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miércoles, 8 de abril de 2020

El cristianismo

El cristianismo es en la actualidad la religión con mayor número de adeptos en todo el mundo: casi una tercera parte de la humanidad es cristiana (en torno a los dos mil millones de personas) y por su capacidad de adaptación se halla presente en todos los continentes. A lo largo de los dos mil años de su historia, aparecieron en su seno diferencias y escisiones que han dado lugar a una pluralidad de Iglesias. Todas ellas coinciden en unas creencias fundamentales (la unidad de Dios y la mesianidad y divinidad de Jesús), pero difieren en la estructura institucional, la valoración de determinadas tradiciones bíblicas y eclesiásticas y el ordenamiento de los ritos comunitarios.
Pueden establecerse tres grandes bloques a los que, prescindiendo de diferencias menores dentro de cada grupo, podemos denominar cristianismo católico, ortodoxo oriental y reformado o protestante. Esas tres grandes Iglesias (Católica, Ortodoxa y Protestante) comparten esencialmente las mismas escrituras sagradas (la Biblia) y surgen después de un primer milenio de cristianismo indiviso, aunque no exento de herejías que sufrieron marginaciones y persecuciones.
Orígenes del cristianismo
Conocemos los orígenes y formación del cristianismo por, en primer lugar, los libros del Nuevo Testamento, que refieren la vida y muerte de Jesús de Nazaret y algunos hechos relativos al establecimiento de la Iglesia. Aun siendo escritos de creyentes en el mensaje cristiano, y no tratarse, en consecuencia, de testimonios imparciales, muchos de sus informes responden perfectamente a la ideología y las costumbres del medio judío y el mundo helenístico-romano en que se sitúan los hechos. Por otra parte, aunque representen una defensa de la realidad cristiana, constituyen un testimonio palpitante y sincero más que una apología a toda costa. Basta pensar en el papel poco airoso que repetidas veces representan en los evangelios los primeros dirigentes de la comunidad, los apóstoles de Jesús: obtusos, egoístas, cobardes y hasta desleales al Maestro. El retrato del propio Jesús rebosa humanidad incluso en su misma actividad taumatúrgica de curar enfermos y expulsar demonios.
El Evangelio de San Lucas intenta conectar el hecho cristiano con algunos acontecimientos de la historia universal: "En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea..." (Lucas 3, 1) inició San Juan Bautista su actividad de predicador, exhortando al pueblo a la conversión de sus pecados y a recibir un bautismo de penitencia, que él administraba en las aguas del Jordán.

El bautismo de Cristo (1723), de Francesco Trevisani
Allí acudió Jesús para ser bautizado por Juan. Y, tras retirarse al desierto para un período de meditación de cuarenta días, Jesús dio comienzo a su ministerio público, que se prolongaría unos tres años, según el cómputo más probable. De entre los primeros seguidores eligió a doce, a los que llamó "apóstoles" o emisarios, porque pronto los enviaría a predicar su mensaje, que en esencia decía: "Se ha cumplido el tiempo; el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el evangelio" (Marcos 1, 15). Todo en un lenguaje que sólo era accesible a los creyentes de Israel, pues eran expresiones e ideas del Antiguo Testamento.
Jesús enseñaba en las sinagogas, las plazas, los campos y a orillas del lago galileo de Genezaret, comentando pasajes de los profetas y preceptos de la Ley, con gran aceptación del público sencillo y con recelo primero y con hostilidad después por parte de los dirigentes religiosos y del sacerdocio oficial, representados por las sectas de los fariseos y los saduceos. Su mensaje del reino de Dios se envolvía en parábolas o comparaciones tomadas de la vida agraria y doméstica que captaban la atención de los oyentes por su tono vivo y familiar.
Jesús y sus primeros discípulos veían su actividad misionera como el cumplimiento de los vaticinios de los profetas que anunciaban la liberación de los pobres, los oprimidos y los enfermos. Desde el primer momento tomó el partido del pueblo y de los pecadores y marginados con una apertura y humanidad que irritaban la mentalidad legalista de los bienpensantes. La irritación subió de tono ante la autoridad personal con que Jesús exponía sus ideas sin recurrir a la autoridad de los maestros. El clamor de la gente era que nadie había hablado como él ni nadie había tenido sus poderes milagrosos para curar a los enfermos.
El Sermón de la Montaña (Mateo 5-7; Lucas 6, 20-49) resume el mensaje religioso y ético de Jesús, al paso que define su manera de actuar, que nada tenía que ver con un mesianismo violento y belicoso, como esperaban y anhelaban los zelotas en su odio contra Roma. Después de la que se ha llamado "crisis galilaica", por la cual las gentes desilusionadas de su pacifismo volvieron la espalda a Jesús, no era difícil prever un desenlace trágico. Jesús tuvo conciencia de ello y anunció repetidas veces su pasión y muerte a los discípulos, como testifican al unísono los tres primeros evangelios.

Entrada de Jesús en Jerusalem (c. 1620),
de Pedro Orrente
Con su entrada festiva y pacífica en Jerusalén cabalgando un asno, Jesús defraudó por completo a los violentos, aunque la simpatía del pueblo exacerbó aún más la envidia y los temores de los dirigentes judíos. En vísperas de la gran fiesta religiosa de la primavera, celebró la cena pascual con sus discípulos, dando a su muerte un carácter sacrificial de expiación, que ya anteriormente había sugerido. El rito iba a repetirse con sus elementos esenciales del pan y del vino en la cena del Señor o eucaristía cristiana.
Los criados del sumo sacerdote Caifás y de otros jerarcas lo apresaron en el Monte de los Olivos, al este de Jerusalén. Los dirigentes judíos lo condenaron por blasfemo, señalando que se hacía pasar por Mesías e Hijo de Dios, y lo acusaron ante el procurador romano de rebeldía contra Roma. Y Poncio Pilato lo condenó a muerte de cruz. La sentencia se ejecutó probablemente el 7 de abril del año 30 de la era cristiana.
La expansión del cristianismo
Todo parecía haber acabado de la forma más lastimosa: el héroe clavado en una cruz y sus discípulos desilusionados en sus esperanzas, huidos y escondidos por temor a las represalias de los dirigentes del pueblo. Pero al tercer día algunas mujeres creyentes, con María Magdalena a la cabeza, sobresaltaron a San Pedro y a otros discípulos anunciándoles que el Señor había resucitado y que lo habían visto vivo. Los propios discípulos comprobaron el suceso y pronto se reunieron y salieron a la calle proclamando impávidos el hecho portentoso. Al testimonio de Jesús, que ellos habían aceptado, se sumaba ahora su testimonio personal y decidido, que muchos aceptaron entrando en la nueva comunidad religiosa mediante la confesión de creyente en Jesús y a través del rito del bautismo en su nombre.
Los primeros adeptos eran judíos monoteístas, que no vieron dificultad alguna en conciliar su monoteísmo con la fe en Jesús como Mesías davídico y como Hijo de Dios. Pronto se sumaron al grupo personas procedentes de la gentilidad, a las que el proselitismo judío había acercado a la fe israelita y que se llamaban "prosélitos" o "temerosos de Dios". Por motivos de peregrinación y de comercio había muchos en Jerusalén, y al poco tiempo su número igualaba al de los cristianos descendientes de Abraham.
Jesús había limitado su actividad predicadora y curativa "a las ovejas de la casa de Israel", con apenas alguna breve incursión en el territorio pagano de Fenicia. Sin embargo, su mensaje de amor universal, del reino de Dios que acogía a todos y del Padre celestial que lo era de todos los hombres, rompía cualquier frontera nacionalista. Era el germen minúsculo que acabaría en árbol frondoso para dar sombra a todos. Pero los apóstoles, judíos todos de nacimiento y de mentalidad, tuvieron sus dudas acerca de los destinatarios del mensaje cristiano: si judíos solos o judíos y gentiles, igualados todos por la fe en Jesús y por el bautismo. El llamado "concilio de Jerusalén", celebrado el año 49, se hizo eco del problema buscando una solución consensuada.

San Pedro y San Pablo (c. 1605), de El Greco
Pero el gran paso adelante lo dio un judío llamado Pablo, que había nacido en Tarso (Asia Menor). Ciudadano romano, había estudiado en Jerusalén con el famoso rabino Gamaliel, y desplegó un gran celo en la defensa verbal y armada del judaísmo, llegando a perseguir violentamente a los seguidores de Jesús. Una fuerte vivencia personal cambió por completo su manera de pensar y se hizo cristiano en Damasco, capital de Siria, tomando el nombre romano de Paulus, Pablo. Nadie en la historia, a excepción de Jesús, iba a ser más determinante para el destino del cristianismo.
En sus incansables viajes misioneros por todo el Imperio Romano, San Pablo fundó numerosas iglesias locales, cuya fe alentó con sus cartas, que constituyen el primer testimonio escrito de la nueva religión y una parte sustancial del Nuevo Testamento. Aun siendo santa y santísima la ley de Moisés, afirma Pablo, no justifica ni santifica al hombre: eso lo hace la fe, como lo afirma el texto del Génesis 15, 6, que también aseguraba que todas las naciones serían bendecidas por el gran patriarca Abraham (Génesis 12, 3). La muerte de Jesús, interpretada a la luz de su resurrección, tenía un valor universal de rescate y reconciliación para todas las personas, cualesquiera que fuesen su nacionalidad, estado social y sexo: "Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). Quedaba conjurado un cisma o ruptura inicial. No habría más que una Iglesia universal y única, cobijando a judíos y a gentiles, aunados en la única fe en Jesucristo. Ése era el hecho decisivo que borraba todas las desigualdades y diferencias.
La institucionalización
Todas las comunidades cristianas locales compartían la misma fe en Jesús y en la acción misteriosa de su Espíritu; todas practicaban los mismos ritos, que esencialmente consistían en la recepción del bautismo como ceremonia iniciática de admisión y la celebración de la Cena del Señor. Pero hasta finales del siglo I no constituyeron una verdadera sociedad institucionalizada. Antes de ello no hubo propiamente una clase sacerdotal, equivalente por ejemplo a la judía del templo de Jerusalén o a las que pululaban en torno a los cultos helenístico-romanos. La dirección colegiada corría a cargo de los "presbíteros" (ancianos), los "diáconos" (servidores) y los "obispos" (supervisores), hasta que estos últimos aparecen a la cabeza de cada comunidad eclesial. Hasta entonces la dirección de las Iglesias había estado en manos de personajes carismáticos especiales, como eran los apóstoles, los profetas y los doctores, contando las dotes espirituales más que las administrativas. El denominado "episcopado monárquico", con un solo obispo al frente de cada comunidad, se inicia finales del siglo I.
La palabra "obispo" procede del griego epískopos, "inspector", "vigilante". Un texto de los Hechos de los Apóstoles los entiende en el sentido de personas que se mantienen "vigilantes" para pastorear a la Iglesia del Señor. En la literatura neotestamentaria no se definen con claridad ni su estado ni sus funciones. Puede admitirse que en los primeros momentos las comunidades cristianas estuvieran regidas por un consejo de ancianos y que en una segunda etapa hubiera ya un solo anciano como dirigente de cada comunidad. En los últimos años del siglo I o en los primeros años del siglo II estaba ya generalizado el establecimiento de un obispo al frente y como responsable de cada una de las iglesias locales.
En los primeros tiempos, a juzgar por lo que dice Pablo, el gran núcleo de creyentes de las Iglesias lo formaban gentes de baja condición económica y social: "No hay muchos ricos, no hay muchos sabios..." Si para los desheredados el mensaje cristiano representaba una esperanza de salvación (como la habían representado los cultos mistéricos de la Roma helenizada), para los pudientes y "prudentes" los orígenes ignominiosos de una "secta" judía que además era objeto de persecución no podían resultar demasiado atractivos.
Desde Nerón hasta Diocleciano hubo dos siglos y medio de persecución sangrienta, motivada por la negativa de los cristianos a dar culto al emperador divinizado: se les veía como rebeldes al Imperio, como traidores de lesa majestad. Pero la abundancia de testigos de sangre, como eran los mártires, dio un tono heroico a la existencia cristiana y avivó su conciencia de identidad: los verdaderos cristianos eran los que sufrían pasión y muerte violentas como su Maestro y Señor. Tertuliano, un teólogo del norte de África, veía en la sangre de los mártires la semilla fecunda de cristianos.

Constantino I
La decisión política del emperador Constantino I el Grande de declarar religión lícita el cristianismo mediante el edicto de Milán (313) y convertirla a los pocos años en la religión oficial del Estado supuso un cambio radical para la Iglesia. Los obispos se convirtieron de hecho en funcionarios con poderes espirituales y administrativos, acentuando el carácter piramidal de las comunidades urbanas, a la vez que contribuían al fortalecimiento de las instituciones civiles y, en definitiva, a la estabilidad del Imperio Romano, con un solo Dios, un solo Cristo y un solo emperador.
Las grandes ciudades de Antioquía, Alejandría y Bizancio en el imperio de Oriente, y Roma, en el de Occidente, fueron centros de poder político y económico y sedes episcopales cristianas con autoridad imprecisa pero real sobre las demás. Junto con Jerusalén formaron los cinco patriarcados. Al trasladar Constantino la capital a Bizancio, que desde entonces se llamó Constantinopla, el obispo de Roma gozó de autonomía y poder muy superiores a los de cualquier otro. El prestigio histórico de haber sido Roma evangelizada por Pablo y por Pedro (cuyos cuerpos reposaban allí), reforzó la posición privilegiada de la diócesis romana, sin competencia en Occidente.
La doctrina cristiana
El cese de las persecuciones y el prestigio que representaba su condición de religión oficial facilitaron la expansión del cristianismo hasta los límites del Imperio. Pero al mismo tiempo, al multiplicarse las comunidades con gentes de todos los estratos sociales, resultaba más difícil mantener la unidad de las creencias. Tanto más cuanto que la incorporación al cristianismo de pensadores con personalidad introdujo la reflexión crítica sobre las creencias tradicionales.
Ya desde el siglo II se habían dado desviaciones por obra, sobre todo, de herejías gnósticas. Pero fue en el siglo IV cuando se sintió la necesidad de dar a la institución eclesiástica un depósito bien preciso de verdades indiscutibles, que se apoyaban en la tradición apostólica y que eran aceptadas por la totalidad o la mayoría de las Iglesias locales de más prestigio. Tales verdades se denominaron dogmas, formulados de forma sintética en los símbolos o credos. En principio se pretendió explicar con conceptos de la filosofía griega vigente las realidades que de una manera concreta aparecían en el Nuevo Testamento. Así, se incorporaron conceptos como naturaleza, sustancia, esencia y persona, que no figuraban en la Biblia pero que podían contribuir a su mejor esclarecimiento.
A la fijación de tales postulados fundamentales estaban orientados los concilios y los sínodos eclesiásticos. "Concilio" es palabra latina y "sínodo" vocablo griego, y ambas significan asamblea o reunión. En el lenguaje eclesiástico designan las asambleas de obispos, generalmente convocadas por el emperador, que discutían y definían verdades y fórmulas del credo cristiano. Dentro de ese mismo lenguaje, el concilio pasó a designar las asambleas en teoría ecuménicas (universales), o al menos con participación de obispos de varias regiones, mientras que el sínodo era de carácter más local y reducido.

El emperador Contantino y los
obispos en el concilio de Nicea
El primero de los concilios ecuménicos fue el de Nicea (325), que definió la divinidad del Hijo, poniéndola en el mismo plano que la del Padre, contra la doctrina del sacerdote alejandrino Arrio. Los ocho primeros concilios ecuménicos perseguían aclarar conceptos relativos a la Trinidad de Dios y a la personalidad de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Se celebraron en los nueve primeros siglos y su autoridad sigue siendo reconocida por católicos, ortodoxos y buena parte de las Iglesias reformadas.
Debido a la posición de la Iglesia desde el siglo IV en el Imperio Romano y desde el V en el Imperio Bizantino, los concilios estuvieron supervisados y a veces manipulados por el poder estatal (todos se celebraron en Oriente y cuatro en la capital, Constantinopla) y tuvieron en ocasiones hondas repercusiones de índole política y social. La proclamación de la maternidad divina de la Virgen María en el concilio de Éfeso (431), contra la opinión del patriarca constantinopolitano Nestorio, fue motivo de tumultos populares.
A lo largo de su primer milenio de existencia, el cristianismo fue desarrollándose de forma diferente en los imperios de Occidente y Oriente, y la lucha por el poder entre el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla condujo al cisma de las dos iglesias (1050). En el imperio de Oriente se constituyó la Iglesia ortodoxa oriental, que se expandió hacia el Norte y evangelizó a los pueblos eslavos. En Roma se constituyó la Iglesia católica y su área de influencia abarcó Europa central y occidental. La Iglesia católica desarrolló un gobierno eclesiástico centralizado y estableció un sistema inmutable de dogmas. En el siglo XVI, la Reforma protestante quebrantó el poderío de la Iglesia y, a pesar de la Contrarreforma, en el norte de Europa florecieron las iglesias reformadas, que se escindieron en numerosas sectas. Hoy el movimiento ecuménico trata de unir de nuevo a todas las iglesias cristianas.
La reflexión teológica y la religiosidad monástica
La primera forma de pensamiento sistematizado la cultivaron los apologistas, con Justino Mártir a la cabeza, ya en los mismos finales del siglo I: se imponía la necesidad de defenderse contra los ataques judíos y paganos y de mejorar la imagen del cristianismo ante la clase pensante del Imperio. El tono polémico no desapareció nunca por completo, habida cuenta de la persistente floración de desviaciones o herejías dentro de la Iglesia; pero el acento cargó en la profundización del misterio cristiano para instrucción de los fieles.
Esa labor la llevaron a término los llamados padres de la Iglesia, con nombres tan ilustres como Orígenes, Tertuliano, San IreneoSan AtanasioSan Cirilo de Alejandría, San Cirilo de Jerusalén, los tres capadocios (Gregorio Nacianceno, Gregorio Niseno y Basilio), el milanés San Ambrosio, el antioqueno Juan Crisóstomo, los papas San León Magno y San Gregorio Magno, que unificaron desde el dogma a la música (canto gregoriano), el políglota San Jerónimo, que trabajó más que ninguno en la Biblia, el hispalense San Isidoro de Sevilla, primer "enciclopedista" de Occidente con sus Etimologías, y, por encima de todos en razón de su profundidad mental, su penetración psicológica y su enorme influencia, San Agustín, obispo de Hipona y autor de obras tan famosas como las Confesiones y La ciudad de Dios.

Agustín de Hipona en un fresco de Botticelli (c. 1480)
Junto a la religión institucionalizada, en las Iglesias egipcias empezó a abrirse paso un anhelo de religiosidad más íntima y alejada de las obligaciones familiares y sociales. Aspiraba a una huida del "mundo" de los hombres, que ya en el Nuevo Testamento (concretamente en Pablo y en Juan) aparecía como un poder contrario a Dios y a Cristo. Así nacieron los monjes, primero en total aislamiento y después en comunidades de anacoretas o retirados, dedicados a la penitencia y el ayuno, al trabajo físico y a la meditación espiritual. En Occidente difundió esa forma de vida ascética San Benito de Nursia (Italia), ordenándola con su Regla sensata y mesurada, que se resume en el binomio ora et labora (reza y trabaja). Fue la norma aceptada por todo el monacato occidental, que, con las ramas de Cluny (siglo X) y el Cister (siglo XV), llegó a ser el principal foco de religiosidad, arte y cultura en la Edad Media cristiana hasta la implantación de las universidades y la aparición de las órdenes mendicantes.

El Corán

El libro sagrado del Islam es el Corán; en él se expresa su credo y se incluye su ley. Su esencia y apariencia improfanables y trascendentales residen, para la fe musulmana, en contener la palabra de Alá revelada a su enviado o mensajero (rasul) Mahoma, quien la iba transmitiendo ("en lengua árabe clara", como dice el mismo Corán) a las personas de su alrededor como mensaje de salvación. Tales revelaciones tuvieron lugar de forma espaciada desde el año 610 de la era cristiana hasta el 632, en que murió. El nombre castellano procede directamente del árabe al-quran, palabra que significa "recitación" o, por extensión, "texto sagrado que se recita". Es un término emparentado con el siríaco, lengua en la que, todavía hoy, se designan las lecturas litúrgicas del rito maronita con la palabra qeryono. También se le conoce como Alkitab (El Libro), Furquan ("liberación", "salvación"), Kitab-ul-lah (Libro de Dios) y Al-tanzil (La Revelación).
Mahoma predicaba los textos que recibía por revelación, recitándolos y haciéndolos recitar a sus fieles, que los retenían de memoria y a veces los copiaban por escrito. Para ello se usaron soportes de toda clase: hojas de palma, fragmentos de hueso, pieles de animales, omóplatos de camellos, ostracas o cualquier otro objeto similar para escribirlas. Pertenecientes a una cultura de tradición oral, no sería difícil para los fieles de la nueva religión memorizar textos breves, bien rimados y rítmicos; sin duda quedarían grabados en la memoria con facilidad.
A la muerte de Mahoma, los musulmanes empezaron a reunir en manuscritos el conjunto de los textos coránicos existentes, suscitándose divergencias que fueron paliadas por la iniciativa del califa Uthman ibn Affan (644-656) de proceder a una redacción oficial, constituida como vulgata, con un texto consonántico característico que, sin embargo, no eliminó la posibilidad de que se produjesen diferentes "lecturas" (qiraat), cuyas variantes (no trascendentales) son compatibles con el texto consonántico de Uthman, y se concretan en ciertas divergencias de puntuación y vocalización. El texto consonántico de Uthman fue refundido en tiempos del califa omeya Abd al-Malik (685-705), y precisado con vocales y signos gráficos auxiliares, posiblemente durante el siglo VIII, pues Malik, el famoso alfaquí de Medina (muerto en el 795), sólo admitía tales signos en los ejemplares utilizados para la enseñanza.
El texto coránico se distribuye en 114 capítulos o azoras (suras), que, a su vez, están formados por versículos o aleyas (al-aya). Cada azora tiene un título, más o menos alusivo; la primera es la Fatiha o "apertura", breve oración, frecuentemente recitada, con tan sólo siete aleyas: "¡En el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso! Alabado sea Dios, señor del universo, el compasivo, el misericordioso, amo del día del juicio. Te adoramos, te pedimos ayuda. Condúcenos por la vía recta, la vía de aquellos a quienes das tu gracia, no la de quienes incurren en tu enfado ni la de quienes yerran". A esta azora inicial siguen las 113 restantes, dispuestas de mayor a menor longitud: así, la segunda azora (titulada "La vaca") tiene 286 aleyas, algunas extensas, y la última azora ("Los hombres") tiene sólo seis breves aleyas.

La primera azora del Corán
El título que encabeza cada una de las azoras está tomado o bien de uno de los temas tratados en ella o bien de una palabra u oración que en ella figure. A continuación se indica el lugar en que fue revelada, el número de aleyas o versículos de que consta y, finalmente, el basmalá ("En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso"), fórmula de invocación que inicia todas las azoras, excepto la nueve. Al principio de algunas azoras aparecen unas letra llamadas fawatih ("iniciales") o al-huruf al-muqatta ("letras cortadas"), de las que no se conoce su significado exacto; algunos investigadores, como Loth, consideran que son abreviaturas de apelativos divinos, mientras que otros, como Nöldeke, Hirschfeld y Buhlcreen, creen que se trata de la letra inicial o final del nombre de aquellos compañeros del profeta que todavía en vida de éste constituyeron sus propios corpus, lo que parece poco probable. Otros, como Zaki Mubarak, opinan que puede tratarse de notaciones musicales. Estas letras también se han interpretado desde perspectivas que intentan justificar y probar el carácter milagroso del Corán, como es el caso del erudito musulmán Baydawi.
Al estar colocados los 114 capítulos del Corán según la longitud de los mismos, el libro no sigue en sus materiales un orden temático, de modo que las referencias sobre una misma cuestión o aspecto se encuentran muchas veces dispersas entre varias azoras y aleyas, y ha de recurrirse a todas ellas para calibrar el conjunto de la doctrina coránica al respecto. Los textos del Corán tampoco están ordenados cronológicamente, siguiendo el curso temporal de la vida del Profeta en que se fueron sucediendo las revelaciones, con sus sucesivas estancias en La Meca y Medina. Desde muy pronto se realizaron propuestas de clasificación cronológica de las diversas azoras, sobre todo por el interés de distinguir los textos antiguos de los posteriores, ya que a veces hay desacuerdos entre unos y otros, y el contenido de un pasaje antiguo puede ser cambiado en otro revelado después. Ello dio lugar al procedimiento técnico de fijar los textos abrogados por otros ulteriores abrogantes.
Las azoras o capítulos suelen agruparse en cinco periodos. En el primer periodo mequí, que abarca cuarenta azoras, hay una presencia clara de la rima y del ritmo. En este periodo la presencia de Dios hace desaparecer al hombre. Dios no pretende dar un código de actuación sino restaurar un culto. Se insta a admirar la cosas creadas como signos del poder de Dios y se recuerdan los castigos que recibieron otros pueblos del pasado que no escucharon a sus profetas. El día del Juicio aparece como último argumento. En el segundo periodo, con 21 azoras, se empieza a jurar por el Corán en lugar de hacerlo por el sol, la luna, el cielo y otros entes naturales, y se desarrolla la historia de los antiguos profetas hebreos. A partir de este segundo periodo, también mequí, empiezan a encontrarse influencias judías que entraron por vía directa. En el tercer periodo, con 21 azoras, la argumentación se dirige a la generación que pide milagros para creer, sin saber ver que éstos se encuentran por todas partes.

Páginas de un Corán del siglo XIII
Los textos revelados en el cuarto periodo, considerado ya del periodo mediní, con 24 azoras, difieren en gran medida de los textos del periodo mequí. Mahoma es aquí un hombre de estado que se dirige a un grupo de creyentes. Su función es ahora enseñar y no convencer. El estilo pierde en ligereza y se vuelve difuso a lo largo de versículos muy largos. Por último, las azoras 2, 4, y 5 tratan fundamentalmente de la organización de la nueva sociedad y buena parte de su historia. Es una parte con una clara influencia hebrea.
Tanto en su contenido cuanto en su forma, el Corán, en tanto que palabra divina, es considerado perfecto. Su texto es también apreciado estéticamente, hecho que se manifiesta en el arte de su recitación, con sus diversas y melódicas interpretaciones, que pueden arrebatar al auditorio, y con el arte de su caligrafía, también estimable. Como pieza literaria sublime llegó a constituirse entre los musulmanes el dogma de su inimitabilidad. Para los fieles, el estilo del Corán es milagrosamente bello e imposible de imitar: cualquier traducción del Corán a otra lengua no puede sino desfigurar el texto. Tras largos debates, la mayoría de los teólogos musulmanes terminaron aceptando que las traducciones eran legítimas en la medida en que permitían acercarse a las "ideas" del Corán. Salvo en casos muy especiales, la ley prohíbe el empleo litúrgico de un Corán traducido. El Corán se encuentra así rodeado, en su fondo y en su forma, de un halo de respeto, fervor y esmero extraordinarios, presente siempre en la vida entera del musulmán, que procura preservarlo, centrando en él sus ideales y vivencias, y recurriendo a su lectura tanto de forma cotidiana como en ocasiones solemnes. El Corán aglutina y marca de forma primordial la civilización islámica, como gran eje de la misma.
El credo islámico
El Corán define las creencias del Islam y expresa su marco normativo esencial, siendo base principal de la regulación de la vida del creyente. La fe islámica se centra en creer en Alá, único dios, "sin asociado", todopoderoso, sabio, misericordioso, creador, remunerador en la otra vida y en el juicio final con la resurrección de los muertos. Estas creencias son las que principalmente se contienen y detallan en las azoras de La Meca, mientras que en las del período de Medina los contenidos suelen ser más normativos, dirigidos a la comunidad que allí regía el Profeta.
El Corán recuerda al ser humano su pequeñez frente a las maravillas de la naturaleza, obra de Dios, cuya grandeza y magnanimidad debe ser reconocida y adorada. El mensaje, en esencia, es que hay un solo Dios, creador de todas las cosas, que es el único al que hay que servir practicando un culto y observando una conducta correcta. Dios, siempre misericordioso, se ha dirigido a la humanidad para que le venere a través de múltiples profetas, a los que ha enviado para predicar su mensaje y que han sido rechazados de forma reiterada. El Corán confirma en varios pasajes la existencia de ángeles, demonios y genios (chinn). Junto a ello, el Corán recoge todo un conjunto de preceptos y recomendaciones éticas y morales, advertencias sobre la llegada del último día y del juicio final, historias sobre profetas anteriores a Mahoma y sobre los pueblos a los que fueron enviados, y preceptos relativos a la religión y a otras materias sociales, como el matrimonio, el divorcio o la herencia.

Página de un Corán de 1594 (Biblioteca
del Monasterio del Escorial)
Los temas generales del Corán y muchas de las historias ilustrativas comparten elementos y contenidos con las escrituras cristianas (como la leyenda de los siete durmientes) y judías, aunque a menudo se desarrollan de forma diferente. Son numerosos los detalles de las historias sobre los primeros profetas que se asemejan más a las versiones que se encuentran en los apócrifos judíos y cristianos que a las versiones encontradas en la Biblia. El mismo Corán afirma que ha venido a confirmar la aportación de las Sagradas Escrituras anteriores y menciona la Torá, los Salmos y los Evangelios, además de aludir también a unas "Hojas de Abraham". El monoteísmo coránico está en la misma tradición que el del judaísmo, y son muy numerosas las imágenes y expresiones que pueden encontrarse en el Corán y en la tradición bíblica. De hecho, los contemporáneos del Islam primitivo consideraban a éste como una secta más de las derivadas del tronco bíblico.
En general, el Corán se sitúa en el marco de la vida de los beduinos, pero también de los comerciantes, los navegantes y los pescadores, y no faltan, a pesar de la sobriedad y el estilo sucinto del Corán, alusiones a las caravanas de invierno y verano que los caravaneros de La Meca conducían a Adén o a Siria. La atmósfera propiamente árabe se puede identificar en cuestiones como la existencia de seres misteriosos llamados genios o la exaltación de la generosidad, de la bravura y de la solidaridad familiar. Son también características propias de los árabes la alta estima que profesan a la elocuencia y al estilo árabe. Ritos como el de la peregrinación a La Meca y las siete vueltas alrededor de la Kaaba dejan traslucir, igualmente, el aspecto propiamente árabe, dado el singular interés que las piedras y el número siete tienen en los cultos semitas.
Las prohibiciones relativas a territorios sagrados y a los animales que en ellos viven son también aspectos semitas que el Corán ha preservado, purificando los elementos incompatibles con el monoteísmo. Proceden también de la tradición árabe los meses sagrados, durante los cuales no estaban permitidas las hostilidades, así como los fragmentos más antiguos del Corán en los que aparecen pasajes de frases cortas terminadas siempre en la misma sílaba, seguramente una especie de oráculos al estilo árabe, que provocaron que los oponentes de Mahoma le acusaran de mago o adivino.
Excepto para el caso de la guerra santa, el Corán deja a los hombres en el marco de su vida cotidiana, exigiéndoles sólo que obren bien se encuentren donde se encuentren, que no cometan excesos, que utilicen mesuradamente los bienes que Dios les concede, y que sean capaces de desprenderse de su egoísmo para ayudar a los pobres o a la comunidad. Para los musulmanes el Corán, en tanto que palabra de Dios tal como fue revelada al profeta Mahoma para que sirviera de guía a todos los humanos, es la fuente fundamental de toda norma jurídica. Las normas jurídicas contenidas en el Corán son unas doscientas y están expuestas en diversas aleyas. Pese al corto número de normas, la labor de exégesis e inducción metodológica de las cuatro escuelas teológico-jurídicas (hanefí, malikí, chafeí y hambalí) darían lugar durante los siglos VII y VIII al sistema jurídico islámico. Una de las características del Corán que tiene su reflejo en toda la normativa del sistema jurídico islámico es la unicidad entre religión, moral y derecho. Los preceptos religiosos y morales e incluso determinados usos sociales forman una misma norma con el mismo efecto vinculante. Se hace difícil, pues, separar unas de otras.
Exégesis del Corán
El Corán se acepta entre la mayoría de los musulmanes como la palabra literal de Dios, y por eso es el centro en torno al que gravita el mundo islámico; su valor es comparable al que los judíos conceden a la Torá o al que la figura de Jesucristo tiene para el cristianismo. Entre las obligaciones religiosas de todo buen musulmán se incluye, junto a la oración diaria obligatoria, el recitar pasajes completos del Corán; asimismo, la educación seglar exige el aprenderlo de memoria. Los musulmanes consideran el texto del Corán como una de las fuentes principales de la cultura islámica, junto al Hadiz (tradición que recoge el comportamiento y prácticas del Profeta) y, para los chiítas, las enseñanzas de los imanes.
Hay en el Corán pasajes de compleja y divergente interpretación, lo cual se advierte incluso en la azora III, aleya 7: "Él [Alá] es Quien ha revelado la Escritura. Algunas de sus aleyas son unívocas y constituyen la Escritura Matriz; otras son equívocas. Los de corazón extraviado siguen las equívocas, por espíritu de discordia y por ganas de dar su propia interpretación. Pero nadie sino Dios conoce su interpretación". La importancia de la fijación y del correcto entendimiento del texto coránico constituyó la "ciencia del Corán" como materia clave de la cultura islámica, desarrollándose, entre otros aspectos, la disciplina de su interpretación, desde las bases gramaticales y léxicas hasta las dogmáticas y jurídicas. Son numerosos los comentarios del Corán, producidos desde todas las tendencias ortodoxas o sunníes (con sus diversas escuelas), chiíes y jariyíes; las exégesis sufíes toman proyecciones alegóricas. Estas obras de comentario e interpretación (tafsir) pueden ser reducidas o abarcar muchos volúmenes, como la de al-Tabari, que comprende treinta tomos.

Corán del siglo XII hallado en Tombuctú
Aunque algunos creyentes consideren que el Corán resume todo el Islam y que éste no puede encontrarse fuera de este texto sagrado, lo cierto es que la compleja realidad del mundo islámico se extiende más allá de sus páginas. Tampoco es posible afirmar, sin falsear la realidad, que el Corán represente el verdadero Islam sin tener en consideración las numerosas ampliaciones y glosas hechas al margen, juzgadas como corruptas por los más ortodoxos, y que se encuentran contenidas entre las enseñanzas musulmanas tradicionales. No es posible entender el Corán sin tener en cuenta la tradición exegética y de interpretación que se ha desarrollado en torno a él. Esta tradición resuelve y ayuda a comprender las complejas ambigüedades del Corán. Es esta tradición, incluso, la que da cuerpo a la creencia de que el Corán contiene una serie de revelaciones hechas a Mahoma.
La interpretación del Corán (tafsir), campo de investigación dentro del Islam que perdura todavía hoy desde sus inicios ya en la época del establecimiento del texto, en época de Uthman, ha dado a luz numerosos libros y tratados. Los distintos enfoques que se han producido en el intento por desentrañar el verdadero sentido del texto dieron lugar a tratados exegéticos de distinta naturaleza y perspectiva. Así, al-Tabari (muerto en 923) se basó en la tradición; al-Baydawí (muerto hacia 1291) y Nasafí (muerto en 1310) desarrollaron una exégesis lingüística; al-Razi (muerto en 1209) elaboró racionalmente los elementos anteriores. El hispanoárabe Abu Hayyan (muerto en 1345) también redactó un monumental tratado exegético sobre el Corán. Al-Talabí (muerto en 1038) analiza por orden en su obra sobre profetas todos los versículos del Corán que se refieren al tema.
El trabajo de al-Tabari analiza el Corán verso a verso y ofrece las diferentes opiniones que estudiosos de la época daban sobre la vocalización, la gramática, la lexicografía, la interpretación ética y moral, así como las relaciones del texto sagrado con la vida de Mahoma. Los diferentes puntos de vista están recogidos sin ningún tipo de comentario, aunque es frecuente que al-Tabari indique cuál de ellos goza de su predilección. Este exhaustivo procedimiento de al-Tabari ha sido seguido por numerosos comentarios posteriores, aunque otros han preferido seguir criterios de simplicidad y brevedad, escogiendo para comentarlos sólo algunos versos, o eligiendo un único tema para su estudio, como puede ser el vocabulario del Corán, tema de una considerable complejidad y dificultad debido a sus implicaciones de carácter teológico, además de la dificultad que le es propiamente intrínseca. En general, el texto sagrado del islam se considera en relación con el contexto de la vida del Profeta, y se le concede, a partir de esta premisa, un alcance universal y atemporal.
Los pasajes relacionados con la vida de Mahoma se entiende que fueron revelados en conexión con incidentes específicos de su vida o para resolver problemas concretos a los que se enfrentaba. Algunos investigadores fuera del ámbito musulmán han señalado el procedimiento de tipo midrásico conforme al cual determinados aspectos de la vida de Mahoma se han creado a partir de algunos pasajes del texto sagrado. Según esta corriente interpretativa, este procedimiento guarda bastante semejanza con el modo en que la tradición judía fabricó las historias del Midrás a partir de personajes bíblicos, mientras se componía el texto bíblico. De ser así, el explicar el Corán mediante referencias a la biografía del Profeta sería un modo de razonamiento circular, considerado en términos científicos como una seria amenaza a la validez del argumento.

Corán del siglo XI (British Museum, Londres)
Las interpretaciones del Corán reflejan con frecuencia las divergencias y distintas tendencias que se dan en el seno de la comunidad musulmana. Es especialmente llamativa la diferencia entre la interpretación chiíta de algunos versos en concreto y la interpretación sunnita, pues los chiítas encuentran en los versos coránicos referencias al estatuto especial de Alí ibn Abi Talib y los imanes, mientras que los sunnitas no encuentran tales referencias. Según los chiíes, el califa Uthman suprimió del Corán los fragmentos que hacían referencia a Alí y a sus derechos a suceder a Mahoma en sus tareas políticas y religiosas, acusación que no parece fundamentada.
La naturaleza de palabra de Dios increada y eterna que se atribuye al Corán, frente a la consideración del mismo como algo creado en el tiempo, fue uno de los más encendidos temas de discusión en los orígenes del islam. Esta discusión incluía cuestiones de teología con graves y serias consecuencias en el campo político referentes a la autoridad relativa de los califas y los estudiosos de la religión (ulemas). Aunque ha prevalecido la consideración del Corán como algo no creado, los chiítas se han opuesto a ella. Estas divergencias han llevado a que tanto reformistas como fundamentalistas interpreten el texto de manera partidista, de modo que éste se amolde adecuadamente a sus (en muchas ocasiones) contradictorios puntos de vista. Dentro de las corrientes interpretativas no faltan quienes llegan a afirmar que el Corán se ajusta a muchas de las ideas que defiende la ciencia moderna, e incluso a asegurar que en realidad las predice. La misma naturaleza oscura del texto coránico propicia, sin duda, la aparición de este tipo de interpretaciones tan distintas, divergentes y, a menudo, contradictorias.

Mahoma


El estudio de la vida de Mahoma se basa en los hadices (narraciones que forman la tradición musulmana) que, reunidos en la Sira de Ibn Ishak (mediados del siglo VIII) y modificados por Ibn Hisan a comienzos del siglo IX, constituyen la biografía oficial del Profeta. El Corán ofrece datos interesantes para conocer su pensamiento, pero es muy pobre en lo referente a su vida. Al igual que ocurre con otros fundadores de grandes religiones (BudaJesús), sólo se conocen a grandes rasgos las etapas anteriores al momento de iniciar la predicación de su doctrina. No hay duda de que Mahoma nació en La Meca, en aquellos tiempos una pequeña localidad rodeada de desierto en la parte occidental de la península Arábiga, a pocos kilómetros del mar Rojo. Pertenecía al clan Hasim, de la tribu de los Quraish, y su padre, Abd Allah, murió antes de que él naciera, por lo que el huérfano fue acogido por su abuelo Abd al-Mutalib, jefe de los Hasim.
Los primeros años los pasó con su madre, Amina, una mujer de otro clan que, siguiendo la costumbre, y para salvaguardarlo de los rigores del verano de La Meca, lo mandó al desierto, donde lo crió una nodriza beduina. Estas nodrizas se acercaban a La Meca dos veces al año, en primavera y otoño, para criar a los recién nacidos de familias ricas. Mahoma fue criado por Halima, esposa de un pastor saudita, que sintió pena al verlo tan desvalido; el niño quedó huérfano de madre a los seis años de edad. Pronto le faltó también el abuelo y recibió el amparo de su tío Abú Talib, mercader y guardián de la Kaaba que disfrutaba de rango sacerdotal. Mahoma tuvo a su primo Alí como compañero de sus juegos de infancia.
Contaba doce años de edad cuando se enroló por primera vez en la caravana de su tío, tomando a su cargo el cuidado de los camellos. En su primer viaje a Damasco tuvo ocasión de contactar con los cristianos nestorianos, secta condenada en el Concilio de Éfeso por negar el dogma de la Santísima Trinidad y el carácter divino de la maternidad de María. Según la leyenda, el monje Bahira descubrió en el niño los indicios de la profecía y previno a sus familiares para que lo protegieran de los judíos.
Con su tío, Mahoma llegó a adquirir gran experiencia en la conducción de caravanas por el desierto, pero la falta de recursos le impidió independizarse. A los veinticinco años se casó con Jadicha, una viuda rica que, antes de contraer matrimonio, le puso a prueba enviándole con una de sus caravanas a Siria. Jadicha tenía alrededor de cuarenta años y le dio cuatro niñas y dos niños. Los varones murieron de forma prematura. Algunos autores ven en este hecho la causa de la simpatía de Mahoma hacia los niños, con los que solía jugar.
Gracias a este matrimonio, pudo dedicarse a su oficio y hacer buenos negocios; Jadicha, por su parte, se distinguió también por ser una formidable compañera. Mientras vivió Jadicha, Mahoma no tomó a más mujeres como esposas; más tarde contaría incluso con un harén, aunque en todos los casos se trató de matrimonios por razones políticas. De los quince años que siguieron a esta unión no se sabe nada. Fue un periodo durante el cual fue conocido como un hombre recto y fiel, dedicado a sus negocios, pero excluido de los principales círculos comerciales.
Las revelaciones
Hacia el año 610 Mahoma tuvo las primeras revelaciones. Tenía por costumbre retirarse a orar y a meditar en una cueva del monte Hira, y en ocasiones solía pernoctar allí una o dos noches. En una de las primeras ocasiones tuvo la visión de un ser glorioso que en un primer momento identificó como Dios, y en otra visión posterior pensó que se trataba del arcángel Gabriel. Este ser glorioso le conminó a escribir el Corán. Las revelaciones divinas se repetirían a lo largo de su vida con cierta frecuencia, y tanto Mahoma como sus discípulos se las aprendían de memoria.

El arcángel Gabriel y Mahoma
Como el soporte material de la escritura era raro en la zona, se cuenta que, tras la muerte del profeta, su secretario encontró pasajes del Corán escritos en trozos de papel, hojas de palma, piedras, omóplatos, costillas y pedazos de cuero. La versión definitiva que se conoce del Corán, es decir, la que reúne la totalidad de revelaciones que recibió Mahoma, es posterior al año 650, veinte años después de la muerte del profeta. Algunas veces las revelaciones le producían ciertas reacciones físicas: sentía dolor y percibía un fuerte sonido, como de repicar de campanas; a veces, en días de frío, los acompañantes veían cómo gruesas gotas de sudor caían por su frente, mientras tenía lugar la revelación.
Mahoma empezó a predicar su doctrina tres años más tarde, hacia el 613. Entretanto se habían producido las primeras conversiones. Su mujer Jadicha fue la primera y le apoyó en los momentos de crisis al experimentar las primeras visiones; ella y particularmente Waraqa le convencieron del carácter profético de tales experiencias. Algunos testimonios dicen que el primer varón converso fue el liberto Zaid ibn Harita, mientras que otros apuntan que fue su primo Alí. Entre los primeros que se convirtieron se contaba su amigo y también mercader de La Meca Abu Bakr, quien prestó gran ayuda al Islam, especialmente cuando ya se había constituido el Estado islámico. En las listas que se conservan de los primeros seguidores de Mahoma se puede ver que la mayoría eran jóvenes pertenecientes a las familias más influyentes de La Meca. Sin embargo, cuando Mahoma empezó a divulgar su doctrina, estas familias habían sido desplazadas por una nueva clase social surgida de la prosperidad comercial de la ciudad, que plantearía una viva oposición al profeta.
En sus predicaciones, Mahoma se inclinaba hacia un monoteísmo basado en la creencia en un Dios lleno de bondad y todopoderoso, que juzgará a cada uno según su actuación; el hombre debe mostrar gratitud a Dios y reconocer su dependencia respecto a él. El reconocimiento de la omnipotencia divina se contrapone a la actitud de los grandes mercaderes, convencidos de que su riqueza se lo permite todo; para Mahoma la vida del hombre había de basarse en hacer lo necesario para alcanzar el paraíso. La generosidad y el respeto a los débiles eran los puntos esenciales en que insistían sus primeras predicaciones.
Inicialmente, pues, el islam se presentó como una continuación del cristianismo y del judaísmo, religiones que Mahoma conocía. Con la predicación pública se iniciaron las críticas hacia el monoteísmo profesado por Mahoma, y pronto tuvo lugar una primera confrontación con los árabes politeístas. El Dios único de Mahoma se podía adorar en la Kaaba (edificio de La Meca construido, según el Corán, por Abraham, y que contiene la piedra negra que Gabriel le dio a Isaac), pero no así en otros tres santuarios consagrados a otros dioses y diosas en los alrededores de la ciudad. Pero no parece cierto, como se ha afirmado, que la oposición a Mahoma partiera de los grandes mercaderes por miedo a que, al desaparecer los ídolos, decayera la actividad comercial. La Kaaba, el santuario de La Meca, seguía siendo el santuario por antonomasia, y la desaparición de los ídolos no habría perjudicado más que a un reducido grupo de mercaderes que se habían instalado en las proximidades de la ciudad y habían creado allí nuevos santuarios, cuyos cultos fueron condenados expresamente por Mahoma.

Predicación de Mahoma en La Meca
Las razones de la enemistad creciente de la oligarquía comercial de La Meca hacia el Profeta hay que buscarlas en los ataques de Mahoma al modo de vida de los ricos, en la negación de su omnipotencia y, sobre todo, en la posibilidad de que la predicación diera a Mahoma una personalidad política suficiente para ponerle al frente de la ciudad en un futuro más o menos próximo. Ello podría perjudicar a los principales mercaderes que, de hecho, imponían sus puntos de vista y gobernaban la ciudad gracias a su riqueza, a su experiencia comercial y a su pertenencia a los clanes superiores, a pesar de que La Meca estuviese regida por una asamblea integrada por los jefes de todos los clanes. La creciente importancia de Mahoma ponía en peligro sus prebendas. De ahí que Abu Chahl, uno de sus más feroces enemigos, intuyera el peligro político que suponía Mahoma.
En un principio, las presiones de Abu Chahl consistieron en no pagar deudas legítimas a aquellos musulmanes que no gozaban de la protección de ningún clan o pertenecían a clanes débiles; más tarde intentó que Abu Talib, tío de Mahoma y jefe del clan al que pertenecía el profeta, prohibiera a Mahoma la proclamación de la nueva fe. Abu Talib no aceptó porque habría sido deshonroso para su clan negar la protección a uno de los suyos y porque la nueva fe estaba de acuerdo en líneas generales con su política, contraria a los monopolios comerciales establecidos por los ricos mercaderes surgidos al calor de la nueva prosperidad comercial.
En el año 619 murieron su tío y protector Abu Talib y su fiel esposa Jadicha. Su segunda esposa fue Sawda, viuda que se contaba entre las primeras conversas. Parece ser que Mahoma contrajo este matrimonio para evitar que Sawda lo hiciera con alguien de fuera del grupo. La jefatura del clan de los Hasim fue ocupada por el otro tío de Mahoma, Abu Lahab, que por intereses personales, y al parecer también por presiones de Abu Chahl, terminó retirando la protección al profeta.
Mahoma hubo de buscar refugio en la vecina ciudad de Al-Ta'if, e intentó poner a sus habitantes en contra de La Meca. No alcanzó su objetivo, e incluso fue apedreado por la multitud. Regresó a La Meca clandestinamente y obtuvo la protección de uno de los clanes, pero sus actividades proselitistas se vieron limitadas. Durante ese tiempo, Mahoma intentó aliarse con varias tribus nómadas que por aquel entonces se hallaban en las cercanías de La Meca con motivo de alguna fiesta religiosa, pero tampoco tuvo éxito en sus negociaciones.
La hégira
Con motivo de la peregrinación a la Kaaba del año 620, Mahoma entró en contacto con seis ciudadanos de Medina que quedaron impresionados por su personalidad y pensaron que podría serles útil. Se dice que, al año siguiente, estos mismos peregrinos, que representaban a la mayor parte de clanes de Medina, prometieron a Mahoma aceptarle como profeta y obedecerle. Este acontecimiento fue bautizado con el nombre de Primer Juramento de Al-Aqaba. Mahoma envió por delante a uno de sus hombres para que predicara su doctrina y a la vez le informara de la situación política en aquella ciudad. La emigración (hégira) a Medina se efectuó por grupos escalonados para no llamar la atención. Los últimos en partir fueron Mahoma, su amigo Abu Bakr, su primo Alí ibn Abi Talib y algunos de sus familiares. El calendario islámico cuenta los años a partir del 16 de julio de 622, fecha de la hégira.
En los primeros meses de su estancia se redactó la Constitución de Medina. Sus partidarios de La Meca y los miembros de ocho clanes de Medina, convertidos al islamismo, formaron una comunidad dirigida por Mahoma, que impuso en ella algunas de las normas tradicionales de la vida nómada: solidaridad, venganza de la sangre, aceptación de las decisiones del Profeta en materias reveladas y entrega a éste de un quinto del botín. Lograr que la identidad de creencias estuviese por encima de la tribu fue el primer éxito de Mahoma, éxito que tendrá profundas repercusiones políticas por cuanto la nueva comunidad no se conformará con las leyes, costumbres y tradiciones urbanas impuestas por la aristocracia, sino que se dará sus propias normas emanadas de Alá, el Dios único, a través de su profeta Mahoma, que de la condición de enviado a una tribu o grupo particular, La Meca, ha pasado a Profeta y dirigente de una comunidad en la que tienen cabida cuantos acepten la fe.
En abril de 623 Mahoma consumó el matrimonio, celebrado dos años antes en La Meca, con la hija de Abu Bakr, Aisha, de nueve años de edad. Ese mismo año se iniciaron las correrías contra las caravanas mequíes. En el mundo árabe de aquel entonces era muy frecuente y estaba considerado casi como un deporte y también como un medio de vida. Se trataba de un simple acto de pillaje en el que no había derramamiento de sangre, salvo en contadas ocasiones; para evitar la violencia se solía pagar una indemnización. Sin embargo, en 624 hubo ya un primer muerto en el bando mequí, durante el mes sagrado de la peregrinación, cuando se observaba una rigurosa tregua.

El arcángel Gabriel y Mahoma en la batalla de Badr
La escaramuza más importante tuvo lugar el 15 de marzo de 624 en la batalla de Badr. Trescientos hombres de Mahoma derrotaron a una gran caravana, custodiada por novecientos hombres, en la que tenían intereses la mayoría de comerciantes de La Meca. En la refriega pereció Abu Chahl y otros jefes principales de La Meca. Se cobraron, además, importantes rescates por los prisioneros, aunque Mahoma perdonó a aquellos que no podían satisfacerlos. La historia oficial elevaría hechos como éstos a la categoría de victoriosas batallas.
Los éxitos militares de los creyentes terminaron por anular el comercio de La Meca, y sus dirigentes aceptaron a Mahoma para salvaguardar sus intereses mercantiles. Las tribus de beduinos se sometieron igualmente a una doctrina que coincidía con las costumbres por ellos practicadas. Mahoma se apoderó de La Meca en el año 631, destruyó los ídolos y decretó una amnistía general. Tras sucesivas batallas logró someter a toda Arabia en el 632. Al paso de las tropas se producían conversiones masivas más o menos sinceras. Mahoma había convertido a las belicosas y dispersas tribus árabes en un pueblo unido que tras su muerte se embarcaría en una expansión sin precedentes.

Última peregrinación de Mahoma a La Meca
Ese mismo año Mahoma en persona dirigió la peregrinación a La Meca, que se había convertido ya en un rito exclusivamente musulmán. El 15 de marzo del 632, aquejado de fiebres y fuertes dolores de cabeza, murió con el rostro apoyado en las rodillas de su joven esposa Aisha. Su suegro y amigo, Abu Bakr, sucedería al profeta en el califato.
El estado islámico
Los códigos elaborados durante los años pasados en Medina se ampliarían con las revelaciones de tipo socioeconómico y político necesarias para regir y administrar la comunidad de los creyentes y a cuantos, sin convertirse a la nueva fe, aceptaron a Mahoma como jefe. Muchas de las disposiciones respondieron a situaciones específicas y adquirieron valor general siempre que Mahoma las considerase aptas para la comunidad. Entre estas normas abundan las de carácter igualitario y las destinadas a proteger a los débiles, que no se limitan a declarar iguales a todos los creyentes y a formular la necesidad de atender a los necesitados, sino que aportan soluciones concretas a los problemas.
Durante la estancia en Medina, los emigrados (con este nombre se conoce a los partidarios de Mahoma huidos de La Meca) carecían de recursos y para atender a sus necesidades se instituyó la limosna legal (zakat). Esta limosna, medio práctico de nivelar a los que nada poseen con los que disponen de bienes suficientes, se transformó más adelante en impuesto obligatorio y único para los musulmanes; los no convertidos (sólo se acepta como tales en los territorios dominados por la comunidad a los cristianos y judíos) pagarían además un impuesto personal y otro territorial. Otra de las fuentes de ingresos del Islam procede del botín, del que se reserva la quinta parte el jefe de la comunidad, que dispone igualmente de las tierras conquistadas por los creyentes durante la guerra santa.
El origen de la última práctica es complejo: Mahoma considera que él ha sido elegido por el Dios único, Alá, no para predicar una nueva fe, sino para restablecer, como último de los profetas, la pureza de la religión dada a Abraham; el islam no se opone por tanto ni al judaísmo ni al cristianismo, sino que a su criterio las supera. Esta actitud religiosa, unida al hecho de que en Medina existían poderosos clanes judíos (el número de los cristianos era exiguo), hizo que Mahoma intentara atraerse a los judíos e hiciera concesiones tales como ordenar que la plegaria fuera hecha mirando hacia Jerusalén. Pero sus planes conciliadores fracasaron; los hebreos se opusieron a la comunidad, tanto en lo religioso como en lo político, y colaboraron con los habitantes de La Meca, hasta que Mahoma decidió expulsarlos de Medina, entregar sus tierras a los emigrados y ordenar que la plegaria fuese hecha desde entonces en dirección a La Meca, donde se hallaba el santuario construido por Abraham; a partir de este momento, se consideró que las tierras conquistadas pertenecían al dirigente de la comunidad, que podía establecer en ellas a quien deseara.

Mahoma dirigiendo la destrucción de los ídolos
de la Kaaba tras apoderarse de La Meca
El contenido de la fe se basaba en la creencia en Alá como Dios único, todopoderoso y eterno, creador y dueño de todas las cosas. La creencia en Alá va acompañada de la creencia en los profetas (de los que Mahoma es el último), en los ángeles, en los libros sagrados (de los que el Corán es el último y el único necesario), en la resurrección y en la predestinación. Los que pertenecen al Islam deben hacer la profesión de fe, recitar las plegarias cinco veces al día, pagar la limosna legal, cumplir la peregrinación a La Meca una vez en la vida y ayunar durante el mes de Ramadán. Otra de las obligaciones del musulmán, la guerra santa, no es aceptada por los juristas, pero sí será ampliamente utilizada por el poder civil basándose en las expediciones y guerras dirigidas por Mahoma durante su estancia en Medina.
El carácter muchas veces "local" o de "circunstancias" de las revelaciones contenidas en el Corán lo hacía insuficiente para regular las numerosas cuestiones de gobierno, administración y justicia planteadas a los musulmanes tras la muerte de Mahoma, por lo que las revelaciones del libro sagrado se completaron, no en el aspecto religioso, pero sí en los demás, con la Sunna, o conjunto de tradiciones relativas a la conducta del Profeta; juntos, el Corán y la Sunna forman la ley religiosa que está en la base del derecho, de la organización, de la vida social y de la vida económica de los musulmanes. La aceptación de una u otra lectura del Corán, o de determinados relatos de la Sunna, y el modo de interpretar una y otros, tienen por tanto una gran importancia en la historia de los musulmanes, en la que religión y política, en su sentido más amplio esta última, están íntimamente unidas, al menos durante los primeros siglos del Islam.