proyecto colombino. Gracias al prestigio de Pinzón, los recelosos marinos onubenses aceptaron enrolarse en la extraña empresa, y los armadores Pinto y Niño accedieron a desprenderse de sendas carabelas que serían bautizadas con sus nombres. Martín Alonso y su hermano Vicente Yáñez Pinzón pilotarían esas naves, mientras que el Almirante escogió una nao cantábrica anclada en el puerto de Palos, llamada Marigalante. Su armador, el cartógrafo Juan de la Cosa, ofreció incorporarse a la expedición como maestre, y la nave capitana fue rebautizada como Santa María. Restaba aún comprar aparejos y provisiones. Los hermanos Pinzón y sus amistades reunieron el dinero faltante, y todo quedó listo para hacerse a la mar.

Salida del puerto de Palos
La expedición partió del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492. Pese a la oposición de Martín Alonso y las dudas de Juan de la Cosa, Colón insistió obcecadamente en mantener el derrotero que marcaba el grado 28 de latitud, que pasaba por la isla de Hierro. Por fortuna, intuición o saberes que el Almirante no reveló, ese rumbo se mostraba muy favorable para avanzar sin zozobra hacia el poniente. Y la pequeña escuadra se internó en el enigma del «Mar Tenebroso».
Pero pasaron más de dos meses sin avistar tierra y se produjeron conatos de rebelión, reducidos gracias a la autoridad indiscutida de Pinzón. Fue también el veterano piloto quien finalmente convenció a Cristóbal Colón de torcer el rumbo al sudoeste. Pronto comenzaron a ver ramas flotantes, pájaros y otros signos inequívocos de que se acercaban a una costa. Debe decirse que, si hubieran seguido el derrotero del paralelo 28, habrían llegado a la Florida, y quizá la historia del descubrimiento de América y del nuevo continente hubiese sido otra.
En la noche del 11 al 12 de octubre de 1492, el marinero Juan Rodríguez Bermejo, apodado el Trianero, dio el grito de «¡Tierra!» desde la cofa de La Pinta. Al amanecer desembarcaron en una isla (Guanahaní o Watling, en las Bahamas), a la que Colón dio el nombre de San Salvador. Convencido de encontrarse en los dominios del Gran Kan, el navegante recorrió el archipiélago en busca de riquezas. Pero sólo hallaron forestas tropicales y nativos desnudos. Luego de tocar la isla de Juana (Cuba), la Santa María encalló irremisiblemente en la costa de La Española (actual isla de Santo Domingo).

Primer desembarco de Cristóbal Colón en América (Dióscoro Teófilo Puebla, c. 1862)
Colón decidió aprovechar los restos de la nave para construir un precario fuerte, que llamó La Navidad por ser 25 de diciembre. Quedaron allí unos pocos voluntarios; el resto de la expedición emprendió el regreso el 4 de enero de 1493. El Almirante capitaneaba La Niña y ordenó gobernar al norte, rumbo aparentemente erróneo. Pero una vez más acertó, pues la corriente del golfo lo enfiló sin dificultad hacia la península, mientras La Pinta de Martín Alonso Pinzón era desviada por un temporal. Arribaron el uno a Lisboa y el otro a Bayona (Galicia). Y en tanto Colón rechazaba las ofertas de Juan II de Portugal para apropiarse del descubrimiento, Martín Alonso Pinzón, enfermo, moría poco después.
Los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón en Barcelona con gran pompa y ceremonia, sin dejarse convencer por las intrigas que ya se tejían contra él. Le confirmaron sus títulos y privilegios y por real cédula adicionaron un castillo y un león a su escudo de armas. Pero el Almirante sólo pensaba en regresar a las Indias, y esta vez con gran despliegue náutico.
El 25 de septiembre de 1493 zarpó de Cádiz al frente de una poderosa flota de mil quinientos tripulantes, con capitanes como Juan Ponce de León, Pedro de Margarit o Bernal Díaz, eclesiásticos, cartógrafos y el hidalgo conquense Alonso de Ojeda, que llegaría a ser paradigma del conquistador temerario. Este segundo viaje duró más de dos años y en él se exploraron las Pequeñas Antillas y las islas de Puerto Rico y Jamaica, además de bordear las costas de Cuba. El antiguo fuerte de La Navidad había sido arrasado por los indios, y Colón fundó un nuevo enclave que denominó La Isabela. Dejó allí como adelantado y gobernador a su hermano Bartolomé Colón, no sin antes reprimir duramente a los nativos con la ayuda de Ojeda. En el ínterin habían llegado a la península noticias, quizás interesadamente exageradas, sobre las arbitrariedades del Almirante y las matanzas de indígenas. Lo cierto es que Colón resultó tan torpe gobernante en tierra como insigne nauta en el mar.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos (Juan Cordero, 1850)
Pero los reyes, por el momento, mantuvieron su confianza y autorizaron un nuevo viaje «para enmendar los yerros» que pudiera haber cometido. Seis carabelas partieron de Sanlúcar de Barrameda el 30 de mayo de 1498, tripuladas en su mayor parte por penados: tanto era el temor y la desconfianza que ya inspiraban las historias de mucho riesgo y poco beneficio que llegaban de las nuevas tierras. Esta tercera expedición fue la que llegó más al sur, circundando la isla Trinidad y avistando la desembocadura del Orinoco, en la actual Venezuela. Pero a Colón le acuciaba volver a La Española, tras una ausencia de treinta meses. Encontró allí un verdadero caos. El corregidor Francisco Roldán, apoyado por ex reclusos y caciques inamistosos, se había sublevado contra sus hermanos Bartolomé y Diego Colón, mientras las fuerzas regulares permanecían neutrales.
Incapaz de dominar la situación, el Almirante reclamó auxilio a la corona, reconociendo tácitamente sus desaciertos como virrey. Meses más tarde, tras nuevas bravatas de Roldán y excesos de los Colón, arribó el comisario real, Francisco de Bobadilla. Éste mandó apresar a los tres hermanos, que al llegar a la península permanecieron encarcelados en Cádiz. La historiografía actual entiende que la actuación de Bobadilla fue correcta, dadas las circunstancias. No obstante, los reyes ordenaron liberar a los detenidos, aunque privaron provisionalmente a Cristóbal Colón de la gobernación del Nuevo Mundo.
Tanto porfiaba el Almirante en volver que finalmente se le permitió embarcar, aunque con expresa prohibición de acercarse a La Española. En este cuarto y último viaje tocó las costas de Centroamérica (Panamá, Costa Rica, Nicaragua). Regresó cansado y enfermo para afincarse en Valladolid, donde (contra otro mito muy difundido) disfrutó de muy buenas rentas hasta que le sorprendió la muerte el 20 de mayo de 1506. Inicialmente fue enterrado en Sevilla; años después, su hijo Diego Colón trasladó sus restos a La Española (Santo Domingo), de la que era gobernador.